Spanish poem
Libro Séptimo — I (¿Quién acota los fallos del…)
¿Quién acota los fallos del destino Ni el pie sujeta de la errante fama, En medio del incógnito camino Por do rauda sus nuevas desparrama? Su voz por el cristiano y granadino Reino la historia pregonó de Alhama, Y á par en su defensa como buenos Se arrojaron Cristianos y Agarenos.
Por recobrarla Hasán, desde Granada Corrió con su veloz caballería, Y á defenderla en masa levantada Acudió la cristiana Andalucía. Salió al campo Fernando: su morada Abandonó Isabel, y lució el día En que á mortal y decisiva guerra Se aprestó de una vez la Hispana tierra.
Juntó Muley cincuenta mil guerreros De Alhama al avanzar por el camino, Á cinco mil valientes caballeros Que trae del territorio granadino; Y en el valle á la vez por cien senderos Lanzando de su gente el torbellino, En alas de la rabia que le inflama Llegó el viejo feroz al pie de Alhama.
La voz de la morisca muchedumbre La roca estremeció donde se asienta; Mas Ponce de León, desde la cumbre La voz oyendo de la grey sedienta De su sangre leal, la pesadumbre Para aumentar del árabe y la afrenta, Elevó las banderas Alhameñas Al par de sus católicas enseñas.
Al verlas de los muros en la cima Ondear Muley, con la encendida saña De quien su honor manchado en nada estima El asalto emprendió de la montaña; Mas era el jefe que velaba encima El más ilustre capitán de España, Y á la amenaza de Muley rabiosa Contestó con sonrisa desdeñosa.
Vió el árabe Monarca esta sonrisa, Y al punto comprendió con pesadumbre Que su impotencia el de León le avisa Para asaltar la inaccesible cumbre. De venganza la sed dióle más prisa Que discurso, y fió en la muchedumbre, Y vió que sin inmensa artillería Jamás á los cristianos rendiría.
Tarde lo vió; mas viendo con despecho Que arriesgaba el honor y el tiempo urgía, Él mismo por el áspero repecho Sus gentes al asalto conducía: Y en impaciencia y en furor deshecho, Contemplaba que sólo conseguía Abrir á sus valientes sepultura De aquellos precipicios en la hondura.
La encanecida barba se mesaba El iracundo Rey, y de la empresa No desistir en su furor juraba Hasta cobrar la codiciada presa: Correos tras correos despachaba Máquinas de batir á toda priesa Demandando, y tenaz en tal intento Ante Alhama plantó su campamento.
Los peñascos minó, los manantiales Cegó que daban agua á los sitiados, Y de la villa en derrededor sus reales Circunvalando, les dejó bloqueados. Pronto de su constancia las fatales Consecuencias sintieron los cercados, Viendo que, sin socorro pronto y fuerte, Su esperanza mejor era la muerte.
El valeroso capitán cristiano, Que el apellido de León tenía, Sin dar tregua al discurso ni á la mano, Su valor de León no desmentía: Y viéndole al peligro el más cercano, Siempre y doquier en vela noche y día, No hubo ni un solo cristiano que cejara Ni que matar por él no se dejara.
Infatigable, impávido, tranquilo, Con el valor del héroe sereno, Salió seis veces por oculto silo El campo á sorprender del Agareno; De agua otras cien por conservar un hilo Que de un peñasco les quedó en el seno, Peleó con el fango á la rodilla Mientras bebían de él los de la villa.
En vano gran refuerzo poderoso De hondas, ribadoquines y lombardas Llegó por fin al Árabe orgulloso; Él con sus arcabuces y espingardas Continuo fuego sustentó animoso; Y aunque ya asaz por el cansancio tardas Las manos, de tronar sobre las rocas Jamás cesaron sus ardientes bocas.
Asombrado Muley de tanto arrojo, Pactos amigos al Marqués propuso; Mas Ponce de León, con grande enojo, Á sus mensajes sin dudar repuso: —«Cuando en Alhama mi estandarte rojo »Roja de sangre infiel mi mano puso, »No fué para quitarle á tu venida, »Sino bajo él para dejar la vida.»
—«Pues bien, dijo Muley, serás mi esclavo, Ya que no te contenta ser mi amigo.» —«Mejor me está la esclavitud al cabo.» Replicó fieramente D. Rodrigo. —«Muere, pues,» dijo al irse el viejo bravo. —«Dios de mi honrado fin será testigo.» Dijo el Marqués; y el Moro y el Cristiano Volvieron á sus armas á echar mano.
Ensordeció otra vez la artillería Los precipicios cóncavos de Alhama, Y el cristiano valor vió en su agonía De su esperanza vacilar la llama. Habían hecho ya cuanto podía Hacerse por la patria y por la fama Los Castellanos, mas al fin, mortales Se agotaban sus fuerzas corporales.
