Versos Spanish José Zorrilla Libro Séptimo — IV (¡Qué hermosas son las noches…)

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Libro Séptimo — IV (¡Qué hermosas son las noches…)

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¡Qué hermosas son las noches de Granada! ¡Cuánto placer la atmósfera respira! ¡Con qué rumor tan grato perfumada Susurra el aura que en sus huertos gira! Su misteriosa soledad, poblada De árabes genios, languidez inspira, Y no encierran los senos de su sombra El vago miedo que en la noche asombra.

El canto de los pájaros canoros Que anidan en sus bosques embebece; El ruido de sus árboles sonoros Y de sus frescas aguas adormece; De la brisa en los pliegues incoloros Extasiado el espíritu se mece: Todo reposa allí bajo el imperio De un oriental incógnito misterio.

Encantada ciudad, cuyas historias Piden del Rey profeta el arpa de oro; Sultana del Genil, cuyas memorias Evoco á solas y en silencio adoro; Alcázar oriental, de cuyas glorias Envidioso está el mundo: bien el Moro Dijo al decir que la mansión divina Está sobre tu tierra peregrina.

Tras el cendal da tu estrellado cielo Se ve la faz de Dios que centellea; No hay quien detrás de tu flotante velo La omnipotencia de su Sér no vea; No hay quien escrita en tu fecundo suelo La realidad de su poder no lea; No hay quien contemple tu nocturna calma Sin alzarte un altar dentro del alma.

¡Tierra de bendición! ¿Quién no te adora? ¡Tierra de amor, en que el placer se anida, En tus dulces recuerdos se atesora Toda la gloria de mi inquieta vida! ¿Quién de ti, si te ve, no se enamora? ¿Quién tus noches espléndidas olvida? Bien hizo el que á tus pies por no perderte Peleando tenaz buscó la muerte.

Es una noche azul de primavera: Millones de lucientes luminares Dan tibia luz á la terrestre esfera; De flores aromáticas millares Alfombran ya la tierra, y la ligera Brisa en la regia estancia de Comares Introduce sus vírgenes olores Á través de los áureos miradores.

Sobre cojín morisco reclinada, Los pies doblados sobre escasa alfombra, Yace la que de la árabe Granada Al fin Sultana sin rival se nombra. Rico dosel de seda cairelada Da á su lánguida faz templada sombra, Y pantalla chinesca en su penumbra Guarda el mechero que el salón alumbra.

Es la azucena pálida de Loja; Es de Aly-Athár la tímida gacela; Es la mujer, que trémula cual hoja De triste sauce, duda, ama y recela: Moraima es, cuyo ánimo acongoja Pesar secreto que la tiene en vela. Es la Sultana de cabellos de oro, Que el alma hechiza del Monarca moro.

Käel, su negro y perspicaz Nubiano, Yace á sus pies con languidez tendido; La frente apoya sobre la ancha mano Fatigado tal vez, tal vez dormido; Mas la mirada fija del enano Y la abierta nariz y atento oído, Al que su instinto y lealtad comprende Advierten que sagaz á todo atiende.

En el obscuro camarín, formado Por la maciza fábrica del muro, Y en donde se abre el ajimez dorado Que da aire y luz al aposento obscuro Al estilo de Oriente fabricado, Contempla el cielo otra mujer; su duro Contorno sobre el cielo se destaca, Pues fuera del balcón el cuerpo saca.

Es Aixa, la despótica Sultana, El genio protector del Islamismo, Que desde aquella arábiga ventana Mide del porvenir el hondo abismo. Genio tenaz, encarnación humana De la fe, del valor y el heroísmo, Genio que, á aparecer en otra era, Mentir á los horóscopos hiciera.

Con el rumor del bosque confundidos Que sombrea la torre de Comares, Trae el aura fugaz á sus oídos Del bullicioso pueblo los cantares. Á sus vasallos quiere entretenidos Tener el nuevo Rey en sus hogares, Y el mal que sus horóscopos predicen Cantando olvidan y á su Rey bendicen.

Pero Aixa, que jamás en ilusiones Se adormeció y á quien la edad avisa De que las populares ovaciones Tan efímeras son como la brisa Que su murmullo trae á sus balcones, Con desdeñosa y lúgubre sonrisa Su són escucha, que al rayar el día Ser puede amotinada vocería.

Todo en la regia cámara reposa: Ajenos al turbión de los placeres De la morisca corte voluptuosa, Aquellos tres tan diferentes seres Tristes meditan. Á la fin la esposa, La más inquieta de las dos mujeres, Dando sin duda al pensamiento giro Distinto, débil exhaló un suspiro.

Llamó de Aixa la atención el eco De aquella exhalación enamorada, Y del balcón dejando el fondo hueco Fijó en Moraima su glacial mirada; Y con el tono desabrido y seco De su voz, á mandar acostumbrada, La dijo: «Afrenta de las Reinas moras, Espíritu cobarde, ¿por qué lloras?»

No lloraba Moraima todavía, Mas tan duras palabras la preñaron De lágrimas los ojos. Muda, fría, Aixa las vió cuando á la faz brotaron De la débil mujer que las vertía. Las vió, mas conmoverla no lograron, Y con regio desdén, á paso lento Comenzó á atravesar el aposento.

Mas al llegar del arco á los umbrales, De la alberca en el patio embaldosado Anunciaron los roncos atabales Al Rey por las Sultanas esperado. Seguido de sus deudos más leales Llegó Abdilá para el combate armado: Sonrió al verle con su arnés más bello Aixa, y Moraima se abrazó á su cuello.

—«¡Tan pronto! dijo la afligida esposa. —Ya tarda, dijo la valiente madre. —¡Aláh te vuelva!... murmuró la hermosa: —Mas si no vences: volverá tu padre, Añadió la Africana vigorosa. —¡Antes cristiana lanza me taladre!» Dijo el mancebo rebosando enojos, Y un rayo de rencor brilló en sus ojos.

Entonces la Sultana:—«En paz os dejo: (Añadió con voz grave) despedíos Á solas, pero ved que no me alejo; No me le quites con tu amor los bríos Que necesita.» Y, torvo el entrecejo, Se sumió en los tortuosos y sombríos Corredores, dejándoles á solas Del mar de su aflicción entre las olas.

En silencio abrazados los esposos Largo espacio quedaron: el exceso De su dolor en ayes angustiosos Exhalaba Moraima, mientras preso Mantenía en sus brazos cariñosos Á Abú-Abdil: dióla él un tierno beso De su cariño en la efusión sincera, Diciéndose los dos de esta manera: