Spanish poem
20 (Yo soy Aurora—la gitanilla)
Yo soy Aurora—la gitanilla, A quien adora—toda Sevilla; Yo con mi oculta—ciencia gitana Soy pájaro en Sevilla, Flor en Triana.
Estrofa primera.
Nadie conoce de mi existencia Ser ni principio, forma ni esencia. Floto en el aura cual los vapores; Duermo en capullo como las flores; Tengo invisibles dos alas bellas, Y a ver los astros subo con ellas. Muger y ave, vapor y hada, Yo lo soy todo, yo no soy nada. Mas ¿cómo en nada y en todo existo? Nadie lo sabe, nadie lo ha visto. Por su parte más ancha Cruzo el vacío, Y sin puente ni lancha Traspongo el río: Porque yo juego Con la tierra y el aire, La agua y el fuego.
¿Quién és Aurora? Nadie lo sabe, Yo de mí sola tengo la llave. Soy maravilla—con forma humana: Soy pájaro en Sevilla, Flor en Triana.
Estrofa segunda.
Nací entre juncias en Alfarache Donde una loba fue mi nodriza: Cual su lustrosa piel de azabache Peino una trenza sedosa y riza. Yo aprendí en medio de aquellas lomas La habla trinada de los jilgueros, Y la habla amante de las palomas, De las abejas y los corderos. ¿Hay gracia alguna que en mí no quepa? ¿Hay cosa alguna que yo no sepa? Guardarme su secreto No puede un alma: Tengo al mundo sujeto Bajo mi palma: Y ante mis ojos Se me arrodilla esclavo De mis antojos.
¿Quién es Aurora? Nadie lo sabe, Yo de mí sola tengo la llave. Soy maravilla—con forma humana: Soy pájaro en Sevilla, Flor en Triana.
Estrofa tercera.
Mis ojos tienen en su alegría La luz del cielo de Andalucía: Mis ojos radian en mi coraje De los del lobo la luz salvaje. Mi voz es dulce como el son lento Con que en las palmas susurra el viento: Eonco es mi ahullido de ira o de queja, Como el graznido de la corneja. De tan extrañas dotes señora, ¿Quién no me teme? ¿quién no me adora? Mi madre fue hechicera, Mi padre mago; De su ciencia heredera Prodigios hago. Dadme las palmas, Y os diré los secretos De vuestras almas.
Yo soy Aurora de quien se sabe Que de las almas tiene la llave, Yo, maravilla con forma humana, Soy pájaro en Sevilla, Flor en Triana.
Estrofa cuarta.
De todos dicen que soy querida, Todos me dicen que soy hermosa; Mas un misterio guarda mi vida: De quien le esplique seré la esposa. Bravos hidalgos, mozos gentiles, ¿Quién quiere el alma de una gitana Dentro de un cuerpo de veinte abriles, Que es absoluta reina en Triana?
¿No hay quien se prende de mi persona? ¿Quién me da su alma por mi corona? Un alma solicito Para un conjuro: Un pecho necesito Firme y seguro. Busco y no encuentro Un corazón que pueda Llevarme dentro.
Mas ¿qué és Aurora sin quien la quiera? Falso arco-iris de primavera: Mariposilla ciega y liviana, Que se quema en Sevilla Y arde en Triana.
Desdichadilla—de la gitana, Mariposilla—ciega y liviana, Que hoy maravilla,—polvo mañana, Será nada en Sevilla, Nada en Triana!
Cesó de cantar Aurora: Rompió en aplausos la gente, Estremeciendo el ambiente De las palmadas el son: Conviniendo en que hasta ahora Jamás produjo Triana Ni más hermosa gitana, Ni más hermosa canción.
Por eso, asiendo el platillo, Con la más encantadora Sonrisa comenzó Aurora A pasarle en derredor, Y empezó entre aclamaciones A recoger su belleza De cada mano una pieza. De cada boca una flor.
Llegó al lugar en que mudo El recién llegado mozo, Mal velada en el embozo La descolorida faz, A que a él llegase esperaba: Y al presentarle el platillo La dejó en él un anillo Y despareció fugaz.
Quedó la muchacha un punto Hasta las pestañas roja, Dudando si le recoja O le arroje con desden; Cuando una mano, adornada De encaje con un buelillo, Puso una onza en el platillo Y despareció también.
Esta fue, empero, a esconderse Bajo una capa de grana, Sobre la cual la gitana Su mano airada posó: Mas el semblante mostrando El que en la capa se emboza, Un paso hacia atrás la moza Y un grito de espanto dio.
Remolinóse la gente, Y acudió su padre al punto; Pero todo ello fue asunto De instantánea rapidez: Y ver no pudo el curioso Sino que en aquel instante Cubre de Aurora el semblante Una mortal palidez.
Mas una de esas miradas Que del vulgo los antojos Atribuyen a los ojos Del viejo Maese Adán, Inundándola un momento Con llama fosforescente, Disipó instantáneamente Su palidez y su afán.
Volvió a colorar la púrpura Sus mejillas virginales, Y en sus labios de corales La sonrisa a aparecer: Y con el platillo dando Fin del círculo a la rueda. Le volvió con la moneda Sobre el tapiz a poner.
Guardólo el viejo, y tornándose “Muy buenas noches, señores,” Dijo a los admiradores Que aun en torno suyo están: Respondiéronle unos cuantos: “Buenas las tenga, Maese.” Y el tapiz alzando, fuese Con los suyos Maese Adán.
Siguiéronles con la vista Los curiosos un momento, Hasta que con paso lento Cruzaron el arenal: Y cuando al puente de barcas Llegados yá les perdieron, Saludáronse y se fueron A su quehacer cada cual.
Y he aquí que al tomar el puente Para meterse en Triana Con su cuadrilla gitana El viejo Maese Adán, Vio al pié de los malecones, En la baranda apoyados, Dos sombríos embozados Que de centinela están.
El uno enfrente del otro Dan la espalda a la corriente, Y tienen tomado el puente De consuno al parecer: Mas el uno al otro extraños, Tal vez esperando a alguno, Ocúpase cada uno A los que pasan en ver.
El de la derecha muestra Aires de soldado y mozo, Y por cima del embozo Los bigotes se le ven. Del otro nada se acecha: Pues, a no dudar, se afana Bajo una capa de grana En desfigurarse bien.
Mas sin duda a nuestros mozos No esperan: porque serenos Les contemplaron, ajenos De la menor intención Ni de salirles al paso, Ni de hacerles el saludo Más lacónico o más mudo, Siquiera por atención.
Pasó por en medio de ambos Maese Adán con su gente, Y en Triana, allende el puente, La sombra les ocultó. El mozo entonces, tomando Del río la opuesta orilla, Metióse en una barquilla Y al agua se abandonó.
El de la capa de grana Permaneció sobre el puente Mirándole atentamente Bajar el Guadalquivir; Y, al perderle, hacia Sevilla Alejándose del río, Comenzó lento y sombrío Sus pasos a dirigir.