Spanish poem
Libro Cuarto — IV (Astro de bendición para el…)
Astro de bendición para el Hispano, Una ardiente mujer nació en su suelo, Y avivada la fe del castellano Brotó cuando á su faz la trajo el Cielo. El fulgor de su genio al Africano En el alma infundió siniestro duelo, Y de su luz el misterioso influjo La estrella mora á obscuridad redujo.
Por siete siglos alumbrado había La estrella del Islam la gloria mora, Y en el zenit aún resplandecía, De la región ibérica señora. Desesperada ya, lucir la vía La raza de Jesús adoradora, Condenada creyéndose en el Cielo Á partir con el Árabe su suelo.
Clara, constante, perceptible y bella, Mostró el Señor al ánimo cristiano Su refulgente y protectora estrella Bajo la forma real de un sér humano; Lábaro santo de victoria en ella Recibió al recibirla el castellano, Y, al ver la aureola que en su frente brilla, Su estrella en Isabel miró Castilla.
Dios en la eternidad marcó su hora De púrpura y de luz con caracteres, Y esta estrella radió deslumbradora Orgullo para ser de las mujeres. De paz y de bonanza precursora, Ajustó los opuestos pareceres Y dió fin al rencor y enemistades Que turbaban sus campos y ciudades.
Isabel, en cuya alma generosa Puso Dios cuanto bien lo humano encierra, Pura, modesta, noble y pïadosa, Fué la Reina más grande de la tierra. Dulce y tierna á la par que vigorosa, Diligente en la paz, sabia en la guerra, Dió al bueno premio, al infeliz consuelo, Y de damas y Reinas fué modelo.
Dió su aliento rëal valor á España, Gloria á su sexo y á su edad decoro: Para empresa de honor, propia ó extraña, No rehusó jamás fatiga ni oro. Cada memoria suya es una hazaña: Del cristiano fué prez, terror del Moro: Dios, en fin, á su aliento soberano Abrió no más el mundo americano.
Dios á su corazón dió una fe ardiente Con una voluntad dominadora, Para que en uno y otro continente Derramara su luz consoladora; Y la adoró la americana gente, Y se humilló á sus pies la gente mora, Y de ambos mares en la opuesta orilla Clavó los estandartes de Castilla.
Tuvo en su alma varonil asiento La virtud inflexible y verdadera: Nueva edad comenzó su nacimiento: Fué su genio la antorcha de otra era: Su victorioso nombre llenó el viento: Su gloria vivirá imperecedera: Con orgullo español mi voz la canta, Mi fe venera su memoria santa.
Tal fué Isabel. Su grande pensamiento Concibiendo su espléndido destino, Á su secreto y colosal intento Con gran prudencia preparó el camino: É invocando el favor del firmamento, Con fe esperando en el favor divino, Su escrutadora y perspicaz mirada Tenía sin cesar fija en Granada.
Es ya la media noche: rasa y fría La atmósfera ostentar al firmamento Deja su manto azul, de pedrería Salpicado, al fulgor amarillento De la menguante luna; ya no pía Ni susurra en el bosque ave ni viento; Todo, desde el palacio hasta la choza, Sueño reparador en calma goza.
Todo tranquilo yace en el recinto De Medina del Campo, donde mora Del Católico Rey Fernando quinto La esposa ilustre, del país señora. Doquier el fuego y el rumor extinto Por la cristiana villa, que la adora, Único de su alcázar centinela El castellano honor su sueño vela.
No por barreadas puertas defendida, Ni cercada de guardia numerosa, Duerme Isabel inquieta por su vida En torreón con barbacana y fosa; En cámara modesta, guarnecida De tapiz sencillísimo, reposa Á la luz de una mustia lamparilla La virtuosa Reina de Castilla.
Su aposento y su lecho no decora De genovés brocado, ni de encaje Flamenco, ni de seda crujidora De Francia, cairelado cortinaje; Lino salubre y lana guardadora Del natural calor, de su mueblaje, Su lecho y su vestido son la tela: Nada allí el lujo mundanal revela.
Isabel, aunque hermosa y soberana Y con glorioso porvenir nacida, Reconoció desde su edad temprana La vanidad de la terrena vida: Y su sincera educación cristiana De la era turbulenta transcurrida En el aciago y anterior reinado La experiencia ha después fortificado.
