Versos Spanish José Zorrilla 2 (Hace ya diez y seis años)

Spanish poem

2 (Hace ya diez y seis años)

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Hace ya diez y seis años: sobre la española tierra la tempestad y la guerra indignado enviaba Dios. La situación era crítica y ardua: como un torbellino la revolución política todo lo arrastraba en pos.

Creencias, ritos, costumbres, razas, letras, ciencias y artes tomaban por todas partes nueva forma, nuevo ser. Un vértigo irresistible embriagaba por doquiera los ánimos: una era nueva empezaba a correr.

Dos pendones dividían en dos bandos nuestra patria, y dos razas acudían a su parte cada cual; y ambas para sí invocando a la justicia y al cielo, a cubrir de sangre y duelo iban su tierra natal.

Un viento extranjero, en libros y pinturas y diarios, pensamientos incendiarios nos traía sin cesar, y sus átomos, lanzados por campiñas y ciudades, un germen de novedades no cesaban de sembrar.

A la luz de un alba nueva que anunciaba un nuevo día, diferente aparecía cuanto fué, cuanto existió: y cuanto tuvo hasta entonces contemplando usado y viejo, cambió el pueblo de consejo y lo nuevo idolatró.

Creó y dióse nuevas leyes, libertad y luz ansiando, y lo antiguo aniquilando lo empezó todo a innovar. Era un tiempo de tormenta; los siglos y las edades tal vez tienen tempestades y equinoccios como el mar.

Yo, cual átomo viviente de la raza innovadora, vi en lo nuevo nueva aurora que mi mente deslumbró, y sorbido por la tromba de las nuevas teorías, adoptándolas por mías, su balumbo seguí yo.

Como al centro de aquel círculo, como al foco de aquel fuego, a la corte desde luego acudir imaginé; e insensata mariposa, de la luz vertiginosa del nuevo astro enamorada, a su luz me aproximé.

El tranquilo hogar paterno una tarde abandonando, cuanto amaba en él dejando, por los campos me salí; eché a lomos de una yegua, y temiendo ser seguido, por el fondo más tupido de unos montes me metí.

Al abrigo de lo espeso de sus recios enebrales, sus silvestres matorrales afanoso atravesé: mas las sendas ignorando y en sus páramos sin guía, me faltó la luz del día y perdido me encontré.

Las tinieblas de la noche por la tierra se extendieron, y en mi espíritu surgieron los fantasmas del pavor. Me vi a solas cara a cara con mi Dios y mi conciencia, y al umbral de la existencia, mi existencia me dió horror.

Creí oír a cada paso del desierto entre los ruidos, de mi madre los gemidos que por mí rogaba a Dios, y escuchar creí mil veces entre el vago son del viento de mi padre el grave acento que corría de mi en pos.

Cada rama que en su vuelo una ráfaga movía, colosal me parecía brazo alzado contra mí, y el perfil de cada tronco sobre el cielo destacado, ser fantástico apostado a atajar mi paso allí.

En la angustia de mi alma presentóme mi memoria, de la fábula y la historia, de la fe y superstición, las medrosas relaciones que, escuchadas o leídas, manteníanse escondidas en mi joven corazón.

Cuanto oí o leí de lúgubre, maravilloso y horrendo, fué en mi mente apareciendo de mi pánico al poder; de los Amadís y Orlando relaciones estupendas, a las cándidas leyendas del buen padre Nieremberg.

Exaltado mi cerebro con los cuentos de la infancia, sucumbió a la extravagancia del delirio del terror; y, al poder de mi pavura, en fantasmas y esqueletos convertidos los objetos, me giraban en redor.

Y las peñas y las matas, los enebros y zarzales, de contornos infernales revistiendo su perfil, se arrancaban de la tierra donde estaban arraigados, y danzaban animados por mi pánico febril.

El balar de las ovejas recogidas en los cerros, los ladridos de los perros que guardaban el redil, el susurro de las ramas, de las auras el gemido, germinaban en mi oído pavorosos ruidos mil.

