Spanish poem
Libro Quinto — II (Como visión que se aparece…)
Como visión que se aparece muda Á la voz del conjuro que la evoca, Como la mancha que proyecta móvil La nube que ante el sol cruza la atmósfera, Así apartando la crujiente seda Que el subterráneo camarín decora, En su oriental recinto penetraron En sombrío silencio dos personas; Hombres las dos: el uno, revestido De luengas, anchas y talares ropas, Bajo el morisco capuchón plegado La edad oculta y el semblante emboza; Debajo el otro de caftán turquesco Rica armadura y cimitarra corva Deja admirar: mas el cerrado almete Su faz resguarda de atención curiosa. Ser el primero en su ademán revela De esta mansión el dueño: indagadora Inquietud, mas no miedo, del segundo Muestra la continencia cautelosa. Busca el primero entre los mil objetos Que allí se ven, de aplicación incógnita, Algo que necesita, y el segundo Sagaz espía sus acciones todas. Un talismán y un libro, cuyos usos Sólo tal vez su posesor no ignora, Tomó por fin el sabio y puso el libro En un atril de laboreada concha. Era el libro un volumen con respeto Guardado en un cajón de palo-rosa, Y el talismán representaba un áspid, El cuerpo de oro y de coral la cola. De un candelero de oro salomónico Encendió luego la bujía roja El silencioso encapuchado, y dijo Volviéndose al guerrero:—«Ya está pronta El ara de la ciencia y arde en ella La luz de la verdad. Ese áspid toma, Pregúntale; divide de ese libro Las páginas con él y, sobre la hoja Que abras, lee la respuesta á tu pregunta, Y..... espera todavía, si te importa Tu secreto guardar, que por tu lengua Hable tu alma: la palabra sobra.» Obedeció en silencio el caballero: Y dejando en un mueble sus manoplas, Con la desnuda mano asiendo el áspid Se aprestó á la tremenda ceremonia. Hizo en secreto su demanda, y luego, Metiendo el talismán entre las hojas Del libro, en el atril por ambos lados Caer partidas al azar dejólas. Á través de las barras del almete Tendió á lo escrito la mirada ansiosa: Leyó, y el estertor que hinchó su pecho Mostró de su alma la mortal congoja; Mas hombre á dominar acostumbrado Sin duda al corazón, una tras otra Leyó todas las líneas de la página, Su acíbar apurando gota á gota. Acabó de leer y cabizbajo Permaneció un momento: escrutadora Entretanto del sabio la mirada Sobre él en vano pertinaz se posa; Porque el tejido espeso de las barras De la celada penetrar le estorba Hasta su rostro que, indiscreto acaso, Revelara su idea más recóndita. Alzó al fin el armado la cabeza, Con un suspiro desechando la honda Fatídica impresión del sortilegio, Rompiéndose el silencio en esta forma:
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