Spanish poem
2 (Es Don Miguel de Osorio un…)
Es Don Miguel de Osorio un juez muy grave, con puntas de altanero, preciado de que sabe interpretar la ley como el primero. Juez de grande experiencia y en verdad profundísimo letrado; á la jurisprudencia con el alma entregado, y de su profesion enamorado. Juez íntegro y severo, respetado do quier, do quier temido por too el pueblo entero en quien jurisdiccion le han concedido. La Inquisicion y el Rey en su destreza y en su severidad del todo fian la paz de la ciudad; y no hay cabeza de enemigo, ladron, vago ú hereje que un dia ú otro dia entre sus manos de verse al cabo asegurado deje. Sutiles comisiones, misteriosas prisiones y políticas causas concluidas con suma discrecion tiene á montones: y sabe él solamente mas secretos, y mas agenas vidas confesadas á él, ó sorprendidas por él, que los males anchos y discretos confesores tal vez tienen oidas. Mil veces él en árduas ocasiones se encargó voluntario de causas muy oscuras y enredadas, al fin abandonadas por otros sapientísimos varones, porque contra razon fueran falladas con sentencias á ley bien ajustadas. Pues suele haber culpables tan diestros, y tan diestros escribanos, que habiendo pruebas casi incontestables que les ponen los crímenes palpables no pueden ser conforme á ley probadas, y los reos se van de entre las manos contra razon sus causas despachadas, aunque segun los códigos humanos. Mas Don Miguel de Osorio en todas ellas con prodigioso estudio y perspicacia del misterioso crímen fue las huellas siguiendo, y dando al fin con su eficacia cabo feliz á la verdad oculta, justicia y proteccion al inocente y castigo ejemplar al delincuente. Tal es el juez ante quien es llamado el gallardo mancebo, su sobrino, que hemos visto dejar apresurado su casa, enderezando su camino de su tio al juzgado. No se hizo esperar mucho el noble mozo, y apartando el sombrero y el embozo, entrando en el despacho del letrado, la expresion franca de respeto y gozo que á su faz asomó, cambióse en ceño otro mancebo al encontrar sentado alli con beneplácito del dueño. Púsose en pie el hallado por honra del venido, pero si fue el saludo recibido por Osorio tal vez, no fué acusado. Y era sin duda comprendido juego, porque el que tal desaire recibiera, aunque mostró en su faz de la ira el fuego ni un movimiento mas hizo siquiera: y claro se veia que ninguno de entrambos se extrañaba de lo que el otro hacia, y que un misterio entre los dos habia. Todo esto advirtió el juez en el momento, y atajando la voz de su sobrino que iba á brotar del labio, la puerta aseguró del aposento. Y volviendo á tomar en su poltrona arrellanado asiento, y la toga que envuelve su persona sobre sí acomodando, con sosegada voz, mas no severa, á decir comenzó de esta manera: «presumo, y lo concibo, caballeros, que os es extraña semejante cita, y que en mi casa el reunido haberos explicacion para ambos necesita despues de lo que entrambos ha pasado, y os lo voy á explicar por de contado. Antiguas y arraigadas disensiones en nuestras dos familias heredadas han tenido hasta aqui las relaciones de nuestras dos familias mal paradas. Nuestros pasados Reyes no se atrevieron á mediar en ellas, de la nobleza atentos á las leyes que hasta aqui permitieron á los nobles arreglar á su antojo sus querellas, ó hacer su agravio y sus enojos dobles. Nuestros padres nacieron enemigos: se odiaron por tradicion no mas, y se injuriaron tenaces, y sin juicio se batieron do quier que se encontraron. Unos á manos de otros sucumbieron, y el profundo rencor con que nacieron á sus hijos legaron. De nuestras razas, ya ramas postreras nosotros tres, tambien hemos guardado la sinrazon y enemistad enteras. Con el maldito objeto de sostener nuestro rencor secreto, nuestros padres tan solo se empeñaban en adiestrarnos en reñir: ponian armas en nuestras manos