Versos Spanish José Zorrilla Libro Tercero — III (Era la noche del siguiente…)

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Libro Tercero — III (Era la noche del siguiente…)

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Era la noche del siguiente día En que el fiero Muley salió de Zahara, Vencedor insolente. Era una obscura Y nebulosa noche: no lucía En el cielo la luna: venda impura De nubarrones cárdenos cubría La luz serena de su antorcha clara. Ceñían por doquier el horizonte Negros grupos de nubes apiñadas, De vapores eléctricos preñadas, Y alcanzábanse á ver de monte en monte Del frecuente relámpago, azuladas, Arder las repentinas llamaradas.

Á un balcón de la torre de Comares Asomada en silencio, la altanera Aija escuchaba con el alma entera Lejano són de gritos populares Que, por la densa atmósfera perdidos,

Traía á sus oídos, De cuándo en cuándo, ráfaga ligera. Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro El noble rostro juvenil tendía, Como su madre oyendo con asombro La confusa y extraña vocería Que, en las tinieblas de la noche, el viento Con eco sordo resonar hacía Bajo el techo del cóncavo aposento.

—«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo La sultana.—Sí, madre, y no comprendo..... Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo La espesa sombra penetrar queriendo, Aija le interrumpió:—«Calla: estoy viendo Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo? —¿Un ruiseñor?—Sin duda: mas no canta Tan recio el ruiseñor..... escucha atento. ¿Le oiste?—Sí.—Pues bien, hijo, ese aliento De un pájaro no cabe en la garganta. —Oid, Señora, oid; más cerca el pío Del ave se oyó ahora.—Es una seña Que viene de las márgenes del río. —Sí, y en hacerse comprender se empeña.» Acercáronse más á la calada Barandilla exterior del antepecho:

Mas Aija, de repente y sin ser dueña De sí misma, cubriendo con su pecho El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!» Silbando entró por el postigo estrecho Del balcón una flecha disparada Desde el bosque, y, tocando en la labrada Piedra del arco, rechazó, en el lecho De Abú Abdil cayendo despuntada.

«¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida También atentan!» Mas alegremente La interrumpió Abdilá, teniendo asida La flecha: «Madre (dijo) trae cosida Una carta.—Lee pues.» Rumor de gente Se oyó en el corredor en este instante, Y una esclava, asomándose á la puerta, Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana Fué cosa nada más que de un momento En el pecho ocultar la carta abierta, La flecha devolver por la ventana, Y serena quedar sobre su asiento.

Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro De las venganzas de Muley, entraba El nocturno registro Á hacer que en el salón acostumbraba, Desque la torre de Comares era Del Granadino Príncipe y su madre, Por orden de Muley, prisión severa.

Saludó Abú-l'Kazín con afectada Ceremonia, mostrando que lo hacía Sin respeto y en pura cortesía: Aija, en sus almohadones recostada, Ni volvió la cabeza desdeñosa, Ni le otorgó siquiera una mirada; Abú Abdilá, imitando á su orgullosa Madre, no contestó tampoco nada. Abú-l'Kazín entonces, en sombrío Silencio y con feroz torvo semblante, La estancia registró con vigilante Y prolija atención. «Es deber mío,» Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana Una mirada donde el odio brilla, Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana Vencedor de las armas de Castilla.»

Aquí, consigo sin poder, la Mora Díjole: «¿Son por ello esos clamores Que turban el reposo?—Sí, Señora: El pueblo aplaude, como siempre, ahora Á los Reyes que vuelven vencedores.» Una mirada le lanzó de fuego La Mora y con desdén le dijo luego: «Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana, Si volvieren vencidos, por traidores Les silbará la multitud villana. —Vele Aláh por el Rey, y no permita Que el pueblo tenga por traidor, Sultana Á quien abrigue sangre Nazarita! —Eso te digo yo. Los hijos tienen La sangre de los padres, y el que incita Al padre contra el hijo, lo previenen Las suras del Korán, á Dios irrita Y su raza por Dios será maldita. —Sultana, tus palabras.....—El anuncio Son del desprecio en que te tengo.—Holgara La razón en saber.—Está muy clara. —Pronúnciala, Sultana.—La pronuncio: Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo Y traidor á su Dios, y yo detesto Á los hijos de padre que tal hizo. No lo olvides jamás.—¡Oh! lo protesto. —Déjanos, pues, en paz.—La vez postrera Volveré nada más, cuando el severo Rey de Granada de su ley el yugo Imponeros me ordene.—Aguarda fuera Sus órdenes en tanto, carcelero, Hasta que hayas de entrar como verdugo.»

Salió el wazir, brillando en su pupila El fuego del rencor: y la Sultana, Luego que oyó el rumor de los cerrojos De la postrera cámara lejana, La carta á desplegar volvió tranquila, Devorando lo escrito con los ojos. Mirábala Abdilá con impaciencia, Procurando leer en su semblante Lo que ella en el escrito. En apariencia, Si el wazir la acechara en este instante. No pudiera, al mirar su indiferencia. Sospechar que el papel era importante. Leyó con avidez, pero serena: Y aquella alma viril, que dominaba Del placer el exceso y de la pena. No dejó percibir á quien miraba El gozo inmenso de que estaba llena. ¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!

