Spanish poem
Libro Cuarto — III (Era la hora en que…)
Era la hora en que expirando el día, Con la sombra al luchar breves momentos, Entre la luz crepuscular envía Al corazón mortal presentimientos Funestos: esa hora misteriosa Que al hombre pensador melancolía Infunde; al criminal remordimientos. Y al poeta solemne, religiosa Inspiración y santa poesía; Era la hora, en fin, de las historias Tristes y de las lúgubres memorias.
Tendido en los bordados almohadones Del rico camarín de Lindaraja, Cediendo á las sombrías impresiones De la luz del crepúsculo, que en vano Por repeler su corazón trabaja, Á solas con sus negras reflexiones Yacía de Granada el soberano. La sombra, más espesa á cada instante, Su manto de tinieblas desplegando Por la arabesca estancia, condensando Iba su obscuridad, y vacilante La postrimera claridad del día Al pintado cristal de las ventanas Trémula se asomaba, y confundía Cada momento más las africanas Labores de oro que el cristal tenía. Los plegados tapices de las puertas, Los jarrones magníficos de flores, Todos los muebles que la estancia ornaban, Con extraña ilusión, formas inciertas Movimiento y fantásticos colores Á tomar en la sombra comenzaban; Y empezaba á girar en el vacío Recinto opaco de la estancia obscura Ese turbión fascinador y umbrío De objetos sin color, forma ni nombre, Que en la superstición ó la pavura Hacen en las tinieblas ver al hombre.
El rumor de los árboles vecinos Y de las fuentes del jardín, los trinos De las aves en ellos anidadas, Y los lejanos sones campesinos Que en revoltoso vuelo descarriadas Allí traían las nocturnas brisas, De la cóncava bóveda los huecos, Los arcos, las acústicas cornisas Poblaban con las voces exhaladas Por misteriosos y fugaces ecos. Por su impresión fatídica evocados, En su febril meditación sentía Muley, que en sombra y soledad yacía, Tumultuoso tropel de ya olvidados Recuerdos asaltar su fantasía, Donde por siempre los creyó enterrados. ¡Vaporosos recuerdos aflictivos, Irritados espectros vengativos, Que en luengos años por la vez primera Veía con pesar que aun eran vivos, Acíbar para ser de su postrera Edad y de su suerte venidera! Recordaba las penas ignoradas Que turbaron los últimos momentos De su padre Ismael, ocasionadas Por las locas empresas empeñadas Por su fogosa juventud: los cuentos Y pronósticos tristes propagados Al nacer Abdilá, de cuya madre Los numerosos deudos, apartados De su corte, tal vez en la montaña En bien del hijo y para mal del padre Acopio hacían de razón y saña. Recordaba á Abdilá que, cuando niño, Hermoso como un ángel, le tendía Sus tiernos brazos, con filial cariño Su dulce abrazo paternal pidiendo, Y que él con esquivez le repelía En su fatal horóscopo creyendo; Y el niño, su esquivez no comprendiendo, Cobrándole temor de día en día, Concluyó por llenar su sino horrendo Y hoy su rencor nefasto le volvía. ¿Y quién sabe si, más que de su sino, Efecto fué del paternal encono El odio de Boabdil al Granadino Rey? ¿Y quién sabe si el fatal destino Que pesa sobre el Príncipe, es acaso No más que el odio de Muley que al trono, Fanático ó feroz, le cierra el paso?
Aún no se le ha borrado de la mente Á Muley el amor sincero, ardiente, De Aixa, su legítima sultana, Altanera como él, como él prudente, Venerada como él entre la gente Por su pura real sangre africana: Y aún se le acuerda el popular disgusto Con que vió el Moro su desdén injusto Por ella y su pasión por la cristiana. ¿Y quién sabe si el astro que preside Á los destinos de su raza y vierte En ella su fatídica influencia, Triste fanal de asolación y muerte, De destrucción y deshonor sentencia, Que con odios sacrílegos divide De padres y de hijos la existencia, No es más que la influencia derramada Por su feroz política? ¿Quién sabe Si este arcano de sangre y de rencores, No tiene otro secreto ni otra llave Que del Rey los políticos errores, Que han dado luz ¡en hora bien menguada! Á la estrella fatal de sus amores? Por la primera vez lo advierte acaso Y se espanta Muley, con ansia viendo Imposible hacia atrás volver el paso, Por la primera vez rugir oyendo La tempestad del porvenir horrendo. Acordósele el torvo y silencioso Aspecto de la plebe, cuando entraba Aquella misma tarde victorioso Por las puertas de Elvira, ante la esclava Muchedumbre de Zahara: y penetrando Su vista el horizonte nebuloso, Comprendió que á su vez el Africano Rehusaba, como él supersticioso, Besar servil su ensangrentada mano.
