Spanish poem
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Diez semanas después eran esposos Rosa y Don Carlos. El barón habita Con ellos la pacífica casita Del campo del doctor, mientras los fosos, Las torres, las murallas y salones De su hendido y decrépito castillo, Vuelven á recobrar su antiguo brillo Gracias de Nasarina á los millones. Y no se harta el barón de pavonearse De uno en otro aposento, Desde cada ventana sin cansarse De mirar su castillo remozarse, Volverse blanco y ostentar al viento, En vez del esqueleto carcomido Que infundía pavor al pasagero, Un frontispicio cándido y pulido Cuya vista hace alegre el valle entero. Dos veces cada dia sube y baja Con su arquitecto á él, y cada dia En su vieja mansión deja cambiado En gracioso balcón lo que fué raja, Tornado en firme lo que ayer se hundía, Limpio, gentil, esbelto y acabado Lo roído, lo roto y lo combado. Los casados no se hartan de jurarse Un amor tan eterno Como apacible y tierno, De estar en soledad y acariciarse, Y gozar del placer de verse unidos Tras de tantos obstáculos vencidos. Carlos, del todo de su mal curado, Sano del corazón cual de la mente, Comprende con delicia lo pasado, Porque su amante Rosa le ha esplicado Del doctor el escéntrico espediente Que, para realizar su amor ardiente Y la salud de su ánimo, ha empleado. Y ya mil veces el barón ha oido De su risueña y sonrosada boca La esplicacion, que nunca habría podido Comprender solo, de su historia loca. La vuelta de Don Carlos una noche A la casita del doctor, dejando En el camino servidumbre y coche, Y su llegada al mirador de Rosa, Y el rico don que la ofreció pasando De una flor, escultura primorosa Trabajada por él, gracioso emblema De su fidelidad, gentil alarde De su saber y amor; su doble vuelta La misma noche al mirador mas tarde, Y del doctor la osada estratagema De mostrarle á su amada sumergida En un sueño letal: cuya esperiencia, Del mozo ocasionando la demencia, Le puso en riesgo de perder la vida. Este misterio al fin esclarecido, No fué difícil cosa Para la amable y seductora Rosa, Hacer al buen barón que comprendiera Cómo ha permanecido Oculta en su mansión, cómo ligera, Crédula y fácil de engañar con poco La muchedumbre, muerta la ha creído, Y por un crimen á Don Carlos loco: En tanto que el doctor pudo segura De su demencia preparar la cura. En el espacio así de los dos meses Que desde aquel suceso han trascurrido, Todos tres ocupados, Carlos y Rosa en su pasión constante Y el barón en su orgullo é intereses, Esentos han vivido de cuidados A un porvenir feliz en adelante Juzgándose por Dios predestinados. Del doctor solamente no parece El alma en armonía Con la dicha común y la alegría: Y él solo con su faz las entristece, Andando cabizbajo, Silencioso, ceñudo, y macilento, Y sin obvia razón de mal talante; Y entregado sin duda algún trabajo Difícil, pasa el dia en su aposento Del cual no sale mas que lo preciso, Y le anubla el semblante El afán de algún hondo sentimiento Que le trae pesaroso é indeciso. Nadie dá en la razón de la sombría Pesadumbre que el alma le desoía, De los demás turbando la alegría; Mas una noche se esplicó ella sola.
Al despuntar el alba de aquel dia, Con el negro que tiene á su servicio Personal, el doctor salido habia. Nadie estrañó su ausencia, Pues por su profesión tal vez se pasa Dias de sol á sol fuera de casa, Haciendo un ignorado beneficio O aliviando del pobre la dolencia. Rosa y Carlos tal vez placer sintieron, Pues del amor llevado de su ciencia, Que iba á volver á comenzar creyeron De sus visitas la escursion diaria, Saliendo de la vida solitaria En que sumido con pesar le vieron. Mas ocultóse el sol, espiró el dia, Y se cerró la noche, y avanzada La hora de la queda iba pasada, Y el doctor no volvia; Y empezó la inquietud de su morada A apoderarse, y la azorada Rosa De uno en otro balcón iba y venia, Mirando sin cesar sobresaltada Y á través de la sombra tenebrosa Escuchando, sin ver ni sentir nada: Y en una de las veces que afligida, Azares mil á bulto recelando Y del doctor temiendo por la vida, Iba el estrecho corredor cruzando A salir á buscarle decidida, Acertando á pasar ante la puerta Del gabinete del doctor, abierta Vio que estaba su cámara y metida Dentro la cerradura vio la llave: Y como siempre de llevarla cuida Consigo, y tal descuido en él no cabe, De una nueva sospecha acometida, Del doctor en la ausencia que no acierta A esplicar, receló causa muy grave; Conque en investigarla ya empeñada, Y obstáculo no hallando que la entrada De la secreta cámara la impida, Entró en su estancia, mas la halló desierta: Y hallando franco al par aquel retrete Donde á solas el médico se mete, Donde tal vez encierra su tesoro Y ante un altar y crucifijo de oro Arde una luz que aroma el gabinete, Rosa por él resuelta se adelanta; Mas en el misterioso y solitario Camarín al fijar su osada planta, Aquel lúgubre aspecto de santuario Que le dá de Jesús la imagen santa Que sobre el ara del altar bendito En frente de la puerta se levanta, En su febril ecsaltacion la espanta Y en su terror fantástico dio un grito. Don Carlos y el barón, que á él acudieron Pálida de terror allí la hallaron, Y cuando á Rosa su valor volvieron Y el camarín estraño registraron, Al que buscaban con afán no vieron, Mas esta carta del doctor hallaron.