Spanish poem
20 (Expiraba una noche de febrero)
Expiraba una noche de febrero: su claridad de la vecina aurora lograba apenas de las altas cimas pardear entre la niebla nebulosa. Los valles todavía encapotaba la densidad de las nocturnas sombras, y el frío del invierno entumecía en su sueño a la tierra perezosa. Sustituyendo al césped festonaban crestonados carámbanos las rocas, y bajaban por ella los arroyos de cuajado cristal entre dos orlas. Crecida con las lluvias invernales, más extensa, más móvil y más honda, el agua, que del lago desbordaba, se deslizaba entre las peñas broncas. Y lamiendo los pies de los peñascos de su álveo al seguir las líneas combas, se quebraba corriendo y se torcía como en virgen breñal flexible boa. De este canal por la corriente turbia, aunque rápida no, sí peligrosa, en una barca frágil y sin quilla navega un hombre con audacia loca. A través de la niebla densa y húmeda que el cauce estrecho del canal entolda, de su bulto se ve la mancha móvil que tras el velo de la niebla flota. Cuando la helada brisa matutina sobre sus pliegues ondulantes sopla, y desgarra los débiles cendales que sus aéreos pabellones forman, avanzar se le ve mudo y tranquilo, guiando su bajel con asombrosa destreza, el centro del canal guardando, aunque a merced de la corriente boga. De un largo palo de virar se sirve de doble garfio y regatón, que apoya o engancha a voluntad de ambas orillas en las peñas y troncos que las bordan. Sus formas y su faz su traje oculta; su parte superior cubre una gorra de nutria, la inferior espesa barba, y ancho gabán sin cinto su persona. Ni se puede juzgar si es viejo o joven, pues las hebras de plata que se notan en su barba, lo mismo puede dárselas el hielo de la edad que el de la atmósfera. Sus ojos centellean cuando giran bajo de sus pestañas en sus órbitas; y si espejos del alma son los ojos, alma debe tener muy vigorosa. Sobre su plano esquife conducido a la merced del agua juguetona, que ya se arremolina en un remanso, ya de un liso peñón la base azota, ya se arrastra en zigzag entre colinas que se pisan la falda unas a otras, ya por los techos de nivel perfecto recta como una cinta se prolonga, va el navegante audaz atravesando por estas solitarias y recónditas cavidades, del agrio Pirineo inhabitado la región ignota. Como uno de esos genios de las aguas de que habla la leyenda mitológica, desembocó aquel hombre en otro lago que de montes se abriga en una concha.
El lago era un excéntrico capricho de la naturaleza creadora, que le colgó en el monte cual pudiera su nido en los zarzales una alondra. ¿Por qué le puso Dios en aquel sitio? ¡Sus designios recónditos quién sonda! Dios hizo el mundo como quiso: acaso se le labró a las águilas por copa; acaso por espejo a la montaña para que en él se mire vanidosa se le puso a los pies, o en sus entrañas porque labre estaláctitas a gotas.
En cuanto entró aquel hombre de aquel agua en la sábana tersa y silenciosa, con dos remos que puso en los escálamos lanzó su barca y despertó las ondas. El agua que dormía bajo el vidrio sutil sobre que el hielo se elabora, rompió al ondear sus istrias mal soldadas y alegre el barco salpicó de aljófar. Crujieron los cristales sutilísimos al romperse y dejar sus hebras rotas flotando sobre el agua, que mil círculos empezó a abrir ante ellas revoltosa. De aquella agreste soledad los ecos, no hechos ya a hablar en sus moradas cóncavas, a través de la niebla contestaron al extraño rumor que les evoca. Era la voz del que bogaba: acaso se ayudaba en su afán con su monótona ruda canción, o su compás le hacía dar regularidad a su maniobra. Tosca, salvaje, primitiva, estaba su canción escasísima de notas hecha sobre una frase monorrítmica de ocho palabras célticas o godas. Un grito monosílabo servía de apoyo o estribillo a cada estrofa, que su voz sostenía mientras aire transmitir el pulmón puede a la boca.
Ya en el centro del lago, no podía verse la barca ni el que en ella boga, mas se oía brotar entre la niebla su original y bárbara salmodia. Oyéndola, un espíritu cobarde o un ánima de fe supersticiosa rezarían a Dios, por voz tomándola de aún invisible aparición diabólica.
Mientras el agua cruza protegido por el velo de niebla que la entolda, trepa un hombre a la altura donde el lago en su taza de mármoles reposa. Distinguirle la niebla no permite tampoco; mas se siente poderosa y uniforme su marcha en la maleza que por la cuesta al avanzar no afloja. Es un hombre de guerra: le delatan por tal las piezas de metal que chocan a cada paso que asegura en tierra y de su marcha la igualdad sonora. Es un hombre de guerra: sube solo y ya al borde del lago casi toca, cuando el rumor del cántico y los remos del de la barca percibiendo, acorta el paso; escucha, párase el monótono canto a reconocer, y de una estrofa al fin tomando el estribillo, vuelve al de la barca su salvaje nota. Creyó aquél una vez que era del eco repetición, y continuó la copla; mas al grito al tornar del estribillo, ve bien que es de otra voz que se le torna. Se interrumpe, y percibe del que sube la voz que en su silencio se prolonga: vuelve al cantar, y tornan a volvérsele: fuerza el remo, y el otro el paso dobla. Tomó uno tierra, aproximóse al agua el otro, y por señal comprobadora de identidad en ambos, se dijeron a la vez: «Aquitania. –Barcelona.»
El sol, cuyo esplendor había ahogado hasta entonces calígine brumosa, comenzó a desgarrar la niebla espesa y a alumbrar el país y las personas.