Rayaba ya la postrimera aurora Que podía alumbrar su resistencia: Postrer asalto de la hueste mora Iba fin á poner á su existencia, Y, viendo sin pavor su última hora, De su muerte aguardaban la sentencia; Mas Dios, que no abandona al buen cristiano, Entre Alhama y Muley tendió su mano.
La luz de las hogueras con que invoca Socorro el pueblo á la invasión expuesto, De ciudad en ciudad, de roca en roca, Se difundió por el país bien presto; Y al resplandor que á pelear convoca, El peligro de Alhama manifiesto, De Cristo por los campos andaluces Avanzaron las lanzas y las cruces.
Alonso de Aguilar, el compañero De armas de Ponce de León, la gente De sus estados allegó el primero; Y cruzando los montes diligente, Como una estatua de bruñido acero Asomó sobre un cerro del Oriente. Y el sol, como un fantasma de luz y oro La presentó á la vista del Rey moro.
Los hermanos Girón, de Calatrava Con la legión ecuestre aparecieron Por un valle de sauces: con su brava Infantería por el Sur salieron Los Córdobas de Cabra, y por la caba De un monte que al cruzarle descubrieron, Asomaron, los dos bajo una enseña, El Conde de Alcaudete y el de Ureña.
Mirábalos Muley considerando Su fuerza escasa para serios fines, Y se aprestaba á cometerlos, cuando Del montuoso horizonte á los confines Vió de peones numeroso bando, Y en el agudo són de sus clarines Conoció y en sus cárdenos pendones De Enrique de Guzmán los escuadrones.
Con ira entonces comprendió que junto Un ejército entero en su mal era, É impío blasfemó, viendo en un punto Venir sobre él la Cristiandad entera; Y mirando avanzar en buen conjunto Los jinetes cristianos por doquiera, Cual jabalí acosado por los perros Alzó su campo y se acogió á los cerros.
Desde ellos vió con cólera impotente Sus postigos abrir á los de Alhama; Y echando al corazón la mano ardiente, Á contener la hiel que se derrama En sus hinchados vasos, y la frente Al peso del baldón que se la infama Doblando, con ahogado y ronco grito Exclamó: «¡Alahú akbar! estaba escrito.»
Entonces silencioso y cabizbajo De sus gentes cubrió la retirada, Rechazando por sí, no sin trabajo, De las huestes de Ureña una avanzada. Cuando en salvo la vió, por un atajo Se encaminó otra vez hacia Granada, Seguido de unos pocos caballeros De su aciaga fortuna compañeros.
Mas ¡ay! su estrella en la gentil Granada Para siempre su luz obscurecía, Y era ya aquella la postrer jornada Que hacer por ella como Rey debía. Ya en la Alhambra, de rayos coronada, Estrella más feliz resplandecía, Y á otro pendón que al de Muley su gloria Otorgaba versátil la victoria.
En la vega al entrar, de una colina Al revolver el áspero sendero, De la luna á la lumbre mortecina Vió correr hacia él un caballero. Era un doncel de raza granadina Que, ante él parando el fatigado overo, Dijo con voz por la carrera ahogada: —«Tente, Señor: no vuelvas á Granada.»
—«¿Por qué?»—dijo Muley.—«Porque ya llegas Tarde: de ella Abdilá se ha apoderado.» —«¿Y mi Wazir Abú-l'Kasín-Ben-Egas?» —«Está en los Alixares encerrado.» —«¿Y mi Zoraya?»—«De las turbas ciegas Por milagro no más se ha libertado: Los pocos fieles que te quedan vivos, Te buscan por la sierra fugitivos.»
—«¿Todo pues lo perdí?—La honra te queda. —Te engañas, infeliz; sin ella vengo. —La puedes recobrar mientras que leda Se conserve tu fe.—Ya no la tengo Tampoco: es fuerza que al destino ceda; Su ley fatal á obedecer me avengo. —Aún te resta, señor, una esperanza. —¿Cuál?—La mejor de todas: la venganza.
—Tienes razón. ¿Podemos todavía En el alcázar penetrar?—Acaso: Si te ayuda tu intrépida osadía, Yo puedo abrirte hasta la Alhambra paso En las tinieblas de la noche.—Guía: Y si á ella subo, como frágil vaso Quebrantaré de Aixa y de su hijo La existencia fatal que Aláh maldijo.»
Y el Rey, á la venganza decidido, Á los que son con él la faz volviendo Les dijo: «Á este mancebo habéis oído; Uniros á mi suerte no pretendo; Abandonad, si os place, al Rey vencido.» Mas la mano los Árabes poniendo De los corvos alfanjes en los pomos, Respondieron resueltos: «Tuyos somos.»
