Versos Spanish José Zorrilla Libro de las Perlas

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Libro de las Perlas

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En el sagrado nombre del que en el orbe impera Oculto del espacio tras la cortina azul, Que arregla de los astros la incógnita carrera, Señor de las tinieblas, origen de la luz, Del LIBRO DE LAS PERLAS comienzo la escritura En verso claro y fácil á comprensión común. Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura Raudal de fe sincera, venero de salud!

¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas En grupos impalpables, sobre alas sin color! Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas, Que amigos de las sombras aborrecéis al sol: Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos Que pueblan el espacio con misterioso són, Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos, Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor:

Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo Los áureos miradores del desvelado rey, Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis; Vosotros, que á la reja del camarín estrecho Do la cautiva sueña con su perdido bien, Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho Mil bellas ilusiones de amor y de placer:

Vosotros, favoritos del genio y la armonía, Que á par de las abejas saltáis de flor en flor, La gota estremeciendo titiladora y fría Con que el rocío baña su virginal botón: De vuestra poesía verted en mí el tesoro: Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz, Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro Las cláusulas que dignas de mi relato son.

Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo En la divina empresa que audaz acometí. ¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto, Y EL LIBRO DE LAS PERLAS guiad hasta su fin.

Guiad en él mi pluma, Iluminad mi mente, Y á la belleza suma De asunto tan gentil Haced que el pensamiento Se eleve noblemente, Y llegue al firmamento Mi acento varonil.

Yo trazo aquí el relato De tan divina historia, Yo pinto aquí el retrato De tan divino sér, Que la palabra humana, Ni la mortal memoria Querrán con ansia vana Contar y comprender.

Mi historia es tanto bella Cuanto la lumbre vaga De solitaria estrella En recio temporal: Cual la canción doliente Que caprichosa maga Murmura de una fuente Bajo el fugaz cristal.

No hay lengua que la cuente Ni mano que la trace. El cuadro en vuestra mente Fingid más ideal, El tono que á vuestra alma Más predilecto place Dadle, y la luz, la calma Que falta al mundo real.

Encima figuraos De secular colina, Cuando el nocturno caos Platea el resplandor De la modesta luna, Que, amante, sin fortuna, Eterna peregrina Del sol tras el amor.

Fingíos una extensa Riquísima llanura Cubierta de verdura, Y de caprichos mil Llenadla: figuráosla En la estación viciosa Que abrir hace á la rosa Su pétalo gentil.

El céfiro de aromas Cargado nos orea La faz: brotan las lomas Con juvenil vigor Mil hierbas, con que el viento Inquieto juguetea Con manso movimiento Y lánguido rumor.

Fingíos una vega, Que parte en cien pedazos De un río que la riega El líquido cristal, Que caprichoso extiende Los transparentes brazos Doquier que el cauce tiende Su lecho desigual:

Fingíos esta vega, Cuya cubierta verde Al horizonte llega Y en su extensión se pierde, Poblada de castillos, De caprichosas ruinas, De alegres lugarcillos, De chozas campesinas;

De huertos pintorescos, De arroyos cristalinos, De bosquecillos frescos, De móviles molinos, De blancos palomares, Rebaños y yeguadas, Bodegas, colmenares, Establos y toradas:

Fingid que en ella alcanza La vista por doquiera La campesina danza, Á que en tranquila holganza Y en amistad sincera, Tras del trabajo ociosa Se entrega bulliciosa La alegre multitud:

Fingid este relato Oído al són sencillo (Mas cual ninguno grato) Del tosco caramillo, Y al trémulo y quejoso Balar del cabritillo, Y al canto trabajoso Del soterrado grillo:

Fingíos que, lejana, Del monasterio antiguo Doblando la campana Con su clamor despierta Al perro, que está alerta En el redil contiguo Y en demostrar se afana Ladrando su inquietud:

Y atento el ojo tiende Al campanario viejo De donde el són se extiende; Y ve el móvil reflejo Del esquilón, que gira, Y el resplandor le admira Del bronce que repele Los rayos de la luz:

Fingíos este suelo Tan bello coronado Con un hermoso cielo De transparente azul, En cuyo fondo puro, Quebrando el horizonte, Sobre el perfil obscuro Del apartado monte, Por cima del convento Mansión de la virtud, Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas Del árbol sacrosanto de la eternal salud, Destácanse en el campo del limpio firmamento Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.

