Spanish poem
2 (Pasemos a otro asunto. Va de…)
Pasemos a otro asunto. Va de cuento. Paseábame yo un día por la ciudad que vió mi nacimiento, Valladolid, hoy triste y silenciosa, en otro tiempo alegre y bulliciosa, y de la corte de Castilla asiento. Paseábame, digo, por su antiguo Espolón, solo y apático, deseoso de hallar algún amigo con quien trabar conversación sabrosa, cuando vi que a propósito me deparaba Dios el más simpático, el más leal de los que allí tenía, que allí de paso como yo vivía, de chistes amenísimo depósito y elegante doctor homeopático, amigo de la dulce poesía. Tendíle al punto y con placer la mano, y él, con jovial semblante, con el cariño franco de un hermano, enlazando su brazo con el mío «te buscaba, exclamó, y hace un instante que habiéndome indicado que hacia el río te vieron descender, calle adelante, te seguía los pasos. —En buen hora me encaminé, repuse, a esta alameda donde tu compañía me procura esa feliz casualidad. Me queda sólo el temor ahora de que sea algún mal lo que te obliga mis huellas a seguir con tal premura. —No sé lo que te diga, dijo el doctor. El caso tanto tiene de bien como de mal. —¿Qué es, pues, el caso? ¿Un nuevo autor que me dedica un drama? ¿Unos versos de un chico que me quiere leer su padre? ¿El álbum de una dama? ¿Un convite tal vez? ¿Un desafío? ¿Una apuesta? ¿Un ensayo? —Nada de eso: es un enfermo mío a quien, de mi amistad en un exceso, te ruego que visites. —¿Estás loco, doctor? —Él es quien ha perdido el seso. —¿Es un demente? —Sí: pero tranquilo ahora, está en su lúcido intervalo: seis días ha que le dejó el acceso. —¿Y dónde vive? —¡Toma!, en los Orates. —¡Pues háblale del palo al que espera sentencia de garrote! —¿Pues qué hallas que te espante? —¡Friolera! ¿Pues no quieres, doctor, que me alborote si me pones el ánima en un hilo metiéndome en la casa en que me espera de los poetas el postrer asilo? —Poeta es, en verdad, del que te hablo. —¿Y quieres para hacerle compañía enjaularme con él? ¡Por vida mía!, creo, doctor, que te aconseja el diablo. —No, sino Dios tal vez; en mi experiencia, creo que ha de influir profundamente de su mal en alivio tu presencia. —¡Pues tendría que ver! —Oye en paciencia y hablemos, si te place, seriamente. —No deseo otra cosa. —Pues escucha. El doliente en cuestión es un mancebo a cuya triste y liberal familia mil atenciones desde niño debo. Ha un año que de Orates en la casa tuvieron que encerrarle, y aunque sufre terribles crisis, de descanso goza cuando el furioso acceso se le pasa. Él mismo entonces de su mal se duele, se conoce, y suplica que en la crisis fatal no le abandonen; y en sus días serenos a escribir se dedica unos cuadernos de tachones llenos que guarda con afán, sobre los cuales en silencio tenaz jamás se explica, y los defiende siempre con empeño, en calma o crisis, en vigilia o sueño. Yo no sé quién le dijo el otro día que en la ciudad te hallabas, y bien porque tu nombre conocía o porque le excitó nueva manía, porque le dejen visitarte clama, y dice a todos que si de él supieras, tú mismo al punto a visitarle fueras, y sin cesar te llama. Dice que has sido tú de su demencia la causa involuntaria; que tú sólo le puedes aliviar con tu presencia, y que cristianamente todo el mal que le has hecho te perdona, porque tú solo puedes a su frente ceñir si quieres inmortal corona. Yo te suplico, pues, que me acompañes a verle, y compasivo y generoso la manía le sigas y le engañes, para darle a lo menos, ya que no la salud, algún reposo en los días que Dios le da serenos.» Dijo y calló el doctor. ¿Podía, acaso, negarme a hacer un bien que iba sin duda a costarme tan poco? Vamos, dije al doctor: y a largo paso dirigimos los nuestros hacia Orates, el deseo a cumplir del pobre loco.