Comprendió que las lívidas cabezas De Saavedra y sus nobles Zahareños, No fueron para el pueblo de proezas Testimonios sin par, sino visiones Que empañaron del triunfo las grandezas: Fueron, en fin, proféticos ensueños Que trocaron para él los corazones.
Y al fin el Moro comprendió, con pasmo Mortal y con hondísima congoja, Que aquella multitud, cuyo entusiasmo Se extinguió ante su faz de sangre roja, Y tornó sus miradas compasiva Á la cristiana multitud cautiva, No vió sobre el laurel de la victoria El reflejo del astro de la gloria, Sino el reflejo torvo y fugitivo De la hoja de alfanje vengativo.
Comprendió que, en su ausencia, entre la plebe Germen de rebelión vertido había La callada traición con soplo aleve: Y, si hasta entonces escondido y leve, Cuanto más encubierto más seguro, Vió que el volcán de la discordia hervía De su regia ciudad dentro del muro.
Por la primera vez de su existencia Tembló mirando al tenebroso abismo De la pasada edad: de su conciencia El primer grito oyó, y, al fatalismo Sometido de la árabe creencia, Cuando á solas se vió consigo mismo, Vió su regio poder en la agonía Y que el rostro la suerte le volvía.
Rota la tregua con el Rey cristiano, La plebe á la revuelta provocada, Comprendió, aunque muy tarde, el Africano Que estaba su política burlada, Falseado su poder de soberano; Y, su crueldad despótica exaltada, Trocándose de bárbaro en villano, Del generoso Rey soltó la espada Y se armó del puñal del Rey tirano.
«Mueran, dijo: sería empresa vana »Cejar un paso ya: ciña en redondo »De mi trono los pies lago sin fondo »De sangre mixta mora y castellana. »Mueran cuantos me busquen enemigo »Y que avance el pendón de los cristianos: »Los Árabes ante él se harán hermanos »Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo. »Si no quiere Granada ser vasalla »Respetuosa, intentando á cotos fijos »Reducir mi querer: si bien no se halla »Con mi amor á Zoraya y á sus hijos »Y quiere de mi ley saltar la valla, »Bajo la cimitarra vengadora, »Nueva estirpe real, nueva señora »Recibirá temblando la canalla.»
Dijo, y abandonando los cojines Enderezó sus pasos á la puerta, Que daba del salón á los jardines Del patio de Leones; pero yerta Sintió al umbral la planta y erizado El cabello el Rey moro cuando, abierta Al tenerla, miró del otro lado Avanzar por la estrecha galería Horrenda aparición que hacia él venía.
Pálida, lacrimosa, descompuesta, La vaporosa imagen de un Rey moro Era en su forma la visión funesta. Su sien ceñía la corona de oro Y en sus hombros traía el regio manto: Arrastrábale empero sin decoro Y con sus orlas enjugaba el llanto. Vaga aureola de azulada lumbre Radiaban los contornos transparentes Del fantasma real, y ayes dolientes De mortal profundísima agonía Mostraban la angustiosa pesadumbre Del fatídico sér que así gemía.
Enclavados los pies al pavimento Y sostenido en el pilar apenas, Parado el corazón, roto el aliento, Sintió Muley paralizar sus venas El hielo del terror. Quiso un momento Huir de la visión que así le espanta, Mas sus miembros halló sin movimiento; Quiso gritar, mas muda su garganta No acertó á producir ni aun un lamento.
Poco á poco hacia él adelantando Por la obscura y angosta galería, Tristísimos suspiros exhalando, La aparición en tanto se venía; Paralizado en el umbral estrecho El Moro y avanzando hacia adelante La aparición, se hallaron un instante El fantasma y Hasán pecho con pecho. Soplo glacial, emanación helada Del pecho de aquel sér, penetró agudo En el pecho de Hasán como una espada: Y á su impresión, que soportar no pudo, De pavura y dolor lanzó un gemido. Entonces, acercándose á su oído, Dijo aquella visión desconsolada Con tristísimo acento dolorido: «¡Escrito estaba! La postrera hora »Llegó para la gente desdichada »De mi gentil ciudad habitadora. »¡Ay de la gloria de la gente Mora! »¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»
Dijo la aparición y, suspirando, El corredor tomó que al huerto guía, Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando, Tendiendo una mirada de agonía Sobre el jardín.—Por él atravesando Vió que la lenta aparición seguía: Mas á través del murallón macizo Sumida entre las piedras se deshizo.
El alma de Muley, amedrentada, Abandonó un instante sus sentidos, Derribando su cuerpo en la bordada Alfombra del balcón: mas sus oídos Zumbaban con la voz de la angustiada Visión, que repetía entre gemidos: «¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»
Sus densas sombras espesado había Lenta la noche y silenciosa en tanto, Y cobijada la ciudad yacía Bajo los pliegues de su negro manto.