Versos Spanish José Zorrilla Lectura del cuento de las flores

Spanish poem

Lectura del cuento de las flores

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Episodio de la mía es la historia de una rosa, tan punzante como hermosa; una Rosa a quien yo amé. En mi huerto se abrió un día; de mi huerto la arrancaron, a la corte la llevaron, y tras ella mi alma fué.

De una reina al pie del trono la pusieron, y aromaba el palacio donde estaba como un búcaro oriental; a la corte daba tono y adorada era en la corte: era la luz, era el norte, el encanto universal.

No había noble mancebo ni millonario hacendista que a la suprema conquista no aspirara de su amor. No salía un libro nuevo que su nombre no llevara, ni un poeta que cantara ni otra mujer ni otra flor.

Yo era pobre…, mas mi acento que melódico y canoro encerraba en sí un tesoro de armonía y de pasión, una noche fió al viento esta amante serenata, que al oído de mi ingrata penetró por un balcón.

SERENATA Para huir de mi huerto, tus hojas, Rosa, se te tornaron alas de mariposa: pero yo que las alas del amor tengo, por tu rastro en el aire tras de ti vengo; y perderle no puedo, pues cuando subes por el éter te aplauden astros y nubes. Abre, pues, tus balcones a mis cantares, y a mi alma de tus ojos los luminares.

¡Sal, mi lucero, para que yo te diga cuánto te quiero!

Tras tu huella me guía cuando te alejas la estela luminosa que tras ti dejas; en vano estar oculta de mí pretendes: por el olor que exhalas doquier te vendes: y a ti, aunque no perciba tu luz ni esencia, como a la mar el río, va mi existencia, para que yo te siga jamás me cierra paso a través ni viento, ni mar ni tierra.

¡Sal, que te llamo para decirte a solas cuánto te amo!

Tu presencia es la vida que me sostiene: tu vista el alimento que me mantiene: son tus ojos espejos donde me miro y tu aliento es el aire con que respiro; son tus recuerdos dulces, ¡oh dulce dueño!, pabellón cuya sombra me guarda el sueño. Rompe el tuyo al instante, si estás dormida; sal a dar con tus ojos luz a mi vida;

¡sal, mi tesoro, para que yo te diga cuánto te adoro!

Yo no cuento por horas de mi existencia las que de ti privado paso en tu ausencia. Mi corazón abiertos en el espacio de mi pecho te tiene templo y palacio; en su palacio vives de mí señora, e idólatra en su templo mi alma te adora. Perfumero de eterno vital perfume, faro que en mi alma nunca su luz consume,

¡sal, vida mía, a que su ídolo adore mi idolatría!

De tu boca, más fresca que aura de río, cae la sonrisa en mi alma como un rocío; tu voz es a mi oído música grata cual de arpa que en la sombra su son dilata; tus palabras del cielo son armonía, los besos de tu boca miel y ambrosía. A tu balcón un punto sal, mi embeleso, y en el aura nocturna mándame un beso.

¡Sal, dueño mío; sentirás que yo en otro mi alma te envío!

Mas entre las mil lenguas del mundo entero, no hay una que te exprese cuánto te quiero; en vano a cuantos genios me asisten llamo a que por mí te expliquen cuánto te amo. ¡Ay!, tu amor me rebosa por cada poro, y a tus pies en silencio caigo y te adoro. Dame un átomo ardiente del amor tuyo, tendré luz en mí mismo como el cocuyo.

¡Sal, te lo ruego, para que abrase tu alma mi amor de fuego!

DESPEDIDA

Pero no, ya no salgas, estrella mía, porque ya en el oriente despunta el día: no salgas, porque el doble sol de tus ojos a la luz de el del cielo va a dar enojos. ¡Adiós, sol de las flores, rosa sultana; rosal de mis amores, hasta mañana!

Esta cántiga amorosa que yo enviaba sólo a Rosa, en la noche silenciosa en palacio resonó: y la reina, que vivía en palacio y que la oía, se encantó con la voz mía y al palacio me llamó.

Yo conté a la reina altiva mi pasión inmensa, insana: y la noble soberana en su corte me admitió: y mirando compasiva un amor tan violento, a mi Rosa en su aposento visitar me permitió.