Nubarrones descarriados, impelidos por el viento del nublado firmamento sobre el fondo sin color, como ejércitos de monstruos el espacio atravesaban, y los astros entoldaban con sus alas de vapor.

El rumor que en la hojarasca al cruzar por su espesura mi veloz cabalgadura producía al galopar, parecíame un estruendo producido bajo tierra por la lava opresa hirviendo de un volcán pronto a estallar.

Yo, cobarde, amedrentado ¡ay de mí! por la pavura, iba huyendo a la ventura, sin que en tal desolación comprendiera que los monstruos que poblaban tierra y vientos, eran los remordimientos del culpable corazón.

¡Insensato! Yo buscaba en fantásticos poderes el origen de unos seres que nacían de mi ser; ignoraba aún que es el hombre de miserias un abismo, que, enemigo de sí mismo, se las crea por doquier.

Que la aurora que la vida tiñe en tintas de azul y oro, es un falso meteoro de la ciega juventud, y que el viento de los duelos, la amargura y desengaños, traen al alma con los años el hastío o la virtud.

Yo corría de este mundo tras la gloria y la ventura, empezando la amargura de sus goces a probar; en mi sed de independencia yo mi hogar abandonaba, y, ya libre, suspiraba por la cárcel de mi hogar.

En aquella aciaga noche, siempre viva en mi memoria, comenzó mi loca historia y mi gloria comenzó. Al contarlas, mis biógrafos las contaron puras, bellas: ¡ay de mí!, no saben de ellas lo que sé tan sólo yo.

Al contar cómo corría por los páramos perdido, me suponen conducido por la gloria y por la fe; yo, que lloro los errores a que el genio me ha arrastrado, de sus flores coronado, las espinas que dan sé.

¡Gloria! Edén imaginario que a los necios alucinas, de tus flores las espinas nos oculta la ilusión; ésta al fin desvanecida, convencido quien te adora, o se desespera u ora, desgarrado el corazón.

Yo, a Dios vuelto, de su gloria me guarezco bajo el manto, y los himnos que levanto con fe ardiente y voz audaz, ya no aspiran a tejerme una tienda con tus palmas, sino a inspirar en las almas una fe pura y tenaz.

Mas ¿dó voy, mísero loco, por mi cuento descarriado cual corrí descaminado por los montes años ha? Les cruzaba en las tinieblas, sin amparo y sin camino, entregado a mi destino, descorazonado ya.

Sin osar volverme al cielo, cuya faz me amedrentaba, sin que viera sobre el suelo esperanza de solaz, escuchando los aullidos de las fieras y alimañas, con que hería mis oídos cada ráfaga fugaz.

Aterrado, mas a impulsos de la fe que en mí vivía, con la voz de ¡madre mía! a la Virgen invoqué: a mi voz, como evocada, una luz brilló a lo lejos, cuyos trémulos reflejos como un faro saludé.

Arrastrada por su instinto o por más celeste influjo, mi montura me condujo desenfrenada hacia allí; y aunque ya falto de aliento casi, y transido de espanto, cual por virtud de un encanto a verme entre hombres volví.

Di en un adoar de gitanos; con mi yegua, en su carrera ciega, a través de una hoguera desatinado salté: su brida asieron cien manos: cien lamentos, cien aullidos desgarraron mis oídos, y caí y me desmayé.

Cuando volví a abrir los ojos, halléme en una cabaña cercado de gente extraña que se ocupaba de mí. Una desgreñada vieja con un candil en la mano, me salmodiaba en gitano ensalmos que nunca oí.

Y un hombre de faz morena, ornada de anchas patillas, me aplicaba a las rodillas garrote con un cordel. Yo comprendí con espanto que a la vida me volvía, no la eficaz salmodía, sino el tormento cruel.

El dolor me arrancó un grito, y entrambos, por mi ventura, cesaron en la tortura que me daban a la par: y al fin, satisfechos ellos y yo repuesto del todo, empezóse de este modo conversación a trabar.

ÉL: –«Señorito, ¿adónde bueno tan solo y descaminado? ¿Cómo así se la ha enredado el demonio a su mercé? Nada tema de nosotros; explíquese francamente su mercé; se halla entre gente leal y de buena fe.