¿Tenéis en la memoria Tan mágica pintura? ¿Miráis esta llanura Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó? Pues es más halagüeña, Más plácida y risueña La celestial historia Que en este libro frágil os voy á contar yo.

El LIBRO DE LAS PERLAS Encierra en sus conceptos La historia y los secretos De un Ángel favorito de su inmortal Señor. Venid á recogerlas: Que Dios, que el Paraíso Por cuna darle quiso, Dió á par á sus palabras de perlas el valor.

De perlas elegidas En las de más pureza, Más precio y más belleza: Las perlas de la Gracia, las perlas de la Fe: Las perlas que, vertidas Por su divina mano, Harán del sér humano Que recogerlas sepa un ángel como él fué.

Todo en silencio duerme En la arboleda umbrosa Donde Al-hamar reposa: En calma universal Yacer parece inerme Naturaleza entera, Cual si á sopor cediera De atmósfera letal.

La cuádriga argentina Del carro de la luna Su curso al mar declina: Y de su carro en pos, Sombría, taciturna, Su negro velo tiende La lobreguez nocturna Ante la luz de Dios.

La escasa y vacilante Que radian las estrellas Da apenas espirante Su postrimer fulgor: Reflejo moribundo, Que cuando espire en ellas Hará del ciego mundo Un bulto sin color.

Ya lo es. Doquier se carga De espesa sombra, y queda Sumida la arboleda En densa obscuridad. Indefinible encanto Doquier la vida embarga; Exhala pavor santo La muda soledad.

Y he aquí que en este punto, Del fondo de la fuente Que arrulla mansamente El sueño de Al-hamar, La faz resplandeciente De un Genio, que ilumina La linfa cristalina, Se comenzó á elevar.

Tocó en el haz del agua Su cabellera blonda: Quebró la frágil onda Su frente virginal: Dejó el agua mil hebras Entre sus rizos rotas, Y á unirse volvió en gotas Al limpio manantial.

Como vapor ligero Del lago se levanta: Cual de aromosa planta Exhálase el olor: Cual del albor primero Del día que amanece Fantástico aparece El vago resplandor.

Del agua cristalina Así elevó serena Su aparición divina El Genio celestial, Cuyo contorno aéreo Rodea alba aureola Que el valle tornasola Con luz matutinal.

Al fuego repentino Que en torno á sí derrama, Soltó su alegre trino Despierto el ruiseñor: Su voz de rama en rama Las auras extendieron, Y en cánticos rompieron Mil aves en redor.

Dió un paso en la pradera, Y al agitar el viento Su rica cabellera, El aire se aromó; Dejó escapar su aliento, Y cuanto allí vivía Su aliento de ambrosía Con ansia respiró.

Y entonces la callada Blanca visión llegando, Donde por sueño blando Vencido está Al-hamar, Los céspedes por lecho, La mano perfumada Le puso sobre el pecho, Y así le empezó á hablar:

«Ilustre y venturoso Caudillo Nazarita, Tu místico reposo Bendice al despertar. Tu espíritu, que lucha Con mi visión, se agita Medroso en vano: escucha Mi voz, rey Al-hamar.

»Mi voz es la armonía Cuando habla á un sér amigo De Dios, y es lo que digo Más dulce que la miel: Mi origen es el cielo, Mi edad es la del día, Mi esencia es el consuelo, Mi nombre es Azäel.

»Yo soy un ángel y era El ángel más perfecto, El sér más predilecto Del sabio Criador. Moraba yo en la esfera Más alta y más vecina Á la mansión divina De mi inmortal Señor.

»Un día..... ¡día aciago! Cruzóme fugitivo La mente loca un vago Delirio criminal: Pensé, mirando altivo Mi esencia y mi hermosura, Que no era criatura Á las demás igual.

