Versos Spanish José Zorrilla 21

Spanish poem

21

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Media hora después, en el recinto de bizantino camarín, donde arde en un hogar inmenso de una encina la mitad del selvático ramaje, de una empezada historia continuaba la relación del godo; y escuchábale el viejo del castillo, dando claras de atención profundísimas señales. He aquí lo que decía Ayzón el godo: –«Lo que contar me resta es lamentable prueba del poco sólido terreno en que se asientan hoy las sociedades. Es una triste historia: es un ejemplo fatal para los hijos y los padres: la exhibición a par de dos poderes que el mundo solos por mandar se baten. El viejo emperador, abandonado de Bernardo y Judith, por quienes antes de doméstica paz en hilo frágil, empezó el sentimiento de la ofensa a ahogar en los recuerdos agradables de los íntimos goces y cuidados de que su amor y su amistad colmábanle. Del hijo de Judith haciendo un ídolo, adoróle en ausencia de su madre; y entre Lotario y él partió el imperio, de sus demás hermanos olvidándose. Lotario imaginó que aquel derecho del hijo de Judith era muy fácil de romper: y mostrándose sumiso, en el trono esperó solo sentarse. Los hijos de Hermengarda interesaron en pro suyo al Pontífice y los grandes del imperio, y dijeron de demencia que daba el viejo Emperador señales. Lotario, que les vió crecer, unióseles prefiriendo a luchar el engañarles, y arrojaron al padre de su trono, preso Lotario mismo custodiándole. Por él en vano al campo se lanzaron bravas huestes de fieles arimanes: Gregorio cuarto, que llevó de Italia, excomulgó a los fieles imperiales. A Compiegne por Lotario conducido, para que una asamblea le juzgase, fué Luis; y fué acusado por los clérigos de perjuro, sacrílego e infame, por llamar a las armas en Cuaresma, las riquezas de Dios por apropiarse, por juntar asamblea en Jueves Santo y ser, en fin, rebelde al Santo Padre. Condenado a abdicar, fué de la Iglesia entregado a los santos tribunales, despojado del cetro y la corona, del cíngulo e insignias militares; y de todos los males del imperio declarado por solo responsable, vistiéronle el cilicio y la capucha y a penitencia pública humilláronle: y el anciano infeliz, amedrentado de audacia y ceremonias semejantes, prosternado ante Ebbón, el arzobispo de Reims, de todo se acusó culpable: y en la misma ciudad do Carlomagno le entregó las insignias imperiales, encerrado se vió en un monasterio, irrisión y ludibrio de los frailes. Pero tal infortunio e ignominia tornó Dios en su pro: de ello indignándose los corazones nobles, declararon crímenes y traición tantos desmanes. A su padre a París llevó Lotario, Emperador creyendo coronarse alejando al anciano de sus fieles potentados y pueblos alemanes; mas a París corrimos diligentes por el Emperador, de todas partes, a arrancar al buen viejo de los claustros. Lotario, sin luchar, huyó cobarde, y el Pío Ludovico volvió al trono; mas, como ejemplo de vigor notable, a la iglesia obligó a que le ciñese otra vez las insignias militares. Perdonó a los rebeldes y a sus hijos: y hoy, al frente de hueste formidable, avanza hacia Provenza y Septimania, cual nunca amado, poderoso y grande. Mas viene a impulso de su amor de viejo, que en su agitado corazón renace más que nunca voraz, de amor en brazos de su adorada adúltera a embriagarse. Diestra Judith para excitar su anhelo, su reunión haciendo menos fácil, abandonó el convento de Borgoña y a uno del Rosellón vino a ampararse. Yo atravesar su pórtico la he visto; de ella a Bernardo sorprendí un mensaje, y tengo un plan que al favorito pierda y a par de yugo a Cataluña salve. Oídle y combinémosle. –Detente, el viejo al godo Ayzón dijo atajándole; la situación es tal que habla ella misma: yo comprendo tu plan sin que le explanes. –De eterna enemistad, de odio infinito tender un mar entre los dos amantes. –Yo haré más, mucho más: ante mis ojos el porvenir de la venganza se abre. La fortuna nos sirve, y es inútil, Ayzón, que más el seso te devanes: la independencia y la venganza a un tiempo hoy el azar a nuestras manos trae. Yo tengo, Ayzón, para coger a todos en una misma red hilos bastantes: hervirá entre los padres y los hijos un volcán de rencor y un mar de sangre. –¿Él está en Barcelona? –Ha entrado en ella. –¿La tomó? –Se la dimos: dispersarse mandé a mi gente: y mientras él se asombra de no hallar enemigos, se rehace mi hueste en estos montes, a su espalda a aparecer de nuevo preparándose. –Yo la haré que aparezca a tal altura que, por más que Bernardo se levante, la vea despechado de sus ojos, pero no de sus manos al alcance. Sígueme, Ayzón: tus locas esperanzas de realizar al fin llegó el instante. Paso a mejor estancia y compañía mejor en estas ruinas esperaste hallar, y vas a hallarlas: yo de un golpe de señor y rival voy a librarle. Mas si en lides de amor no eres más diestro, que en las de guerra, Ayzón, vuélvete… parte. –¿Tan obcecada está? –Le ama, le adora. Mas yo la haré que le odie; alerta estáte. Es un primer amor: es una niña. –Sido hubiera mejor no alimentársele. –La oposición enciende las pasiones y convierte las chispas en volcanes. Éste para apagar, su amor adúltero cuéntala, su pasión cual si ignorases. Vamos: yo te daré por el camino de su pasión y de mi plan detalles: y cuando tengas de los tres amores y de la historia de los tres la clave, tú nos conducirás al monasterio de Judith… ¡y verás qué desenlace!»

Dijo el viejo; y a Ayzón hasta la boca de un subterráneo caracol llevándose, desde su entrada polvorosa y lóbrega dijo por ella hundiéndose y guiándole: «Baja, que aunque parece que al infierno, a la mansión conduce de los ángeles.» Hundiéronse… y volvió de aquellas ruinas la muda soledad a enseñorearse.