Versos Spanish José Zorrilla La Carrera — II (En las desiertas cumbres que…)

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La Carrera — II (En las desiertas cumbres que…)

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En las desiertas cumbres que la sierra Á las legiones de la luz levanta, Paso al cielo tal vez desde la tierra: Allí, donde árbol, animal, ni planta, Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra Bajo la eterna nieve, y se quebranta Cuanto vida ó calor toma del suelo Al peso de una atmósfera de hielo,

Se abre por las montañas un camino, Más bien un tajo, que sus breñas parte Como una faja de planchado lino, El cual dirige al colosal baluarte De la nieve. Jamás tan peregrino Sendero supo fabricar el arte, Ni inspirarle á la mente más risueño Maga oriental en hechizado sueño.

Á ambas orillas de su senda blanca Labra caprichos mil el aire helado, Que el ampo trae que el remolino arranca, Dejándole doquier cristalizado. La agua congela y el vapor estanca Y cincela sutil filigranado Del hielo en el cristal, cuyas labores Descomponen la luz en mil colores.

Mas como sus espléndidos reflejos De la nieve se estrellan en la alfombra, Y en el mate cristal de sus espejos Mata al color la blanquecina sombra, Todo es blanco doquiera, cerca y lejos: Todo el país descolorido asombra Con su igualdad la vista: blanco el suelo, Blanco el espacio puro, blanco el cielo.

Y allá del peñascal en la estrechura, Por el lugar do empieza este sendero Á blanquear en el fin de la llanura, Comienza á negrear bulto ligero. Crece..... se aclara como va la altura Ganando. Es un mortal: un caballero Moro: y, conforme lo veloz que sube, Parto fué su corcel de alguna nube.

El ampo de la nieve no desflora Con el herrado casco en su carrera, Y, al ver la forma aérea y voladora De jinete y corcel, se les tuviera Mejor por ilusión fascinadora Que por seres de vida verdadera: Pues ¿quién sino fantásticas visiones Osaran arribar á estas regiones?

Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos Del mullido tapiz de copos leves? ¿Quién conoce los seres vaporosos Que la región habitan de las nieves? ¿Quién sabe qué destinos misteriosos Les dió Aquél que, con dos palabras breves Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino Del sol su destructor puso vecino?

ÉL solo, Dios. Recóndito misterio Envuelve los contornos liminares De aquel helado y silencioso imperio Escondido entre rocas seculares. Solo ÉL ve lo que encierra este hemisferio, Por entre cuyos blancos valladares La ardua ascensión al último acomete, Cual suelta nube, el Árabe jinete.

De peñón en peñón, de risco en risco, El tortuoso camino va siguiendo Sobre su negro potro berberisco, Y á los nublados bajo sí va viendo Fermentar en sus vientres el pedrisco De invisibles torrentes al estruendo, Y según sube hacia la azul esfera Va aflojando el caballo su carrera.

¿Quién es?—Vuela perdido en la distancia: Su forma es vaga sombra todavía. ¿Do va?—¿Y quién su poder ó su arrogancia Sabe? Tal vez á la mansión del día. Genio, tal vez allí tiene su estancia: Mortal, de un filtro acaso se valdría; Mas ya trepa al confín: ya poco á poco Modera su corcel su ímpetu loco.

Ya Se Ve Que Dando Se va, Más blando Al freno.

Ya no bota De ira lleno, Ni va ajeno De derrota Desbocado, Como mata Que arrebata Desbordado Rapidísimo Turbión.

Ya se dilata Su fauce henchida De comprimida Respiración, Y, vïolento, Danza el aliento Que le sofoca De su pulmón, Con resoplido De dolorido Cóncavo són.

Doble columna gruesa De fatigoso aliento, Que hace vapor el viento Sutil de esta región, Cual humareda espesa, Por la nariz opresa Vierte tras sí en la atmósfera El árabe bridón.

Ya deja la boca herida Más libre al bocado obrar, Y más siente ya la brida Que pudo el señor cobrar.

Ya el vértigo loco cediendo Que ciego siguió á su pesar, Va su ímpetu fiero perdiendo Y empieza cansancio á mostrar.

Ya su rápido escape acortando Detenerse pretende quizá: Ya se templa, é igual galopando Va en un aire pacífico ya.

Y aunque de espuma y de sudor blanquea, Relincha audaz é inquieto cabecea; Y aunque jadeando de fatiga está,

Aun piafa y se encabrita y escarcea, Y los ijares con la cola airea, Y corvos saltos de costado da.

Ya cambia: ya el trote medido levanta, Y, el cuello engallado, segura la planta, Altivo en la sombra mirándose va.

Ya lenta y suavemente su dueño le refrena: Se acorta: ya en el paso su marcha va serena: Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!

¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera! Más rápido su impulso que el de las nubes era: Caballo y caballero volaban á la par En alas de un nublado. La alondra más ligera, Ni el águila más rauda, pujante y altanera, Pudieron un instante su rapidez tomar.

Al fin cesó.—Las bridas en el arzón dejando, Los miembros extendiendo, con ansia respirando, Repúsose el jinete sobre la silla al fin: Y absorto, las miradas en derredor tendiendo, Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo, Océano de hielo, sin costa ni confín.

¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña Do se contempla aislado!—Sólo hay una montaña Que gruta cristalina taladra por el pie. ¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero, De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero Por do hasta allí ha subido?—Delirio, sueño fué.

Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella, Ni marca de camino en rededor sobre ella; Todo es una esplanada inmensa, sola, igual. No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo: Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo: Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?

¿Adónde esta comarca estéril y desierta Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró? Tal vez en ella moran espíritus dañinos Que á los mortales odian, y los fatales sinos En dirigir se ocupan del que mortal nació.

Tal vez es la risueña y espléndida morada De alguna dolorida y encantadora fada, Que el vano amor lamenta que puso en un mortal. Tal vez es la bajada del reino del olvido, Adonde caen las almas después de haber salido De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.

¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña Labores y arabescos de nácar y cristal, Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco, Hendiendo sonoroso su embovedado hueco, Le trajo estas palabras en canto celestial:

«Ilustre y venturoso Caudillo Nazarita, La gloria y el reposo Te aguardan á la par. Tu mente, que no alcanza Misterio tal, se agita Dudosa en vano.—Avanza, Avanza, ¡oh Al-hamar!»

Es Al-hamar: el noble monarca granadino. Es él, que arrebatado sobre las auras vino Á dar en esta helada é incógnita región. Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo Repite de su canto el fugitivo són.

Á este eco, en la sonora profundidad perdido, Cual de invisible fuerza magnética impelido El árabe caballo feroz se encabritó. Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde: Piafando y relinchando con orgulloso alarde Por la sonora gruta el palafrén entró.