»Imaginé que origen Más puro y soberano Me pudo dar la mano Del Hacedor tal vez: Mas ¡ay! los que su mente Por su altivez dirigen, Verán cuán torpemente Soñó su insensatez.

»Apenas un momento Tan orgullosa idea Brotó en mi pensamiento Y en él lugar la di, Tiniebla inesperada Cegó mi mente rea, Y ante la faz airada Del Criador me vi.

»Desnudo ante la vista Del Dios que le llamaba, Como arrancada arista Mi sér se estremeció; La luz de su presencia Mi nada iluminaba: Juzgóme, y su sentencia Así me fulminó:

«Tres siglos es preciso »Que llores por tu yerro: »Sal, pues, del Paraíso: »El globo terrenal »Te doy para destierro: »Tus nobles atributos »Te dejo: nobles frutos »De tu hálito inmortal.

»Que broten de tus lágrimas »En el lugar que mores »El germen de las flores »Y el manantial del bien. »Sé allí su luz vivífica, »Sé tú su astro benigno, »Y vuelve al Cielo digno »Del celestial Edén.»

»Dijo: y tendí mi vuelo Llorando hacia la tierra: Caí sobre este suelo, Y en este manantial Do tengo mi retiro Mi espíritu se encierra; Yo soy el que suspiro De noche en su raudal.

»Yo soy el que velando En esta margen bella Pródigo vierto en ella La vida y la salud. Tú en ella sin respiro Me vienes estrechando, Y yo la fe te inspiro, La ciencia y la virtud.

»Tú luchas por la gloria De tu falaz creencia, Y espléndida existencia Preparas á tu grey: Y yo que sé tu historia, Tu origen y tu sino, Arreglo tu destino Por misteriosa ley.

»Sí, tú eres una espada Que blande ajena mano: Tú á impulso soberano Obedeciendo vas: Tú siembras la simiente Que encuentras apilada: Mas siembras diligente Para quien va detrás.

»De aquí me desalojas Cuando estos sitios pueblas, De aquí conmigo arrojas La gracia y el pudor: Mas yo vi en las tinieblas Resplandecer tus ojos, Te conocí, y de hinojos Di gracias al Señor.

»Su vista rutilante, Que el universo abarca, Posada en tu semblante Desde tu cuna está: Y el dedo omnipotente Sobre tu noble frente Grabó la regia marca Que á conocer te da.

»Naciste favorito Del genio y de la gloria; Tu nombre es la victoria, Tu voluntad ley es. Tu tiempo es infinito, Tus huellas indelebles; Los montes son endebles Debajo de tus pies.

»¿Tú anhelas un tesoro? Mis lágrimas son perlas: El Darro te trae oro: Plata te da el Genil: Cien minas en tu suelo Posees: despierta á verlas, Y haz de este valle un cielo Para tu grey gentil.

»Encumbra este hemisferio Con el poder de Oriente..... Yo en él haré á otra gente Plantar su pabellón. Yo te daré un imperio, Mas tú para pagarme Tendrás al fin que darme Tu fe y tu corazón.

»Adiós ¡oh Nazarita! Mi aparición recuerda Cuando el pesar te muerda Con aguijón de hiel: No olvides en tu cuita Que abrió sobre este suelo La fuente del consuelo El ángel Azäel.»

Tal dijo: y el divino Sér misterioso alzando La mano que posando Tenía en Al-hamar, Al fondo cristalino Volvióse de la fuente, Que su cristal bullente Sobre él volvió á cerrar.

El ámbar que exhalaba Su aliento de ambrosía, La luz que derramaba Su forma, la armonía De que su voz llenaba La selva, y el encanto Con que su influjo santo Divinizó el vergel,

Como neblina leve Que desvanece el aura Al punto que se mueve, Se disipó con él: Dudar pudiendo en suma La mente deslumbrada Si fué visión soñada El ángel Azäel.