Yo a los pies caí de Rosa; para mi alma enamorada era el mundo entero nada: sólo a Rosa vi yo en él; pero Rosa era orgullosa, y de un día en el espacio, con el aire del palacio se olvidó de mi vergel.

El loor que recibía, los festejos y las galas, daban viento y daban alas a su ciega vanidad. «Yo te quiero», me decía, ¡mas al día muchas veces con desdenes y esquiveces me abrumaba sin piedad!

Yo la amaba como a un ángel, con celeste idolatría, y a mi amor correspondía como una mujer vulgar: yo un amor la consagraba emanado de los cielos; ¡y ella el dogal de los celos me apretaba sin cesar!

Rosa era conmigo a solas toda expresión, toda fuego: llegaba un galán… y luego me dejaba a mí detrás. Este amor de eternas olas era un mar jamás en calma: y en tal tempestad, mi alma no reposaba jamás.

En esta marea eterna de desdén y de cariño, mi amor, débil como un niño y cobarde como él, contrajo profunda, interna y letal melancolía: nostalgia que me impelía sin cesar a mi vergel.

Mas… ¡volver sin ella! Un día proponerla osé la vuelta, y «no», me dijo resuelta. ¡Era coqueta!, así es que prescindir no podía de tener a cien galanes, inodoros tulipanes siempre abiertos a sus pies.

Un amor real, profundo, solitario y exclusivo, y otro amor banal del mundo no se pueden nunca atar. Era Rosa tan dichosa como yo infeliz y esquivo: yo en mi estancia silenciosa no me hartaba de llorar.

La reina, que se pagaba de mis cantos y mis cuentos, en uno de estos momentos me pedía una canción: y yo, infeliz, que me ahogaba, caía a sus pies de hinojos, las lágrimas en los ojos, y el duelo en el corazón.

En las cortes, los pesares, el amor y el sentimiento son niebla presa del viento que jamás se posa allí: sin placer y sin cantares, a mi reina fuí enojoso: a mis rivales fuí odioso, todo el mundo huyó de mí.

Y como Rosa orgulloso yo, cuya alma ardiente y viva es como una sensitiva plantada en mi corazón, reventando de celoso, en mi aposento apartado me encerré desesperado a morir con mi pasión.

Mas de allí… tras la persiana de mi balcón, que caía a los jardines, veía noche y día coquetear a Rosa, llevando ufana en redor sus cien galanes: y al fin con tantos afanes pensé de un golpe acabar.

Rompí mi laúd sonoro, mis cantares y leyendas; destruí todas las prendas que guardaba de su amor. Aún la amo y aún la lloro, mas rompí su indigno yugo: entre víctima y verdugo, morir solo era mejor.

Tomé, huyendo, del palacio la marmórea escalera: mas de Rosa mensajera me abordó una dueña allí y me dió una margarita: flor, oráculo de amores, que en la lengua de las flores significa: «¿Me amas? –Dí.»

Tan impudente descoco me pareció la ironía más amarga y más impía; a mi aposento volví, y de ira y de celos loco, esta carta por respuesta la escribí, y en manos puesta de su enviada, partí. ¡Aun recordarla me cuesta lágrimas! Decía así:

«Al huir de ti, traidora, recibo de ti un mensaje, que es, a fe, el postrer ultraje que me podías hacer. Lo que preguntas ahora con candidez tan artera, debe por la vez postrera respuesta mía tener.

Me preguntas si te quiero; no, Rosa, porque te adoro; y el grande amor que atesoro en mi ardiente corazón es mayor que el mundo entero, ciego, idólatra, profundo, para el cual no tiene el mundo lengua, voz, ni explicación.

¡Me preguntas si te quiero! No hay idioma que te explique, aunque el hombre centuplique de sus lenguas el poder, el amor que absorbe entero toda mi alma y mi existencia: este amor que hace la esencia de la esencia de mi ser.

¡Me preguntas si te quiero! ¡Te idolatro, vida mía!, y la ciega idolatría con que te ama mi pasión, al amor más verdadero sobrepuja en tanto grado, que igual nunca ha germinado en humano corazón.

¡Que si te amo! Dios lo sabe que este amor en mi alma puso: Dios, que en ella le envió infuso, cuando Él mismo la encerró en el pecho en que me cabe esta pasión tan inmensa, que no aguarda recompensa más que en Dios que la inspiró.

