Spanish poem
Justos por pecadores
Es Clara una hermosa niña que en la faz muestra gentiles de sus diez y siete abriles los encantos a la vez. Sencilla, mas sin que el mundo la sobrecoja ni empache; las pupilas de azabache, y de azucenas la tez. Suelta y libre la cintura, como la noche el cabello, transparentes en el cuello venas de virgen azul. Pie breve y aéreo paso, más inquieta y más ligera que en la fértil primavera las hojas del abedul. Gacela del mirar dulce la llamó un árabe errante; sol, azucena y diamante, las gitanas que la ven. El árabe en sus desiertos con su memoria camina; Egipto la vaticina infinito amor y bien. Sus ojos brillan tranquilos como una noche serena; su alma en ellos se ve ajena de temor y de inquietud. El Duque la dice «amiga», doña Inés la dice «hermana», los mancebos «soberana», y «hermosa» la multitud. Si se reclina cansada junto a la fuente sonora, la náyade protectora parece de su cristal. Si corre de los jardines por las sendas desiguales, semeja entre los rosales una sílfide ideal. Si sonríe, es su sonrisa tan pura y tan hechicera cual la blanca luz primera del alba limpia de Abril. Su voz es a quien la escucha red amante, oculta vira, y el aliento, si suspira, aura olorosa y sutil. El Duque parte con ella todo el amor de su esposa; doña Inés procura ansiosa con ella olvidarse dél. Y es Clara, partiendo entrambos su purísimo cariño, para aquélla un tierno niño, y un serafín para aquél. Pasó toda aquella tarde en el huerto entretenida, con una dueña que cuida sus caprichos de cumplir. Cayó el sol; enlutó el cielo la impalpable sombra inmensa; la noche lóbrega y densa amagó el mundo cubrir. Guardó Clara sus cabellos con un velo, del rocío; cruzando el jardín umbrío, hacia el camarín tornó. Y asida a un ramo de flores que robó a la primavera, por una obscura escalera hasta el corredor llegó. Allí doña Inés, posada la mano en el antepecho, miraba un camino estrecho que oculto a la calle da. Y en el jardín, tras la dueña que recatada le guía, por la misteriosa vía, rápido el Príncipe va. Clara entonces, silenciosa, viendo a Inés tan distraída, de su estancia la salida ganó a su espalda veloz, Cayó la puerta de golpe con estrépito violento, y oyóse en el aposento del Duque ronca la voz. Tornóse Inés aterrada, oyóse dentro un gemido; aplicó atenta el oído, y dijo temblando: «El es.» Rápida, desalentada, por el corredor saltando, dio al jardín, encomendando su salvación a sus pies. Trémulo, descolorido, el Duque de allí a un momento, saliendo del aposento, embozado apareció. Caló el sombrero a los ojos, y dando vuelta a la llave, con paso callado y grave la escalerilla bajó.