Es el paisaje en que la escena pasa incomparable, de esos que se gozan sólo en el Mediodía. Es, a la altura media del monte, una ancha plataforma que da al Oriente: su mitad ocupa el agua perenal que el lago colma; de la otra en el suelo accidentado, bizantinas mitad y mitad góticas, se levantan las ruinas de un castillo que en convento volvió fe religiosa y que volvió a tornar en fortaleza la raza conservada en Covadonga. Al Poniente la guarda de montañas inaccesibles, ásperas, boscosas, un triple cinturón, que ataja el paso a la vista por tierras españolas. En cambio, por Oriente dilatarse puede por la comarca encantadora que cual lápiz de frutos y de flores desde Foix tendió Dios hasta Narbona. Al Mediodía el golfo, que sus huertos acaricia y arrulla con sus olas, y al Norte las almenas y alminares del castillo de Waifro se la acotan. Tal es la escena en que los dos incógnitos, penetrando en las ruinas, van ahora a dar razón de sí, desenvolviendo la acción de esta leyenda artificiosa. De ellos uno era el viejo del castillo, el que bajó por agua; el que por la otra parte subió del monte, Ayzón, el jefe de la hueste del conde vencedora. Ayzón, cual godo de progenie noble, usa luenga melena, ancha tizona, largo manto germano y calzón frigio, con correas sujeto hasta la corva. Como barón independiente lleva casco con guardacuello y con corona, mas sin visera ni crestón: los godos tienen cubrirse el rostro por deshonra, y el crestón y las plumas en el casco cual vanidades de los francos odian: y Ayzón es godo y catalán, y ansía ver de su patria la coyunda rota. Quiere que libre del dominio injusto de las razas germana, franca y goda, gobernada por condes de su tierra, camine libre, independiente y sola. Tales son los dos hombres que, metiéndose por las desiertas ruinas pavorosas, traban plática tal bajo los restos de los hundidos arcos de sus bóvedas. Y así a Ayzón le decía el viejo torvo, haciendo con su voz huir medrosas a las aves salvajes guarecidas en sus desiertas cavidades lóbregas:
«Esta fué la mansión de nuestros padres, Ayzón: de aquella raza lidiadora de independientes, que jamás el cuello dobló bajo coyunda ignominiosa. Aquí de lo VARONES DE LA FAMA los descendientes se acogieron; monjas, a quienes el estruendo de la guerra ahuyentó como banda de palomas, les dejaron su claustro abandonado, que ellos cercaron de murallas sólidas, de gruesos cubos y almenadas torres… escombros viles, como ves, ahora. Engendrados nosotros de su sangre, de su idea política y gloriosa continuadores solos, trabajamos con serio afán en rematar su obra. Los germanos, los árabes, los francos usurpadores son: hasta las costas del mar, desde estos montes, nuestros padres conquistaron la tierra generosa que es nuestra patria, de la cual no debe una extranjera raza ser señora ni protectora ya. ¡Fuera señores! Cataluña es mayor, puede andar sola. Sé que tal vez es pronto todavía; mas debemos sembrar con mano pródiga de nuestra independencia las semillas: alguno habrá que su cosecha coja. Nadie nos oye aquí, ni nos espía: habla; de muertos héroes las sombras escucharán no más nuestros proyectos, y a ellos tal vez sonreirán gozosas.»
Dijo el viejo: y Ayzón, que le escuchaba contemplando el lugar con vista absorta, dijo: –«Si le hay, busquemos un abrigo mejor y estancia para hablar más cómoda. El tiempo es frío, asendereado vengo: lo que yo os tengo que decir no es cosa para dicha de priesa, y meditarlo con más sosiego y madurez importa.
–Olvidé que tus pies, ya acostumbrados sólo pulidos mármoles y alfombras a pisar, y tu cuerpo, ya enervado con el aire letal de los aromas del imperial alcázar, se laceran del monte con las piedras, y se dobla bajo el arnés de guerra, más pesado que la seda y tisú de vuestras ropas. Como giran los astros en la suya, giran así los hombres en la órbita de acción en que en servicio de su patria su valor o la suerte les coloca. –Yo esperaba encontrar en estas ruinas acogida mejor…, a más suntuosa morada paso, y ocasión propicia presentado de ser a altas personas.
–Y eso hallarás, Ayzón: pero ser deben de tal paso y honor dignas tus obras: si tu relato es tal que valga tanto, realizarás tus esperanzas todas. Sígueme: en ese claustro hay una estancia cuya maciza fábrica, hasta ahora más fuerte que el pillaje y el incendio, la ira del tiempo destructor arrostra. Ven: allí encontrarás…, si hallo yo digna de abrir tal paso a tu ambición tu historia, la puerta del edén que asaltar quieres y la deidad a quien insano adoras.»
Dijo el viejo, y de Ayzón la diestra mano asiendo con su mano vigorosa, le hizo pasar del claustro derruído las ojivales aberturas rotas. Al cruzar la desierta galería, el eco les volvió su hueca bóveda del son descompasado de sus pasos sobre las sueltas piedras que la escombran. Allá en su fondo, en el macizo muro que las arañas y el hollín empolvan, al tacto más que con la vista, dieron con un portón que en la pared se empotra. Metió a tientas el viejo del postigo una torcida llave en la mohosa cerradura: correrse su pestillo se oyó, y abrió empujándola su hoja. Pasó él, siguióle Ayzón, y sobre entrambos cerrándose de golpe, de la gótica galería quedó vibrando el ruido por las vacías cavidades lóbregas.