Vamos, no hay de qué asombrarse, señor: deme acá esas manos a besar; aunque gitanos somos hijos de Undivel, y somos agradecidos, y yo sé que si hoy mantengo la pobre vida que tengo, se la debo sólo a él.

ELLA: –Sí, señorito, bien sabe mi hijo Ramón lo que dice: su mercé se tranquilice y mande como señor; aquí el agradecimiento a su mercé es muy profundo, y le mira todo el mundo con respeto y con amor.»

Pasaba yo mis miradas de la gitana al gitano, y un recuerdo muy lejano pugnaba por aclarar en mi memoria; eran gentes a quienes yo conocía sin duda, mas no podía quiénes fuesen recordar.

Vi empero que mi silencio a ofenderles comenzaba, mas a anudar no acertaba la rota conversación: a pesar de sus protestas de lealtad y de celo, no sé qué necio recelo me embargaba el corazón.

Tal es el hombre: su instinto la sociedad extravía, y no le sirve de guía naturaleza jamás; cuanto más civilizado, más ciego y más lejos de ella, desconoce y atropella su bien, le pierde quizás.

La bestia más insensata, una vez agradecida, jamás el semblante olvida del amigo o bienhechor, el perro nunca equivoca con el amigo al contrario; sólo el hombre temerario funda su instinto en error.

Así yo, desconociendo las señales verdaderas, de las palabras sinceras de mis amigos dudé, y descarriado mi instinto por mi educación viciada, por doblez vil y taimada la sinceridad tomé.

El gitano, más grosero y menos civilizado que yo, mas mejor guiado por su instinto natural, me perdonó generoso aquella injuriosa duda, mi desconfianza muda interpretando leal.

«Vaya, señorito (díjome), fuerza es que yo a la memoria le traiga una vieja historia que abone mi lealtad. Yo soy aquel veredero que en la sierra fusilado iba a ser, y fué salvado por su generosidad.

Vea su mercé si puedo pagar con algo esta vida, que es deuda que contraída tengo yo con su mercé; como su mercé a mí entonces, estoy pronto hoy a ayudarle, sin pararme a preguntarle de sus hechos el porqué.»

Vínome el rubor al rostro al tiempo que la memoria: verdad era aquella historia: cogido en una ocasión como espía en la montaña, el jefe de la partida liberal, le dió la vida por mi sola intervención.

Dijo el jefe: «por mi parte que huya y se salve si puede, yo procuraré que quede solo: no puedo hacer más». Fué noche: dejóle atado su guardián olvidadizo: le di un cuchillo, y él hizo en la sombra lo demás.

Deslizóse cautamente hasta el fondo de un barranco, y probó que no era manco llevándose hasta el cordel y el cuchillo: mas ¿quién prueba que generoso no quiso librarme del compromiso de connivencia con él?

Reconocíle con gozo, lloré y le tendí la mano; besóla con el gitano su vieja madre también: y puestos los tres de acuerdo para el porvenir, me dijo la vieja: «fíe en mi hijo, señorito, y duerma bien».

Mataron la luz: cerraron la puerta de la cabaña, y a mis pies se acomodaron en un mísero jergón. Yo era aún un niño: el cansancio me rindió en breves momentos, y ahogó mis remordimientos el sueño en mi corazón.

Coloraba el monte apenas el albor de la mañana, cuando la tribu gitana se dispuso el campo a alzar. Peregrinos incansables, raza sin patria ni hacienda, el firmamento es su tienda, es el páramo su hogar.

Familia rapaz de halcones al azar encomendados, cual se acuestan sin cuidados se despiertan sin afán; la pródiga Providencia, como a las aves del viento, les procura el alimento por donde quiera que van.

Indómitos moradores del mundo civilizado, nunca salen del estado en que les cupo nacer; los siglos pasan sobre ellos sin trocar su faz salvaje; su vida no es más que un viaje cuyo fin no quieren ver.