Este amor, que tiene celos hasta de la luz que miras y del aire que respiras, es tan noble y tal leal, que es capaz de ir a los cielos a hacerte de mi alma ofrenda, cuando tu alma se desprenda de tu cuerpo terrenal.

Con oír no más tu acento, con sentirme en tu presencia, siento abrirse a mi existencia una eterna juventud: y al contacto tuyo siento no el deleite del sentido, sino un placer desprendido de la eterna beatitud.

Mas de esta pasión celeste que imprimió en mí un sello eterno, no quiero que haga el infierno una pasión infernal; y aunque la vida me cueste, voy lejos de ti a acabarla por no parar en cortarla rabioso con un dogal.

Porque tú no has comprendido la pasión que me devora, voraz, única, señora soberana de mi ser; caí por ella rendido a tus pies como un esclavo; mas ¿qué me debes, si al cabo no pude otra cosa hacer?

Cuando a tus plantas inerme caer de hinojos me viste, ¡un esclavo más!, dijiste en tu orgullo de mujer. ¡Nunca!, aprende a conocerme: yo seré tu esclavo: pero he de ser solo: no quiero que puedas otro tener.

Tu amor…, no intentaré nunca arrancármele del pecho: yo con tu amor satisfecho moriré sin tener más. Mas si mi amor no se trunca jamás, jamás se doblega: como entero a ti se entrega, no parte el tuyo jamás.

¡Adiós! Exigir no debo que, si no puedes, me ames; no me busques, no me llames: me has perdido y te perdí. Yo tu amor en mi alma llevo puro, eterno… ¡Dios me asista! Tú tendrás mientras yo exista un altar dentro de mí.»

Y le tiene; aún arde ilesa de su amor en mí la llama; aún la llora y aún la ama en silencio el corazón. Ya la edad sobre mí pesa, pero virgen todavía guarda fiel el alma mía su poética pasión.

Diz que Rosa fué duquesa: mas vivió tan desdichada que murió desesperada acordándose de mí; y a la boca de su huesa que avarienta la esperaba, con voz débil exclamaba: «yo le amaba y le perdí. ¡Ay de mí!».

Comprendió sólo a la orilla de la oscura sepultura el amor y la ventura que con mi alma la ofrecí. Fué la gala de Castilla: su vanidad satisfizo; mas infelices nos hizo: se perdió y me perdió a mí. ¡Ay de mí!

Yo perdí el juicio, el aliento, el poder de mis cantares, y los brezos a millares brotar en mi huerto vi: perdí la voz, el talento, mis gérmenes creadores, y los genios que en mis flores se albergaban junto a mí.

Yo quedé sobre la tierra sin objeto y sin destino: a mi tumba me encamino sin darme razón de mí. El amor que en mí se encierra en un loco no más cabe; yo me ignoro… y nadie sabe lo que soy, ni lo que fuí.

Y ella, ¡ay!…, hasta perdió acaso su derecho al paraíso, porque Dios tal vez no quiso recibir a su alma allí; porque yo siento su paso cada noche en mi aposento, y todas las noches siento su alma errante junto a mí.

Todas las noches se sienta su sombra junto a mi lecho; y apoyándose en el pecho donde abrigo a su amor di, con presión que no calienta, con voz que apenas percibe mi oído que la recibe, me pregunta: «¿Me amas, di?»

Y yo siento que mi aliento flaco y lento le responde: «¡Te amo, sí!» Y la sombra enamorada en mi frente un beso deja, y a pesar suyo arrastrada por la atmósfera se aleja, y exclama desesperada: «¡Me ama!, ¡le amo… y le perdí! ¡Ay de mí!» Y del espacio infinito allá en el vacío extenso, se propaga en eco inmenso aquel último ¡ay de mí!, y yo pienso que dentro del caos denso de mi cerebro, repito aquel flébil ¡ay de mí!

Así vivo: esta es mi historia; mi postrera Rosa es ésta; he aquí lo que me resta de mis flores…, ¡ay de mí!

Si yo a exigir me atreviera que el público me dijera si aceptaba o no la Rosa que vine a ofrecerle aquí, ¿en todo el salón no hubiera ni un amante calavera, ni una enamorada hermosa que me dijera que sí?