Spanish poem
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Ninguno vuelve jamás: pero los que bien les quieren a mirar a los que mueren vuelven los ojos atrás.
Nosotros, los que escribimos, en el papel que entintamos, de muchos nos acordamos y aun a algunos revivimos.
Yo no me quiero mover de Vidiago, sin contar en lo que vino a parar aquel primor de mujer.
Don Juan en su hora postrera, como noble y buen cristiano, tuvo médico, escribano y cura a su cabecera.
Lo del inglés aceptó para su hija, si volvía, y en Londres lo retenía el juez a quien se fió.
Don Juan por testamentarios dejó en legal escritura al escribano y al cura, de su haber depositarios
y de su hija curadores; y los dos, de ella en ausencia, legalmente de la herencia son los administradores.
Mas la chica…, se perdió: y la opinión popular aceptada era que al mar o se cayó o se tiró:
no se pudo averiguar qué fué de ella: no volvió, ni se pudo, si se ahogó, de su cuerpo el rastro hallar.
El cura y el escribano administran en conciencia de Mariposa la herencia, aunque aguardarla es ya en vano
sin duda alguna; mas creen que, mientras no está probada su muerte, debe esperada de ser; y a todo proveen.
De la casa, que es muy buena, fué de lo que desde luego se ocuparon, y a don Diego se la ofrecieron. Sin pena
lograron de él que a vivirla viniera, en arrendamiento tomándola: con intento tal vez después de adquirirla
si más tarde se vendiera; pues quiere en Vidiago casa don Diego, porque no pasa por Andrín la carretera.
Don Diego, pues, la arrendó; y o porque mal no se arguya de él, o por darla por suya ya, como tal la cuidó.
Y ya por falta de espacio para su trato o por loco capricho, fué poco a poco haciendo de ella un palacio.
Cambió en clara galería su mezquino ventanaje, y apoyó un gran balconaje en una esbelta arquería.
Convirtió el huerto en jardín, y tras él un prado abierto compró y cercó, e hizo un huerto y un pomar; la casa, en fin,
sufrió tal transformación y es tan otra de lo que era, que si vuelve la heredera no va hallar su posesión.
Lo exterior, bien entendido; porque en torno la ha ensanchado, pero la antigua ha dejado dentro de lo construído:
de modo que, si volviera, su casa en palacio hallara trocada; pero encontrara entrando en él la heredera
todo como lo dejó; lo antiguo a lo nuevo anejo, su cámara con su espejo de vestir: cuanto ella usó
en roperos y en armarios metido: y la de don Juan y la suya, que aún están con sus muebles ordinarios.
Capricho de rico, o acto de respeto a lo que fué, todo está en el mismo pie con el orden más exacto.
Del tráfago a lo exterior relegó sus dependencias don Diego, y las asistencias del servicio a lo interior.
Desde allí escribió a su hijo todo lo que había pasado; y él su vuelta le ha anunciado, aunque sin término fijo,
en dos o tres cartas ya, y ya don Diego aguarda dos meses ha; y como tarda, ya inquieto por él está.
Mas no viene aquí a instalarse, no; sino a dar un abrazo a su padre y un vistazo al país: a refrescarse
la memoria de su infancia con los recuerdos, y aliento a tomar del patrio viento, respirando la fragancia
de sus yerbas campesinas, sus castaños y nogales, y los efluvios vitales que traen sus auras marinas.
Viene como un millonario, que entre uno y otro negocio, va a tomar un mes de ocio en su hogar hereditario.
Viene como un gran señor a ver su pueblo y familia, a quienes gracioso auxilia y al venir hace favor;
y viene porque don Diego, al darle de todo aviso, le dió por sin compromiso ya, y exento desde luego
de encuentros inconvenientes y retrospectivas futiles; que siempre, por ser ya inútiles, paran en impertinentes.
Viene, en fin, por la jactancia natural y vano empeño de ir a donde fué pequeño de grande a darse importancia.
Con que, tras largas esperas desembarcó en Santander, y llegó a todo correr en un coche de colleras.
Salió todo el mundo a verle; vinieron todos a darle la bienvenida, a abrazarle, felicitarle y molerle.
De Riego, Puertas, Andrín, y de Buelna y de Pendueles, vinieron cien siempre fieles amigos de don Fermín.
Él acogió sin desdén a todos franco, jovial, y afectuoso: con lo cual pareció a todos muy bien.
Y parecerlo debía; porque a fe que daba gozo verle hecho todo un buen mozo y con el tren que traía.
Volvía gordo y crecido, patilludo y bien plantado; en suma, como anunciado lo había él: desconocido.
Dejáronle libre al fin: y en su casa se metió; y en Vidiago y en Andrín toda la noche se habló de la vuelta de Fermín.