A un mismo tiempo enemigos de la paz y de la guerra, vagan libres por la tierra con ella en guerra y en paz; ninguna ley reconocen, por ningún pueblo combaten, bajo ningún yugo abaten su independencia rapaz.

Creen que estando al par abierta para todos la campiña, el engaño y la rapiña dan derecho a posesión, y los bienes, por la tierra para todos derramados, con derecho igual gozados a la par por todos son.

Por doquiera que el descuido buena ocasión les ofrece, lo olvidado desaparece, lo perdido halla señor, y al punto tal metamórfosis sufre el objeto adquirido, que ya no es reconocido por su antiguo posesor.

Su tráfico es la mentira, el pillaje sus hazañas; su historia son las patrañas que de ellos el mundo cree; su astucia las alimenta, porque su poder consiste en el de que les reviste la supersticiosa fe.

En las viejas de esta tribu supone el vulgo villano misterioso, sobrehumano y satánico poder: atribuye a su mirada facultad de hacer mal-de-ojo, y a su envidia y a su enojo maleficios que temer.

Cree que curan y que hechizan con ensalmos y conjuros, que hacen filtros que seguros la vida y la muerte dan; que, para usos mil diabólicos, de niños y de difuntos con sangre y grasa, hacen untos, y, en fin, que al sábado van.

Cree que en un juego de cartas y en las rayas de la mano abierto el lóbrego arcano del porvenir las está, y que cuando una gitana ha tocado una moneda, por ella hechizada queda y que tras ella se va.

Esta vulgar e insensata supersticiosa creencia, les condena a una existencia nómada, errante y rapaz. La sociedad como infames de su seno les rechaza, y ellos conservan su raza virgen con celo tenaz.

Infamados, mas temidos tal vez por el mundo entero, ellos con orgullo fiero aceptan su baldón (sic), y si el mundo halla algún dique que su pertinacia tuerza, ceden siempre ante su fuerza, pero sin darle razón.

Desconocidos de todos, mirados como enemigos, ellos sólo son amigos de los que su sangre son; jamás se mezcla su raza con más raza que la suya, y no hay poder que destruya su raza y su religión.

Oculta profesan una: tienen ritos, leyes, traje, costumbres, barrio y lenguaje aparte de los demás; no hay raza que más conserve de su tipo la pureza; su agreste naturaleza no se desmiente jamás.

Jamás rompen la barrera que del mundo les separa: jamás gitana hizo cara a quien gitano no fué; y si a sus pies vino un loco por una pasión rendido, abrazó al ser su marido su profesión y su fe.

Cada tribu tiene un jefe con poderes absolutos, quien sin nombres ni atributos ostentosos es el rey; contra su poder omnímodo nadie nunca se rebela; él manda, y jamás se apela de los fallos de su ley.

Su elección no admite intrigas: como egipcio patriarca, el más viejo es el monarca por derecho natural; muerto o ausente el reinante, quien le sigue toma el mando, sus derechos consagrando la obediencia universal.

Con su miseria contentos, fieros con su independencia, de su nómade existencia hacen gala y vanidad; sin pesares, la alegría, en sus pechos atesoran, y fanáticos adoran su salvaje libertad.

Sus frugales alimentos e interminable ejercicio, crían su cuerpo sin vicio en vigorosa salud: flexibles, infatigables, como el gamo y la pantera, su vida pasan entera en indócil inquietud.

Como oriundos del Oriente, perezosos y holgazanes, aborrecen los afanes del trabajo corporal; y jamás labran la tierra, ni más oficios ejercen que aquellos que no les tuercen su inclinación natural.

Crían bestias con las cuales trafican, cuyo servicio es útil para su oficio vagabundo, y su falaz profesión, mixta de robo, de comercio y de empirismo, que practican con cinismo desvergonzado y sagaz.

Y utilizando la fama que entre el vulgo les procura, dicen la buenaventura, tiran las cartas, y van por doquiera con sus artes, sus danzas y sus canticios, recogiendo beneficios sin trabajo y sin afán.

De sus bailes y sus cánticos el son y la poesía, rebosan una alegría locamente original, y el bullicio gitanesco de una fiesta en sus adoares, guarda el tipo pintoresco de su origen oriental.

