Spanish poem
2 (¡Perpetuo afán es del hombre)
¡Perpetuo afán es del hombre volverse a mirar su sombra, en el libro de la vida volviendo al revés las hojas! ¿Por qué? –Porque, a cada paso que va dando hacia la fosa, sus dichas por el camino va perdiendo una tras otra, y sintiendo a cada paso que una ilusión le abandona, como un amante vendido a verlas huir se torna. Mas según las va perdiendo le parecen más hermosas, porque el tiempo y la distancia con luz mejor se las doran. Porque son distancia y tiempo dos cristales que coloran lo que por ellos se mira con luz tan artificiosa, que las manchas desvanece, las imperfecciones borra, cambia en rosal el espino y el monstruo en ángel transforma. Tiempo y distancia en sus cuadros a las figuras históricas de toda miseria humana purifican y despojan: y el hombre en mirar los cuadros de la edad pasada goza, porque en ellos ve tan solo poesía, luz y gloria. He aquí por qué nuestra vida suele pasársenos toda en anhelar esperanzas y en acariciar memorias. El pasado engalanamos del tiempo presente a costa, y siempre mejor creemos el de entonces que el de ahora. He aquí por qué los poetas, cuyas almas perezosas las miserias de la vida desesperadas soportan, la poesía en el campo de lo pasado colocan, y en el de su tiempo sólo las miserias y la prosa. Lo pasado es la querida ausente, embelesadora, como la flor perfumada, como el ángel luminosa: lo presente, por desdicha, es como la mujer propia, que anubla su poesía con las miserias corpóreas. He aquí por qué los poetas al tiempo pasado adoran y hojean con tal deleite del tiempo viejo las crónicas: porque las leen como cartas que desde playas remotas hacer llegar a sus manos la ausente querida logra; porque hallan no más en ellas que frases encantadoras y deliciosos recuerdos que poesía rebosan, en un papel con su cifra que aun trasciende de su cómoda al olor y al de la esencia con que perfuma su ropa, y en cuya haz se ve la huella de sus manos primorosas y que aún viene tibia y húmeda del aliento de su boca. He aquí por qué los poetas, perdidos de su edad, bogan por el golfo, relatando las leyendas de las otras.
Y hacen bien; porque los años son lo mismo que las rosas: que, frescas, tienen espinas, y secas, no más que aroma.
Poesía omnipotente, que con alas luminosas a través de las tinieblas de los tiempos te remontas, que vas a cerner tu vuelo en la purísima atmósfera del cielo en que las quimeras de la edad pasada flotan, llévame a su edén poético donde sin espinas brotan sólo rosas con que hacernos ramilletes y coronas.
Es el castillo de Waifro una mole arquitectónica que parece por titanes asegurada en las rocas. Al mirarla desde el llano, no se concibe tal obra consumada en tal altura sino por arte diabólica. El lugar en que está puesta, la elevación prodigiosa de sus muros y sus torres y el trecho en que se prolonga, recuerdan los monumentos de aquella edad fabulosa en que escalar quiso el cielo la osadía babilónica. Fábrica de varias épocas y de gente poderosa, de castillo y de palacio al mismo tiempo blasona. Los anchos patios que abarca; los aljibes que sus losas ocultan, embovedando sus cavidades recónditas; los ventilados depósitos en que sus granos entroja; los almacenes en donde víveres y armas acopia; las extensas galerías en que aposenta sus tropas cuando el pabellón de guerra en sus torres se enarbola; sus defensas formidables, la refinada y fastuosa comodidad de las cámaras en que a sus dueños aloja, dan al castillo de Waifro no sé qué faz misteriosa que le hace a la par objeto de admiración y zozobra. En paz, se le cree de una hada pacífica y bienhechora el kiosco fresco en el cual no se concibe que se oigan en el silencio nocturno más que arrullos de palomas, sabroso rumor de besos, de brindis, arpas y trovas. En guerra, parece el cráter del volcán en donde forja el genio de las batallas sus máquinas destructoras. No se oyen en él más ecos que los de la voz furiosa de la pelea, el incendio y la venganza y la cólera. Castillo y palacio, al par en guerra y en paz asombra; y de él da el vulgo noticias tales, tan contradictorias, que a creer lo que se dice del castillo en pro y en contra, para infierno y paraíso ni le falta, ni le sobra. Maravilloso edificio a cuya construcción sólida, a cuya grandeza regia y a cuya esbeltez graciosa contribuyeron a espacios la arquitectura de Roma, la de la muelle Bizancio y la africana y la goda, encierra cuantas ventajas a su construcción reporta de las cuatro arquitecturas la amalgama en una sola. Anchos fosos le rodean, que de agua abundante colman los manantiales que bajan de las cumbres nebulosas. Veinte aspilleradas torres a sus muros eslabonan almenadas galerías que en gruesos cubos se