Spanish poem
Las Sultanas
Era una noche azul, pura, serena Del fructífero Mayo, perfumada Con el aroma de sus flores, llena De la armonía mística exhalada Por las auras y fuentes, que en la amena Soledad de los bosques y los huertos Misteriosas susurran, y alumbrada Por la luna creciente con inciertos, Trémulos y argentinos resplandores: Era una noche, en fin, de esas hermosas
Noches de paz, inspiración y amores, En que derrama Dios sobre Granada, Africana dormida entre las rosas, Los rayos de sus ojos creadores Y el aura de su aliento embalsamada: La misma noche en que Don Juan de Vera Huésped del Moro en sus palacios era.
Y era un regio y magnífico aposento De la oriental Alhambra, donde el oro, El cobalto y el nácar, en labores Mágicas trabajadas á lo moro, Brillaban desde el techo al pavimento, Á los suaves y tímidos fulgores Que una aromada lámpara esparcía Que en una taza de alabastro ardía.
Á un lado de esta cámara ostentosa Y por bajo de un arco que cubría Damasquino tapiz, se abría paso Una estrecha y cruzada galería, Formada de esta estancia por el muro Y un balcón, por do entraba misteriosa De los astros la luz, el aire puro Y el són del agua que, en raudal escaso, Vertía Darro por el valle obscuro.
El suelo de esta estancia deliciosa Era de blanco mármol, á pedazos Cubierto de alkatifas argelinas Y cojines de raso azul y rosa: Sus puertas se cerraban con cortinas De telas de oro y seda, que con lazos, Broches y trenzas de ámbar y corales, Se recogían en profusos pliegues Al gusto de los pueblos orientales: Y en el segundo cuerpo de los muros Se abrían dos moriscos ajimeces De exquisita labor y árabes, puros, Elegantes contornos Y calados y espléndidos adornos.
Tras de sus celosías iba á veces El Rey ocultamente, de sus serios Afanes esquivándose un instante, Á sorprender los íntimos misterios De las mujeres Moras De esta cámara real habitadoras; Gozando así en secreto Desde aquellas arábigas ventanas Las voluptuosas danzas, las moriscas Cántigas y nocturnas diversiones Á que, con sus esclavas y odaliscas, Se entregaban alegres las sultanas. El balcón, que en el fondo De la estancia se abría Más allá de la estrecha galería, Era otra especie de ajimez, labrado Con el más exquisito y rico adorno Por arquitectos Moros inventado: Y un deleitoso camarín fingía, Cuyas ventanas rodëaba en torno De cedro una movible celosía.
Era pues el balcón de aquella estancia Regia y maravillosa Un mirador calado, que aspiraba De su ajimez morisco por los huecos, De los vecinos huertos la fragancia, La música del agua rumorosa, Que en la sombra corría, Y el canto de las aves que albergaba La arboleda del río, y cuyos ecos Murmurador el aire allí traía. Entre este camarín y este aposento, Con caracteres de oro (en una faja De púrpura y azul que se tendía Por bajo el circular cornisamento Del ajimez) escrito se veía Un rótulo miniado, que decía: «MIRADOR DE LA HERMOSA LINDARAJA:» Y á fe que el mirador es un portento De la elegante arquitectura Mora Y un santuario de amor y poesía: Regalo al fin de un Árabe opulento Á la mujer feliz que le enamora.
En esta regia cámara moruna, De aquella hermosa noche en las primeras Horas, al suave claro de la luna Y al rumor de las ráfagas ligeras Que entraban por las árabes ventanas, Yacía, al parecer sin pena alguna, Hada gentil de su mansión divina, La más bella y feliz de las sultanas Que habitaron la Alhambra granadina.
Los mullidos cojines, apilados Bajo su cuerpo leve, sostenían Muellemente sus miembros delicados: Sus perezosos brazos se tendían Sobre la pluma sin vigor: caían Sus rizos de la faz por ambos lados Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno, Del morisco jubón bajo la seda, Al aspirar con hálitos pausados, Se dibujaba su redondo seno Cual dos montones de apretada nieve Que en la redonda copa de ancho pino El aire cuaja lento y manso mueve: Y á través del calzón, de cuyo lino Los pliegues mil su cuerpo peregrino Ceñían, bien bajo el tejido leve Podíanse admirar, y á pesar de ellos, De su cintura y muslo alabastrino La pura tez y los contornos bellos. Su enano pie calzaban Chinelas de brocado: sus tobillos Ajorcas primorosas adornaban Hechas de gruesas perlas, que horadaban Por su grueso mayor áureos arillos: Sus brazos dobles sartas de corales, Sus orejas riquísimos zarcillos: Y, á usanza de las Moras principales, Ostentaba sus uñas nacaradas Con azul costosísimo miniadas.
Era en verdad bellísima la Mora, Y merecía bien tanta riqueza, Y ser de tal estancia moradora, Y mandar con despótica entereza, Y obedecida ser como señora.
Una mirada de sus negros ojos Más que un alcázar para el Rey valía: Por solo un beso de sus labios rojos Una ciudad frontera vendería: Por el más infantil de sus antojos La cabeza más noble inmolaría: No tenía su amor precio ni raya En la alma de Muley.—Es la Zoraya. Es ella, la sultana favorita Que á solas en su cámara le espera: Y aunque parece que feliz dormita Y que nada la acosa, ni la altera, Secreto afán su corazón agita Y sueña... ¡Como sueña la pantera Con la sangre caliente En que espera aplacar su sed ardiente!