«Hijo mío Abdilá, dijo tras breve Pausa, vas á partir. La muerte fiera. De tu padre á la vuelta, aquí te espera, Y abajo espera quien salvarte debe. No el Cielo señaló tu real cabeza Para ceñir una corona en vano; Tu destino de Rey he aquí que empieza; Cumple, pues, tu destino soberano.»

Dijo y le dió la carta, que decía: «Vuelve tu esposo vencedor, Sultana, »Y la guadaña de la muerte impía »Su mano trae; no aguardes á mañana: »Cuando oigas luego que en silbar porfía »El ruiseñor al pie de tu ventana, »Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella. »Y un buen caballo le valdrá y su estrella.

»No temas ni vaciles: los verjeles »De este valle, á tu vista tan tranquilo, »Á un escuadrón de Abencerrajes fieles »Dan á estas horas misterioso asilo. »Mi escritura conoces, no receles, »Sultana, una traición: pende de un hilo »Del Príncipe la vida: mas, burlada »La muerte, volverá..... Rey de Granada.

»Aunque en firmar sé acaso que aventuro »Mi cabeza, la suya es lo primero: »Sírvate pues mi nombre de seguro »Y alumbre tu razón Aláh infinito.»

Al pie de este renglón, claro y entero, De ALY-MACER el nombre estaba escrito.

Leía Abú Abdilá, y á la lectura De la carta fatal palidecía: Y, leyendo en su rostro su pavura, La madre el ceño varonil fruncía. «Hijo de Reyes, como Rey procura Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna: Mala es mejor tenerla que ninguna.»

Tal diciendo, la intrépida Sultana Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso Abú-l'Kazín dejárselas, por vana Demostración de libertad y viso De autoridad y pompa soberana, En la prisión. Entraron al aviso Todas de su señora, y la severa Sultana las habló de esta manera:

«Necesito una escala: en el momento Desgarrad vuestras tocas y almaizales; Los tapices que tiene el aposento Trizas haced: mis lienzos y mis chales Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento De la torre, anudad los desiguales Pedazos: no os paréis en necias dudas: Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.»

Hechas á obedecer, sin más demora Rasgaron la oriental tapicería Que la ostentosa cámara decora, El chal con que cada una se ceñía, El rico pabellón de crujidora Seda que el lecho de Abdilá tenía. Cuanto á las manos se las vino asieron, Y, formando un cordón, le retorcieron.

La Sultana y el Príncipe, afanosos, En tal ocupación las ayudaron, Y de esta ocupación con los curiosos Incidentes, que alegre la tornaron, Del alma de Abdilá los temerosos Tristes presentimientos se ahuyentaron: Y rebosaba en gozo y osadía Cuando el largo cordón se concluía.

Á poco un risueñor en la enramada Los tres largos silbidos de su trino Precursores lanzó. Corrió agitada La Sultana al balcón, y más vecino Volvió á silbar el ruiseñor: callada É inmóvil escuchó: su oído fino Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura, De un hombre el movimiento y la figura.

Un momento después, en la maleza Que al mismo pie del torreón crecía, El ruiseñor silbó: la fortaleza Y la continuidad con que lo hacía Su voz, de la que dió naturaleza Al ruiseñor un tanto desdecía De cerca oída: pero al libre viento Era bien fácil confundir su acento.

Ató Aija á Abú Abdil por la cintura La punta de los lienzos anudados, De su firmeza y solidez segura; Los brazos un momento entrelazados Tuvieron madre é hijo con ternura Cordial: los labios trémulos, rasados De lágrimas los ojos, no encontraron Palabras, mas sus lágrimas hablaron.

Deshízose la madre la primera Del cariñoso lazo, y saltó el hijo Por la baranda del balcón afuera, Teniendo el lienzo las mujeres fijo. «Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera! —¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo, Y, bajando la voz:—honra tu nombre, No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.»

Dijo: y, á una señal, franqueza dando Las esclavas al lienzo, por la obscura Región del aire, suelto, fué bajando El Príncipe Abdilá: justa pavura Le acongojó cuándo se vió colgando Sobre la inmensa tenebrosa hondura; Vaciló su cerebro y, los antojos Del miedo por no ver, cerró los ojos.

Un momento después cuatro forzudos Brazos en las tinieblas de él asieron: Una daga cortó junto á los nudos El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron. Los brazos de las Moras, á tan rudos Esfuerzos no hechos, libres se sintieron De repente del peso, y la Sultana Se echó con ansiedad á la ventana.

Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento, Parando en su atención hasta el latido Del corazón y el curso del aliento: Pero ni gente, ni señal, ni ruido Se percibía: á la merced del viento El lienzo por abajo desprendido Flotaba, y era todo allá en la hondura Silencio, soledad, sombra, pavura.

Apartóse en silencio la Sultana Del ajimez: la tela recogida Poco á poco volvió por la ventana: Mas al entrar la punta suspendida Por fuera del balcón, de la Africana El corazón mortal volvió á la vida; La punta trae de salvación un gaje Infalible: el blasón Abencerraje.

Besóle la Sultana, y su altanera Tranquilidad cobró: despidió luego Sus esclavas y, sola, dijo, fiera Reverberando en su mirada el fuego Del corazón: «Que venga cuando quiera Muley.» Y en los cojines con sosiego Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena Segura de Abú Abdil, durmió serena.