apoyan. De su recinto en el centro gallardean orgullosas las torres del homenaje, que edificio aparte forman. Capiteles las rematan, cupulillas las coronan, botareles las aislan y arabescos las adornan: y en su pabellón soberbio sus nobles señores moran en aposentos que el lujo más espléndido decora. Sus salones de homenaje, sus camarines y alcobas cubren cúpulas y domos cuyas atrevidas bóvedas fustes caprichosos cintran, dobles istrias acordonan, sueltos pilares sustentan, caladas cornisas orlan. Entra el sol en sus estancias por ventanas espaciosas romanas y bizantinas, cuyos limpios arcos doblan y triplican las columnas que sus cavidades cortan a manera de ajimeces como los de Fez y Córdoba. Ricas vidrieras las cierran, cuyo artífice geómetra con líneas que el ojo pierde trazó en ellas minuciosa, laberíntica y prolija combinación, tan armónica que se admira, pero no se detalla ni se copia. Los vidrios, que en estos múltiples varillajes se encajonan en imperceptibles álveos que por dentro les emploman, están pintados de vivos colores, que nunca borran ni el sol que les achicharra, ni la lluvia que les moja, ni el hielo que les destempla, ni el viento que les azota, ni el polvo que les entrapa, ni el tiempo que les perdona. Cuando del sol por defuera les hiere la luz, y arrojan en el interior los vívidos resplandores que de él toman, focos de incendio parecen, cascadas de llamas rojas, cataratas de oro y púrpura, de hornos encendidos bocas, cuyas reverberaciones los muebles y las alfombras ciñen, lamen y acarician con sus lenguas flameadoras. Sus fugitivos reflejos van a perderse en las lóbregas chimeneas, en los negros rincones y en las redondas líneas de los pasamanos de las escaleras combas, cuyas espirales rápidas se retuercen y se enrollan a manera de flexibles y descomunales boas que el pavimento, girando sobre sí mismas, perforan. Las terrazas de sus muros y sus adarves festonan marañas de enredaderas, clemátides y gayombas. Incopiables perspectivas alegran sus plataformas con vistas, luz y aires tales que los ojos enamoran, el alma triste recrean, hacen más breve las horas y hacen más larga la vida, pues cuerpo y alma confortan. Este castillo titánico, esta fábrica ostentosa, baluarte y palacio a un tiempo, propiedad a un tiempo y obra de una raza (que aún no hace en el que pasa esta historia veinte años que se ceñía en la frente una corona), está sentado en las cumbres de las montañas boscosas del Pirineo, que parten las fronteras españolas. Su torreón de homenaje, que hay quien cree que al cielo toca, domina extensión tan vasta de las dos naciones próximas, que alcanza en la Galia a ver las llanuras de Tolosa, en España casi espía por sobre Urgel a Gerona, y por cima de la sierra que va a expirar en la costa, divisa en gálico golfo como una niebla que flota. Este castillo tan vano como una coqueta hermosa, desde su altura se mira de un lago azul en las ondas; y el agua, que siempre ha sido traviesa, falsa y burlona, al reporoducir su imagen, de su vanidad se mofa, porque al repetir sus líneas, de abajo arriba las toma, y su hermosura le muestra, pero su imagen trastorna. Este lago, que se ceba con los millares de gotas con que hace la nieve arroyos de corrientes saltadoras, tiende en dos leguas de anchura, medidas a la redonda, sus riberas, a pedazos estériles o frondosas. A trechos su agua profunda, muda e inmóvil, se agolpa sobre vertical peñasco que tenaz la amalecona; a trechos en las raíces de las encinas añosas labra, sin cesar batiéndolas, espuma burbujadora; y a trechos, en fin, metiéndose entre juncos, algas y ovas, les mece inquieta y susurra salpicándoles de aljófar. Después que en su inmensa taza murmura, salta, retoza, ondea o duerme a capricho, sosegada o juguetona, su agua azul se abre salida por una rotura angosta que la encauza sobre un álveo que en un canal la transforma; y por él, entre la doble orilla que la aprisiona, de aquella opresión quejándose como una niña mimosa, camina haciendo recodos por entre las peñas broncas, con corriente imperceptible, pero cada vez más honda.
Tal el castillo de Waifro mil años ha que en las rocas del Pirineo ostentaba su grandeza faraónica. Tal, al despertar el mundo, mil años ha que la aurora su primer luz, como un beso le mandaba cariñosa. Tal por la noche ha mil años que en pabellones de sombra le encerraba la montaña como su madre a una novia. Par no tuvo en hermosura ni en fortaleza: mi tosca poesía no ha podido en estas rimas monótonas dar de él la más pobre idea, porque es una idea loca basar sobre versos fábricas que los siglos desmoronan. Bella fué la del castillo de Waifro: mas, ¡ay!, no hay cosa bella en la tierra sin mancha, y su mancha era su historia.