Y por eso no hay lujo en su aposento, Y es común y modesto su vestido, Y es frugal y sencillo su alimento, Y su dispendio personal medido: Y, el fausto de su alcázar opulento Del orden de su casa dividido, Es, digna al par de imitación y fama, Reina opulenta y laboriosa dama.
Da á su suprema dignidad decoro Con regia pompa y ostentoso porte, Al extranjero al recibir y al Moro En ceremonias y actos de su corte: Vacía sin pena su rëal tesoro En todo caso que al honor importe: Mas desnuda en su cuarto su persona Del pomposo esplendor de la corona.
Por eso su alma, que altivez no abriga. Tiene franca y leal correspondencia En la adhesión de sociedad amiga: Dos afanes que agobian su existencia De Reina amistad íntima mitiga: Y tiene en los que admite á su presencia Amigos fieles, defensores bravos, No aduladores sórdidos y esclavos.
Del amor de sus súbditos por eso Segura, y más segura que entre lanzas, De sus regios deberes lleva el peso Libre de rebeliones y asechanzas; Y del pueblo el honor guardando ileso, Y en su honor con inmensas esperanzas Abrigando una fe que no vacila, En su lecho Isabel duerme tranquila.
De un Crucifijo santo la escultura Pende sobre la augusta cabecera De su lecho real, donde segura Reclina la cerviz: su cabellera Recoge casta toca, y la blancura De su cuello y sus brazos con severa Honestidad envuelve en blanca bata, Que su pudor ni aun para el Rey desata.
Su postura modesta y recogida, La serena expresión de su semblante, Muestran que orando se quedó dormida Y que al remordimiento vigilante Su corazón leal no da guarida: De sus virtudes el vapor fragante En torno de su lecho se respira, Y su casta beldad respeto inspira.
¡Su aposento rëal cuán diferente. Cuán distinto su púdico reposo Del sueño de las reinas del Oriente, Inquieto en camarín voluptüoso! De torpe desnudez el aliciente Atrae allí no más al torpe esposo, Y sobre el cieno del placer reposa Sólo el cariño de la infiel esposa.
Allá, en torno del áurea alcazaba, Rugen la rebelión y el descontento, Y asalariada muchedumbre esclava Contiene al pueblo, de respeto exento; Aquí, del miedo sin la odiosa traba, Las puertas sin cerrar de su aposento, Duerme del pueblo la Señora hermosa, Reina querida, respetada esposa.
Allá, las salas del alcázar moro Pueblan las inquietudes y traiciones, La voz de la discordia, el són del lloro, El terror y las lúgubres visiones; Aquí, de bien y de placer tesoro, Sólo abrigan los regios artesones El casto amor, la plácida esperanza, Sueños de paz y días de bonanza.
Allí, en la sombra, de la muerte huyendo, Corre el hijo del padre fugitivo: Allí medita parricidio horrendo Supersticioso el Rey y vengativo. Allí un espectro sin cesar gimiendo, De tumba falto y al reposo esquivo, Turba el sosiego de la real morada Y augura el fin de la oriental Granada.
¡Cuán distinto el alcázar de Medina En la nocturna sombra se levanta! Vela sobre él la protección divina Y orea su recinto un aura santa. Aquí la paz benéfica domina, La esperanza feliz el alma encanta, Y de la religión bajo el imperio Se efectúa en la noche un gran misterio.
Un ángel bello, del Señor enviado De la Reina Isabel llegando al lecho, Su aliento de los cielos emanado Introduce en el fondo de su pecho: Y con su álito puro y perfumado, Cual del Edén con los aromas hecho, Aleja los espíritus malignos Y los delirios de su sueño indignos.
Es Azaël: en su rosada mano De la alma fe la antorcha centellea: Su vivífico soplo soberano La faz risueña de Isabel orea: Un canto, en cuyo són nada hay humano, Su oído no, su corazón recrea: Luz celestial su espíritu ilumina, Y su alma ve la aparición divina.
De pacíficos ángeles un coro El casto lecho de Isabel circunda: Un suavísimo albor de grana y oro, Como una aurora boreal, inunda El aire: rumor plácido y sonoro De harpas lejanas la quietud profunda De la noche harmoniza, y la fragancia De la mirra trasciende por la estancia.