Tornó á la antigua calma Y soledad primera El bosque y la pradera: Y el príncipe Al-hamar, Sintiendo libre el alma Del fatigoso ensueño, De su tenaz beleño Se comenzó á librar.

Su mente obscurecida Se iluminó: la historia Del sueño en su memoria Se comenzó á aclarar; Y al fin, el cuerpo suelto De su sopor y vuelto Á la razón y vida, Se despertó Al-hamar.

La vista echando en torno Del sitio solitario, Reconoció el contorno; Mas como al ángel no, Sonrisa de desdeño Mostrando el juicio vario Que forma de su sueño, En la ciudad pensó.

Pensó que de ella ausente Pasó la noche entera: Pensó en su inquieta gente Y se aprestó á partir, Mirando tras el monte Rayar la luz primera Del sol, que al horizonte Comienza ya á subir.

Compuso en la cintura La faja tunecina; La suelta capellina Sobre la espalda echó, Y el aura respirando Del bosque y la frescura Del alba, el césped blando Con leve planta holló.

Dió un paso en la pradera, Y alzando repentina La brisa matutina Su vuelo en el verjel, Como una mies ligera Dobló el ramaje umbrío, Y sacudió el rocío Depositado en él.

Surcaron desprendidas Sus gotas el ambiente, Cual lluvia transparente, Espesa, universal: El aire deshacerlas No pudo, y esparcidas Quedaron como perlas Sobre la hierba igual.

Ráfaga, empero, errante La brisa fué: su impulso, Durante un solo instante, Sin fuerzas espiró. Irguióse la arboleda Con rápido repulso, Y todo al punto á leda Tranquilidad volvió.

Vertió desde la cumbre Del monte al hora misma El sol su nueva lumbre: Deshizo su arrebol La atmósfera en su prisma De múltiples colores, Y abriéronse las flores Á recibir al sol.

Debajo de la tienda De sus plegadas hojas, Las clavellinas rojas, Los rojos alhelís Mostráronle con franca Exposición su ofrenda En otra perla blanca Cercada de rubís.

Detuvo la indecisa Planta Al-hamar: su labio Bañó dulce sonrisa Su sueño al recordar, É incrédulo, si sabio, Juzgándolo quimera, Tornó por la ladera El paso á enderezar.

Y por mostrar desprecio De sueños infundados, Los céspedes mojados Pisaba sin temor, Con indignado y recio Paso, truncando altivo El tallo inofensivo De una y otra flor.

Mas pronto perturbado Su corazón de nuevo Latió desconcertado, Y comenzó á creer La aparición soñada Del celestial mancebo Inspiración enviada Por celestial poder.

De cada flor que rota Derriba, ve que intacta La desprendida gota Resbala, y sin perder Su redondez compacta, En la mullida hierba Entera se conserva, Maciza al parecer.

Tendió la regia mano Á la que más vecina Halló; mas al cogerla Reconoció Al-hamar Su sino sobrehumano: La gota cristalina Era una gruesa perla, Cual nunca las dió el mar.

Su limpia transparencia, Su peso, su tamaño, Su origen, tan extraño Á cuanto oído fué, Aclaman infinita En número, inaudita En precio la opulencia Del rey que las posee.

No tiene en las ignotas Minas que avara encierra Tesoro igual la tierra Ni en piedra, ni en metal: Cada una de las gotas Del celestial rocío De plata vale un río En precio á un reino igual.

¡Bendito el que tesoro Tal poseer le cabe! ¡Bendito el que le sabe Empleo digno dar! ¡Dichoso el Nazarita Amir del pueblo moro, En quien está bendita La estirpe de Nazar!

Cayó Al-hamar de hinojos, Y alzando al firmamento Las manos y los ojos, Con exaltada fe, «Señor, dijo, yo admito Un dón tan opulento, Y á dón tan infinito Corresponder sabré.»

Y así Al-hamar diciendo, Y el dón agradeciendo Que liberal le envía La mano del Señor, Las perlas recogía..... Y acaba al recogerlas EL LIBRO DE LAS PERLAS. ¡De Aláh sea en loor!