Versos Spanish José Zorrilla Libro Quinto — III (--«Mira, escucha y comprende lo…)

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Libro Quinto — III (--«Mira, escucha y comprende lo…)

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—«Mira, escucha y comprende lo que pasa En torno tuyo ¡oh Rey!—¿Ves esas sombras Que como en alas de los vientos cruzan Esos llanos y montes con que sueñas, De esa obscura ciudad saliendo todas? Los corredores son, que el Rey cristiano Envía á sus alcaides fronterizos. Esa ciudad de donde parten, cuyo Mudo recinto en las tinieblas yace Al parecer pacífico y tranquilo, Es Medina del Campo. Desde aquellas Torres los Reyes de Castilla miran Hacia Granada, el pensamiento fijo En su desolación y la memoria En el fatal horóscopo, que anuncia Á Abú-Abdil como el postrer monarca Que reinará en la Alhambra; sus jinetes Por eso envían en secreto, y sólo Caminando de noche, á sus mejores Adalides. ¿Y sabes el mensaje Que les llevan, Muley? Que pues rompiste Las treguas tú, cayendo sobre Zahara, Den por abierto el campo de la guerra Y metan por tus tierras sus pendones, Talando sin piedad y destruyendo Mieses, viñedos, torres y ciudades. Vuelve ahora la vista hacia este lado: ¿Ves ese cerro sobre el cual blanquean Las almenadas torres y los muros De una morisca villa? Son las torres Y las murallas de Guadix. ¿Ves ese Pendón que en ellas vagarosa agita El aura de la noche? No es ya el tuyo: Es el de Abú-Abdil. ¿Ves esos hombres Que, envueltos en sus blancos alquiceles Y jaiques africanos, uno á uno Entran en la segura fortaleza Do se hospeda tu alcaide? Todos esos Son los parciales de Abdilá, que acuden Á ofrecerle su brazo y sus tesoros Contra su mismo padre: y son los mismos Que tus inicuas leyes desterraron De Granada; los hijos y los nietos De aquella ilustre raza degollada Por el infame padre del que ahora Es tu primer Wazir, tu consejero, Del tirano tal vez que por ti reina: De Abú'l-Kasín Ben-Egas, hijo digno Del renegado vil á quien llamaron Moros y Castellanos con desprecio El Tornadizo: y todos alimentan Sed de venganza contra él, y el odio Hierve en su corazón contra la impura Cristiana á quien adoras, y detestan Toda la estirpe vil de renegados Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan Hacia la rebelión, que ya fermenta Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego Puede atajar tal vez Dios solamente, ¡Alahú-akbar! así está escrito. Vuelve La vista hacia ese valle: es el de Dona. ¿Ves esa multitud de gente armada Que por él atraviesa? Son Cristianos Que á Alhama van. Á Alhama, donde tienes Tus más ricos tesoros: donde acuden Con tus anuales rentas tus alcaides: Donde almacenas los inmensos víveres Á tus tropas fronteras necesarios. Á Alhama van: la llave de Granada, Como los Granadinos la apellidan: Á Alhama van. Repara cómo trepan Por los peñascos en que está fundada, Como astutos reptiles, los Cristianos Escaladores; mira cómo llegan De los muros al pie sin ser sentidos: Mira cómo aproximan las escalas: Mira cómo en silencio en las almenas Aseguran las manos, cómo tienden Los cautelosos ojos al recinto Del muro y del adarve abandonados: Mira cómo el primero salta dentro Y sesenta tras él. Ese maldito Es Ortega del Prado, ese famoso Escalador cuyas sorpresas tienen En vela eterna á los Alcaides todos De tus castillos fronterizos. Mira Cómo asesina al centinela y corre Á sorprender la guardia de las puertas: Mira cómo un enjambre de Cristianos Por las murallas entra. ¡Ay de tu Alhama! ¡Ay de los que no ven que están cercados De lobos Nazarenos! Mira, mira. Aquel jinete, que á su frente viene Á emboscarse traidor junto al postigo, Es Ponce de León, Marqués de Cádiz, Maldecido de Aláh y azote nuestro. Aquel otro de arnés empavonado, Es el rico Asistente de Sevilla Diego de Merlo: aquel que con el hacha El barreado rastrillo hace pedazos Con fuerzas de Titán, es Juan de Robles, Alcaide de Jerez, que mató un toro Dándole en el testuz un puñetazo. Y no creas que es gente allegadiza, Poco diestra en la lid y mal armada; No, Muley, son guerreros avezados Á pelear: ilustres por sus hechos Y por su sangre generosa: todo Cuanto encierra mejor Andalucía De Castellanos capitanes. Mira: ¿Ves aquel joven cuyo bozo apenas Sobre su labio superior apunta? Bien puedes con el alba que esclarece Divisarle, jinete