desde niños, y al cabo conseguian hacer de sus presentes sucesores lo que de ellos sus muertos ascendientes, unos espadachines imprudentes para quien fuese hallar competidores casi imposible entre los mas valientes. Tal en mi juventud yo mismo he sido, y tal sois hoy vosotros que do hallado os habeis habeis reñido, y si vivéis se lo debeis á otros Mas cansado ya el Rey de que esto dure tantas generaciones, ordena que se apure el manantial de tales disensiones. Su Majestad se mete por padrino vuestro, señor Don Juan, su derecho sobre vos, recordando porque os tuvo en la pila al nacer, y que no dudo que respeteis, os da por satisfecho: y yo por satisfecho á mi sobrino dando á la par, su Majestad unidos quiere que hoy á sus pies seais conducidos. Quiere que la ciudad juntos os vea, y pues nacísteis nobles verdaderos y sois en lo demas tan caballeros, por vosotros su pueblo nunca crea que un odio tan villano capáz sea dos nobles de cambiar en bandoleros, siempre puestos en trance de pelea. La Majestad del Rey asi lo exige, la poblacion entera lo desea, y á mi con él su Majestad me elige mediador y padrino competente entre vos y mi sobrino. Ved, pues, señores lo que haceis, y el lustre recordad del blason de nuestra casa, pues si adelante vuestro enojo pasa y haceis asi que el gusto real se frustre, el Rey ha de tomarlo tan á pecho que os habrá de pesar lo que habreis hecho.» Asi habló el juez, y se quedó esperando de alguno de los dos una respuesta que su intencion pusiera manifiesta, y ellos unos momentos meditando. Al fin el joven Don German de Osorio dejando su sillon franco y atento, tornando á su enemigo, con notorio placer le dijo y amistoso acento: «contrarios nuestros padres nos hicieron; vivimos hasta aqui como enemigos porque asi sus enojos lo quisieron, mas ya que media el Rey y ellos murieron, pongo á mi honor y al cielo por testigos de que depongo aqui mi encono insano; mi valor conoceis y mi hidalguía; si á vos no os está mal, por parte mia, caballero Don Juan he aqui mi mano.» El mancebo á quien iba dirigida tan generosa oferta, un punto breve quedar ante él la permitió extendida, como quien á admitirla no se atreve ó duda si ser debe ó no admitida. Túvola Osorio quieta el mismo punto, aunque al ver que en tomarla se dudaba cuando él con tal franqueza la alargaba, pálido se quedó como un difunto: pensando que otra vez al recogerla en la espada no mas puede ponerla. Mas Don Juan antes de ello la suya adelantó, é hidalgamente aceptó la amistad de que era prenda. Y el juez de entrambos mozos exigiendo palabra de cesar en su contienda, despidióles á entrambos, prometiendo que en muestra del agrado soberano admitidos serian aquel dia en su presencia y á besar su mano.
Y asi fue: y el prudente Don Felipe, al medio dia, ante la Corte entera mostró su complaciencia á los mancebos, y un tanto suavizó su faz severa al dar un parabien público y franco á los amigos nuevos. Juntos salieron de palacio, y juntos mostráronse los dos en varios puntos de la ciudad, el blanco do quiera siendo de los ojos todos, recibiendo do quier enhorabuenas por el dichoso fin de tantas penas, de tan vanos rencores dimanadas tan largos años á rigos llevadas, y de gente tan noble tan agenas. En amistosa union asi anduvieron ambos durante la jornada entera: y juntos á un festin se reunieron celebrando la paz de esta manera. La noche que extendia su manto de tinieblas por el mundo les dividió, expontáneo y profundo setimiento mostrando de alegría por la nueva amistad que les unia. Con lo cual fuese Don German de Osorio á la casa del juez donde asistia las horas de la noche, y una dama á visitar Don Juan á quien servia. Mas con el juez á Don German dejemos, caro lector, y tras el otro vamos; y cuán instables son comprenderemos las cosas de la tierra que habitamos y el corazon del hombre en quien fiamos.