Entoldada la luz de sus pupilas Con los cerrados párpados conserva, Sus facciones inmobles y tranquilas: Grata molicie al parecer la enerva: Pero su corazón guarda un intento Harto feroz, cuya afición proterva Se oculta en su reposo soñoliento Como un áspid letal bajo la hierba.
Imagen bella, voluptuosa y pura De las hurís que colocó Mahoma En su eternal Edén, por su hermosura Parecía una cándida paloma En la forma ideal de su figura: Un cuerpo de mujer en que se encierra El puro sér de un ángel, á la obscura Región mortal de nuestra baja tierra Enviado, á perfumarla con su aroma Y á derramar en ella su ventura. Pero la torva luz de su mirada, La cortina de sombra que en su frente Tiende su ceño cuando mira airada, La contracción apenas perceptible Con que el extremo de su labio ardiente Arruga su sonrisa, De la escondida peligrosa hoguera Que arde en su doble corazón avisa, Y en la faz de la Mora Con resplandor siniestro reverbera. Muley por su belleza seductora Luz de la aurora la llamó..... y tal era La luz de este lucero de la aurora: Tal es Zoraya que á Muley espera.
Oyóse al cabo en el jardín vecino, Bajo el abierto mirador cercano, El dulce són de un cántico africano Que una morisca guzla acompañaba: Són con que la anunciaba de contino La llegada del Rey atenta esclava. Estremeció los miembros de la Mora Movimiento nervioso: mas tan leve, Que resbalar no hizo Por su cuello, más blanco que la nieve, El más ligero descompuesto rizo: Ni de su blando lecho Un pliegue solamente descompuso: Ni con respiración más presurosa Se hincharon los contornos de su pecho. Inmóvil, silenciosa, Cual si no le sintiera ni aguardara, En su aparente sueño y perezosa É incentiva postura Dejó la hermosa que Muley llegara El veneno á beber de su hermosura.
Envuelto en su alquicel, bajo el plegado Pabellón de la azul tapicería, Apareció Muley: tendió callado Una sagaz mirada escrutadora Por sobre cuanto en derredor había, Y dilató su labio desdeñoso Sonrisa de placer, viendo á la Mora Que sobre los cojines en reposo Con abandono tentador yacía.
Llegóse á ella y contempló un instante La tranquila expresión de sus facciones, Por milésima vez con ojo amante Recorriendo voraz las perfecciones De aquel cuerpo, velado escasamente Por el leve ropaje transparente Sobre los apilados almohadones.
Llegóse y admiró bajo la pura Nívea tez, á través de su blancura, La red sutil de las azules venas, Cuyo tejido transparente indica Que aquella piel purísima y nevada Encubre el alma ardiente y vivifica La complexión fogosa, enamorada, Que á su tez atribuyen las morenas; Y percibió el aroma con que el baño Su cuerpo perfumó, de que las Moras Granadinas usaban todo el año; Y el rumor escuchó, sensible apenas, De su respiración igual y suave, Y sin poder con su amoroso exceso Sobre su boca de coral, que sabe Y trasciende al alöe de Corinto, Depositó Muley un amplio beso Que crujió de la estancia en el recinto. Abrió Zoraya los ardientes ojos, Y al fijar su mirada Sobre la faz del Árabe, cambiada De colérica en tierna, con acento Más grato que el murmullo soñoliento Que levanta la brisa en la enramada, Díjole, disipando los enojos Que acaso al despertar fingió indignada:
«Te esperaba, Señor: aunque dormía, »Mi corazón velaba, y en mi sueño »La leve huella de tu pie sentía »Que á mis amantes brazos te traía, »Bizarro Amir, de mi existencia dueño.»
«Apenas en los altos alminares (Contestóla Muley)» la voz sonora »Del muezín anunció la última hora »De la oración del día, »Á favor de las sombras tutelares »Vengo á ti, manantial del agua pura »En que templa su sed el alma mía, »Y heme á tus pies, LUCERO DE LA AURORA, »Que me alumbras doquier con tu hermosura. »Llamásteme en secreto, »Sol de mi corazón, y aquí me tienes »Á tu absoluta voluntad sujeto. »Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes? »Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas »Regocijos y zambras? Mis juglares »Llama, mis nobles Árabes convoca; »Y aquéllos con mil juegos malavares, »Y éstos con toros, cañas y torneos, »En fiesta interminable, libre y loca, »Sacien en Bib-arrambla tus deseos. »¿Ó tal vez algún vil desventurado »Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya »Mi amigo sido ó su niñez pasado »Junto á mí, y yo partido mi grandeza »Con él, te juro por tu amor, Zoraya, »Que te enviaré mañana su cabeza.»
Decía así Muley, en la locura De la pasión que el alma le devora, Y sonreía oyéndole la Mora De la pasión del Árabe segura.
Sus dedos de marfil entre la cana Barba de Hasán con infantil cariño Pasó y con complacencia la Sultana, Dejándola aromada con su mano: Y con caricia tal, propia de un niño, Trajo á sus pies sobre el cojín liviano Trémulo de placer al Africano.
Zoraya entonces, su gentil cabeza En el hombro del Moro reclinando, Y el fuerte talismán de su belleza Contra el alma del Árabe empleando, Así le empezó á hablar, el suave aliento De su boca balsámica de intento Hasta la boca de Muley enviando, Diálogo tal entre los dos trabando: