Spanish poem
Cuestión personal
He aquí lo que jamás hasta después de morir había pensado decir, de mi sepulcro detrás.
Elegir para nacer no es dado tiempo ni estancia; me cogió casi en la infancia la revolución de ayer.
Sin su libertad de imprenta y sus nuevas osadías, ni a mí ni a mis poesías nos tomara España en cuenta.
Broté de una sepultura en mitad de un cementerio, trayendo en mi alma un misterio y en mi mente una locura.
La tradición de mi casa era realista y levítica, mi educación jesuítica, pero mi audacia sin tasa.
Rompí, pues, todos los lazos que me unían a los míos, y con juveniles bríos me arrojé del siglo en brazos;
pero conservé mi fe; jamás renegué de Dios por irme del siglo en pos, ni eché ante él atrás mi pie:
y cuando en aquel afán de arrasarlo todo a bulto, estalló aquel gran tumulto que parecía un volcán;
entre el cólera y la ira de una plebe amotinada, de aquella agua envenenada por la imposible mentira:
cuando arrastrando a los frailes se hizo oro de sus conventos, y en sus naves y aposentos se dieron cenas y bailes,
de aquella demencia extrema sin villana cobardía, yo hice a la Virgen María, aunque no bueno, un poema.
Cuando a tierra los cañones echaban los monasterios, cantaba yo los misterios de sus santas tradiciones.
Cuando todos se escondían de la audaz persecución de aquella revolución, surgí en pro de los que huían:
y aquí y en toda región decir sin jactancia puedo, que canté con fe y sin miedo mi PATRIA y mi RELIGIÓN.
Y si hasta hoy la verdad santa exalté, porque hoy la toque, no hay por qué nadie sofoque la palabra en mi garganta:
pues para aquello y para esto ayer y hoy se necesita patriotismo y fe infinita en un corazón bien puesto.
No imagino que por mí patria y religión salváranse; mas algo a que no borráranse sus rastros contribuí.
Cuando en libertad completa los fugitivos tornaron, ¿dónde su memoria hallaron? En los versos del poeta.
¿Por qué tal brío y tal fe y tales versos olvida la gente que iba en huída cuando yo a la lid? —No sé.
Tal vez porque no confundo cosas que no son lo mismo: la fe con el fanatismo ni éste con el otro mundo.
Porque con juicio más sano no quiero que el pueblo hispano, de su fe con vilipendio, con el cañón y el incendio se eche a probar que es cristiano.
Yo creo en la redención y en Cristo y en su doctrina, y jamás su fe divina se apagó en mi corazón.
Así creí mi misión cumplir, sin miedo villano, como bardo castellano cantando la patria mía, con mi fe y mi poesía de español y de cristiano.
Excusadme: ya está dicho: jamás me llegó a ocurrir que hubiera esto de decir antes de estar ya en el nicho;
mas eso fuí y eso soy: aborto de un cementerio y del siglo en que aún estoy, que tomo en bufo y en serio lo de ayer y lo de hoy.
Yo soy un hombre de ayer que voy de hoy con el progreso, y que me afano por eso lo pasado en remover, lo roto en reconstruir, lo caído en levantar, lo enterrado en evocar y lo muerto en revivir.
No porque esquivo al progreso yo en el pasado me encierre, sino porque no se entierre lo que hundió su propio peso:
porque ¡pese al vulgo zafio! la poesía divina pone, en fosa o cenotafio, a lo que muere, epitafio, y el INRI a lo que mal fina.
Y aquí surge una cuestión para mí trascendental: yo, poeta nacional, de lo que fué mi nación,
¿resucito lo que fué para que ya no sucumba, o ponga sobre su tumba el epitafio y el pie?
Yo, que vi mi poca ciencia y mi instinto vagabundo, nada hacer quise en el mundo sin aptitud ni conciencia;
y como más no sabía que hacer versos, no hice más ni he aceptado jamás posición de más valía.
No pudiendo, pues, ser nada, porque yo para ser algo más que poeta no valgo, me volví a la edad pasada.
Yo consagré a España sola entera mi poesía, y no ha sido más la mía que cristiana y española.
¿Me debe algo el hoy a mí por mi ayer y mi actitud, o hay que echarme al ataúd con todo lo que escribí?
Yo no lo sé, ni me importa; ya es muy tarde para echar por otro rumbo y cambiar de vida, que es ya tan corta.
Por eso, nocturno endriago, en el silencio nocturno solo, errante y taciturno, entre las tinieblas vago.
Y hay quien de una oscura ruina ver por la noche pretende que una sombra se desprende y que a mi lado camina;
y que aquella sombra extraña, que no alza polvo ni ruido, mientras y yo vago perdido por la ciudad, me acompaña:
y damos vueltas sin fin ella y yo por las esquinas de las torres bizantinas de la Antigua y San Martín;
y a través de su ventanas, según el aire que corre, se oyen doblar de la torre en sordina las campanas:
y es que sus lenguas de hierro, que anunciaron mi bautismo, tendrán que llamar lo mismo un día un otro a mi entierro;
y en mi doble funeral se ensayan cuando yo paso, y me avisan, por si acaso lo olvidé, que soy mortal:
porque esa que me acompaña sombra impalpable, es mi esencia, mi luz, mi fe, mi creencia, el guía que nunca engaña: esa sombra es mi conciencia.
Con ella ando noche y día; y sin pesar, sin encono, rencor ni miedo, abandono por ella la poesía.
Sombra que tras mí doquiera por lo bajo, abrumadora, va diciéndome severa: «a casa ya, que ya es hora; ya estamos mal de ella fuera».
Y de mi conciencia en pos en mi casa me he escondido, a vivir en el olvido y a morir en paz con Dios.