Spanish poem
La cortina verde
Son unas horas después, y vense en su gabinete, Inés en un taburete, y don Enrique a sus pies. Testigos de sus deslices en aquel retrete obscuro, están colgados del muro de Flandes cinco tapices. Toda sorpresa exterior provienen las celosías y dos dueñas, de vigías, que están en el corredor. Lucha la luz con la sombra; el rojo sol de Occidente colora confusamente las labores de la alfombra. Las flores, desde el jardín, prestan al aura perfume, y otro al fuego se consume en el mismo camarín. Todo es paz, calma y quietud en el retrete oriental; mas si no es paz criminal, no es la paz de la virtud. Don Enrique está hechicero; doña Inés como una estrella; voluptuosa está la bella, y galán el caballero. En los ojos de la hermosa se está mirando el galán, y ambos atizando están hoguera tan peligrosa. Ella, en recreo infantil, destrénzale los cabellos, bucles haciéndole de ellos con sus manos de marfil. Él, con sonrisa liviano, en acento adulador dulces palabras de amor la dice a la cortesana. Ella de orgullo suspira gozando el favor Real, aunque él interpreta mal la vanidad que la inspira. Él mancebo y sin consejo, en su amor se está abrasando; pero ella está contemplando su contorno en un espejo. Él la dice: «Hermosa estás»; en silencioso desdén dice ella: «Lo sé tan bien, que advertirlo está de más.» Él, con el dulce reclamo del silencio engañador, traduciéndolo mejor, añade: «Inés yo te amo.» Ella, culpando su exceso, cuando más cerca la estrecha, le da de sí satisfecha, por cada palabra un beso. Y en larga conversación, ella altiva, él importuno, demuestra bien cada uno el afán del corazón. Así el Príncipe decía enajenado a la hermosa; y astuta y voluptuosa, ella así le respondía:
Quedó Inés un punto en pie escuchando perspicaz, y asióla el Príncipe audaz repitiendo: «Nada fue.» Y a fe que era la quietud de aquel ansioso momento tan honda en el aposento como en desierto ataúd. Ningún rumor la turbaba, ningún susurro se oía, si alguna vez se eximía la brisa que murmuraba. Los vapores del perfume que exhala el ancho pebete, aroman el gabinete y el aire que los consume. La rica tapicería inmoble en el muro está, y a sitio seguro da cada puerta y celosía. Hay en el fondo una alcoba que, aunque en la sombra se pierde, espesa cortina verde al ojo su interior roba. Tal vez el aura sutil un instante la movió, y eso sin dada causó a Inés su terror pueril. Mas repuesta y sosegada junto al Príncipe otra vez, díjole con candidez: «Tenéis razón: no fue nada. »Mas perdonad que haya sido tan fácil para el temor, que aunque os tengo mucho amor, tengo miedo a mi marido.»
Ronco, ahogado, comprimido, sonó un fugitivo acento, como el rumor del aliento largo tiempo detenido. Perdió la dama el color, púsose el Príncipe en pie, recelando ambos que esté alguno en el corredor. Mas por el mismo lugar, con muy recatada seña, oyóse a la astuta dueña por el corredor llamar. —Adiós, señor, dijo Inés, que de partiros es hora. —¿Hasta cuando? —Por ahora. Si gustáis, hasta después. —¿Tanta ventura es verdad? —Os lo había prometido; de caza está mi marido válganos la obscuridad. ¿Vendréis? —¿Cómo no? —Atended; no hagáis confianza vana, abierta está la ventana y es áspera la pared. —Os entiendo: vendré solo. —Sí, que la noche es obscura. —¡Oh! Y por tamaña ventura, fuera yo de polo a polo.— Salió el Príncipe, y la bella, orgullosa por su amor, saliendo hasta el corredor, dejó el camarín tras ella. Todo en él fue soledad, y la cortina arrugando, vióse al Duque murmurando, inmoble en la obscuridad. «He aquí que todo lo pierde por no pensar mi mujer que yo me puedo esconder tras esta cortina verde.»