La hermosura de sus hembras voluptuosa y expresiva, por demás provocativa, es arisca por demás, y lo ardiente y voluptuoso de su garbo y de su gesto, jamás raya en lo modesto, mas no es lúbrico jamás.

Libre y sin freno en sus gustos, nunca una moza gitana va a encenagarse liviana en venal prostitución; jamás vende sus caricias ni da al oro su hermosura; nunca es mercancía impura su amor; es una pasión.

Tal es la raza gitana: la madre naturaleza bajo su agreste corteza puso empero una virtud, una que el hombre del mundo descuida; una verdadera virtud que el bruto y la fiera poseen: la gratitud.

Virtud que innata en su alma es: como el perro, el gitano besa sincero la mano que pan o favor le da: virtud de toda la raza: haced a uno un beneficio, y entera a vuestro servicio tenéis a su tribu ya.

Tal era la compañía que me deparó mi estrella; no sé si hice mal con ella en ir de mi suerte en pos: mas con ella entré en el mundo, y al consignarlo en mi cuento, ni dudo ni me arrepiento. ¡Que me lo perdone Dios!

Bañaba ya las colinas del alba la luz de grana, cuando la vieja gitana de mi sueño me sacó diciéndome: «¡arriba, hijo! que es preciso que vayamos un poquito lejos»–«¡vamos!», despertando dije yo.

Maese Ramón entonces, dándome un traje gitano, comenzó con diestra mano mis cabellos a trenzar; endoséme yo cual supe mi gitanesco atavío, y pasó el antiguo mío al dominio del adoar.

Pronto fuí otro; mas antes de salir de la cabaña, a una operación extraña me presté, no sin rubor; la vieja, con no sé que untos que componen los gitanos, dió a mi rostro y a mis manos mate y cetrino color.

Mis facciones aguileñas y mis crecidos cabellos, diéronme pronto con ellos semejanza singular; miréme en un roto espejo: en la imagen reflejada por él, no pude ya nada de mí mismo recordar.

Cuando quedó por completo mi metamórfosis hecha, dió una vuelta satisfecha la vieja en redor de mí; contemplóme un breve instante el gitano sonriéndose, y enfrente de mí poniéndose, me dijo tranquilo así:

–«Ahora, todita su gente y todita la justicia de la tierra, dará picia persiguiendo a su mercé. Su mercé es todo un pimpollo de la huerta de Triana: salga, pues, y en la gitana familia lo ingeriré.»

Abrió y salimos: el campo vi ya levantado, y, puesta su hacienda en las bestias, presta hallé la tribu a marchar. Componíanla diez hombres, siete hembras y seis muchachos, que de asnos, potros y machos guiaban un centenar.

Nadie extrañó mi presencia al parecer, ni la causa preguntó de ella: una pausa hubo empero en el rumor inherente a tal escena, y Ramón, aprovechándola, con voz de autoridad llena les habló en este tenor:

–«Muchachos, mi ahijado es éste: todito el mundo gitano lo ha de tratar como a hermano; la ley lo quiere pescar, y debemos del mal paso sacarle: con que ¡al avío! pongamos tras él el río en un verbo, y espolear.»

Los hombres con un saludo de cabeza, breve y mudo, me mostraron que asentían el mandato de Ramón; las mujeres con un poco descarado atrevimiento, en palabras de contento me expresaron su adhesión.

Como yo desfigurada, mi yegua un mozo me trajo, y empezamos agua abajo el Esgueva a bordear: pronto encontramos un vado: por él cruzamos el río, y del monte en lo bravío nos metimos sin parar.

Aquella especie de egira por en medio de un desierto, acampando a cielo abierto y asociado a gente tal, tenía a los ojos míos y tiene aún en mi mente, un no sé qué del Oriente, pintoresco, original.

¡Pobre loco! En mis delirios estrambóticos me pinto tal vez el mundo distinto de como ha sido jamás; mas ya es largo este capítulo: reposa, lector paciente, que siguiendo complaciente a mi loca pluma vas.