en un morcillo Que piafa de impaciencia: ese es un hijo De aquel Conde de Cabra cuyo brazo Teme no más Aly-Athár de Loja; Es su hijo Don Martín, prez de la raza De Fernández de Córdova. Aquel otro Que monta un potro negro y que tremola Un pendoncillo cárdeno en la lanza, Don Pedro Enríquez es, Adelantado Mayor de Andalucía. Toda entera La tienes ya sobre tu reino: toda Tiene la voz de alarma y se dispone Para vengar á Zahara. ¡Ay de tu Alhama, Que tienen ya por suya! ¡Oh! mira, mira: Aquel que gana el caracol estrecho Del torreón y baja á dar entrada Á los que aguardan del postigo fuera, Es el Comendador Martín Galindo, Que ha jurado inmolar treinta Muslimes Á la implacable sombra de un hermano Muerto á sus pies por el Zegrí de Vélez. Mira cómo ayudado de Estremera Su escudero, y de Pedro de Valdivia, Alcaide de Archidona, desatranca Los pesados barrotes de la puerta Y sube las cadenas del rastrillo. Ya logró levantarle: ya una hoja Franqueó del postigo: apresurados Mira cómo por él se lanzan todos Sedientos de oro y sangre ¡Aláh clemente, Compadece á los Árabes! Escucha. ¿No oyes el repentino clamoreo Que ensordece la villa? ¡Desdichada! Su gente anoche se acostó tranquila, Y en brazos de la muerte se despierta. Mira aquel que en la torre de homenaje De la alta ciudadela ha enarbolado La bandera cristiana; oye cuál grita, Agitando frenético los brazos, ¡Alhama por Castilla!... ya la tienen. Mas no: mira los tuyos cómo acuden Á la pelea: todavía es suya La villa, y el castillo solamente De los Cristianos es. ¡Aláh bendito! Mira cómo coronan las murallas, Una nube de flechas arrojando Sobre los siervos de Jesús. ¡Cuál caen Entre los muros de ambos fuertes! Cejan, Se encierran otra vez en el castillo La tierra con su sangre enrojeciendo. ¡Ah, leales Muslimes, degollados Primeros que rendidos! Viejos, niños, Mujeres, cuantos ciñen el turbante Africano, pelean por su patria. Mira, van á intentar una salida: Ya están acorralados los Cristianos En el castillo, y á su vez ahora Van á ser los sitiados. No hay tronera, Ni lucerna, ni almena, ni resquicio Por donde asome un ojo castellano, Que cubierto de dardos no se vea En el instante mismo. Ya los tuyos Comienzan á salir: mas ¡Cielo santo! En tumulto, sin orden y sin jefe, Como muchachos de una escuela salen. ¡Oh! van á ser pasados á cuchillo Si los Cristianos dan en ellos. ¡Pronto Desdichados! ¡atrás! ¡atrás! Es tarde. Un lienzo de muralla derribando Los Cristianos se lanzan de repente Sobre su ciega multitud, y en ellos Corno en ganados en redil se ceban. Huyen: la puerta los de dentro quieren Cerrar: mas se aproximan unos y otros En confuso tropel: todo es en vano: Todos al par se precipitan dentro. Oye cómo á la avara soldadesca Autorizan los jefes al saqueo, Para animar sus bárbaros instintos. ¡Ira de Dios! La muerte por las calles, Por las plazas, las casas y mezquitas, Corre hambrienta de víctimas humanas Y se harta de cadáveres. En vano Unos pocos valientes, prefiriendo La muerte al cautiverio, se resisten Como leones del desierto. En vano En tu regio mirab encastillándose, Ante el ara sagrada del Profeta Forman una muralla con sus pechos. Un impío Cristiano, una embreada Tea aplicando á la dorada puerta, Sopla la llama arrodillado, en tanto Que otros con sus escudos le protegen De los árabes tiros. Ya la llama Prendió en la puerta cincelada: el humo En espirales pardas culebrea Por cima de los cascos: ya las chispas Saltan á impulso del seguro soplo De la adarga de cuero con que aventan El incendio naciente, y ya rechina La primorosa ensambladura hendiéndose. Mira cómo abrasada se desploma La mezquita y sepulta á los Muslimes: Mira cómo el incendio se propaga Por sus bazares y almacenes: mira Las lagunas de sangre, en cuyo fondo La voz de todo un pueblo degollado Al justiciero Aláh contra ti clama: Mira cómo el incendio, porque veas Mejor, extiende en derredor su llama Encendiendo á tu honor mortuorias teas: Mira la cruz sobre el peñón de Alhama!.... Desventurado Rey, ¡maldito seas!....»

Dijo y calló la voz del nigromante; De la frase final lúgubre el eco En pavoroso són zumbó un instante Bajo morisco artesonado hueco. Un momento después la luz brillante Se extinguió de las lámparas: un paso Lento, más firme gravitó en la alfombra: Sintióse en los tapices un escaso Rumor.... y todo fué silencio y sombra.