Un misterioso encanto indefinible Por el Palacio y la ciudad se extiende, Cuyo mágico efecto incomprensible De su cámara regia se desprende, Y en sueño delicioso y apacible Sume la población, que no comprende La celestial incógnita influencia Que envuelve en tal deleite su existencia.
Cuanto aliento vital goza en Medina, Fecunda en germen y en raíz vegeta, Esta influencia mágica y divina Á su poder recóndito sujeta: Y bajo este poder que la domina, En calma universal, en paz completa, La tierra de Isabel goza ignorante Las dichas del Edén por un instante.
De Jehováh el espíritu en tal hora Al alma de Isabel se comunica, Y del Señor la fuerza triunfadora En su valiente corazón radica. En su pecho magnánimo atesora Santo fuego Azäel, y centuplica El humano vigor que en él encierra Dios, que la trajo á dominar la tierra.
El Ángel á quien Él ha encomendado La grande empresa que á Isabel destina, Se la acerca, su término llegado, Y sobre el pecho de Isabel se inclina: Y del Señor con el poder armado, Va de la antorcha de la fe divina Á encerrar de su pecho en lo profundo Chispa capaz de iluminar el mundo.
Abrió Azäel sobre el augusto lecho Sus dos nevadas alas, abarcando De muro á muro el camarín estrecho Y á Isabel bajo de ellas cobijando: Y de su antorcha, que acercó á su pecho, Una chispa con su índice arrancando Que, al brotar, un relámpago produjo, En el real corazón se la introdujo.
Á su contacto abrasador sintióse Su corazón mortal regenerado, Y su cuerpo de barro iluminóse, Al fuego de la fe purificado. El sér humano de Isabel cambióse En más sublime sér divinizado, Y comenzó á gozar con nueva esencia Mejor que la mortal nueva existencia.
Al soplo de Azäel, que fecundiza En su mortal naturaleza humana Los gérmenes celestes, la ceniza Voló de toda inclinación liviana; Y de materia vil y quebradiza Exenta ya su esencia soberana, Dijo á Isabel el Ángel, con la palma Sobre su corazón que late en calma:
«¡En el nombre de Dios, de su fe santa »Prenda en tu corazón esa centella! »En su nombre inmortal la Cruz levanta, »Y convoca á tu grey en torno de ella. »Espanto del Islam, bajo tu planta »La frente infame de Mahoma huella: »Astro de los cristianos, aparece: »Dios en tu luz sagrada resplandece.»
Al poder de este acento sobrehumano, Levantóse Isabel transfigurada Y al ígneo corazón llevó la mano, Al fuego celestial no acostumbrada; Mas de misterio tal en el arcano Por Dios al punto penetró inspirada, Cuando al tender en su redor los ojos Vió á sus pies á los ángeles de hinojos.
Entonces en su mente, prevenida Por celestial intuïción, brotaron Los pensamientos mil que en su guarida Hasta entonces ocultos fermentaron; Á su vista, por Dios esclarecida, Del porvenir las nieblas se rasgaron, Y, al sentirse por Él predestinada Para rendirla, dijo: «¡Ay de Granada!»
Y al salir á las auras exteriores Las harmónicas notas de su acento, Se transformaron en fragantes flores, Y en mariposas áureas sin cuento, Y en pájaros de luz de mil colores Los átomos vivientes de su aliento: Los genios de Azäel los recogieron Al brotar, y en el aire se perdieron.
«Partid,» dijo Isabel, sus transparentes Formas perderse en el azul mirando: «Partid, y al corazón de los creyentes »Id con los ecos de mi fe llamando: »Mis encendidos átomos vivientes »Por mis ciudades id desparramando: »Id en nombre de Dios, id por Castilla »De mi fe derramando la semilla.
»¡Espíritu de Dios! ya en mí te siento: »Ya señalarse en el cuadrante de oro »De la honda eternidad veo el momento »Propicio al Español, fatal al Moro. »Heme pronta á tu santo llamamiento: »Obedezco tu voz, tu ley adoro. »¿Quién me resistirá de tu fe armada? »Yo plantaré la Cruz sobre Granada.»
Dijo Isabel. Los átomos divinos De su aliento, por Dios purificado, Mensajeros de su alma, peregrinos Por la región del aire purpurado Ya con los arreboles matutinos, Al término que Dios les ha marcado Partieron.—Dios, haciéndoles fecundos, Transforma leves átomos en mundos.