Metió Muley á su corcel la espuela, Y echando por delante al Granadino, Pensando en sorprender su ciudadela Hacia Granada continuó el camino. Mas ¡ay! en vano el hombre se rebela Contra la ley de su fatal destino, En vano avasallar quiere á la suerte: La voluntad de Dios siempre es más fuerte.
Era la hora en que entregado al sueño Abú-Abdil, en la Alhambra aposentado, Soñaba con el bien de que era dueño, Con el cetro que á Hasán había robado. Aixa también, desarrugado el ceño, Su saña habiendo y su ambición saciado, Al fin vengada de su infiel esposo, Entregábase en brazos del reposo.
Era todo silencio en el recinto Del regio alcázar de la corte mora: Reinaba en su dorado laberinto Del descanso la paz reparadora, Cuando el eco de un ¡ay! claro y distinto De sala en sala retumbó á deshora, Y el joven Rey, de sus estancias dueño, Al eco de aquel ¡ay! rompió su sueño.
Oyólo al par la varonil Sultana Su madre, y fuera del suntuoso lecho Lanzándose veloz, á la ventana Escuchó atentamente largo trecho. Sus sentidos sutiles de Africana Y el velador instinto de su pecho La revelaron el terrible arcano De aquel ¡ay! eco del dolor humano.
Escuchaba el Rey moro todavía El eco de aquel lúgubre gemido, Cuando su madre con vigor le asía Por el brazo en que estaba sostenido. —«Levántate, hijo mío, le decía, Levántate, Abdilá: ¡Nos han vendido! —¿Qué pasa, madre? preguntó el mancebo. —Tu padre busca á la venganza cebo.»
Su alfanje Abú-Abdil blandió desnudo, Y asiendo de un clarín con gran coraje, En los senos lanzó del aire mudo Una sonata de África salvaje. De aquel bárbaro són al eco agudo Se estremeció su guardia Abencerraje, Y de su riesgo próximo avisada Acudió junto al Rey precipitada.
Y á tiempo fué. Su yatagán sangriento Muley blandiendo apareció á sus ojos Por la puerta del próximo aposento, Rebosando sacrílegos enojos. Feroz vampiro, de su carne hambriento, Sus brazos muestra con su sangre rojos, Y con los ojos en su sangre fijos La sangre anhela de sus propios hijos.
Helóse de terror á su presencia Toda la guarnición de la alcazaba: Aixa, empero, abrasada de impaciencia, Empuñó un arcabuz gritando brava: «¡Muera el tirano!» Al punto con violencia Lid fratricida sin cuartel se traba: En el mismo aposento en que nacieron Los hijos con los padres se batieron.
Peleaba Muley como un demente, Y á Aixa los suyos de la lid sacaron: Hallarse no lograron frente á frente Los dos Reyes por más que se buscaron. Llamaba á Abdil con cólera estridente El viejo Rey, cuando sobre él cargaron Tantos al par, que sin lograr su objeto Cejó y huyó por corredor secreto.
En el versátil vulgo confiando Descendió á la ciudad por una cueva, Juntar creyendo poderoso bando Con que arruinar la monarquía nueva. Metióse, pues, por la ciudad, llevando Audaz á cabo tan osada prueba, Y en un momento la ciudad entera Campo sangriento de batalla era.
Doquier, se escuchan con pavor lamentos, Ayes de muerte y gritos de pelea: Á salvarse no más todos atentos, Sólo en salvarse cada cual se emplea: No hay nadie que en tan críticos momentos Presa de los cristianos no se crea: Nadie á juzgar la realidad se para, Nadie ve dónde ni de quién se ampara.
En tanta confusión, en duelo tanto, Abandonando Hasán la lid confusa, Va á los umbrales á llamar de cuanto Moro por su parcial la fama acusa; Mas, al reconocerle, con espanto Seguirle todo musulmán rehusa, Porque se hundieron su prestigio y fama Bajo su triste expedición de Alhama.
Su nombre con horror de boca en boca Rápidamente en las tinieblas pasa, Y por doquiera contra él evoca Ira sin compasión, rencor sin tasa: Cobra valor la muchedumbre loca, Y al correr la verdad de casa en casa, Por rejas, ajimeces y balcones, Comienzan á asomar luces y hachones.
Comiénzase á ordenar la gente fiera Del Albaycín: tremólanse estandartes Que atraen á sí la juventud guerrera, Y conócense al fin por ambas partes. ¡Aláh por Bu-Abdil! gritan doquiera; Y descubriendo las traidoras artes Á que echa Hasán para vengarse mano, Gritan dando sobre él: ¡muera el tirano!
Desengañado el viejo vengativo Abandonó su despechada empresa, Dándose por feliz en salir vivo Favorecido por la sombra espesa: Y con veinte jinetes fugitivo Que aún le seguían, caminó con priesa Muley hacia los altos alijares Donde aún tiene Zoraya sus hogares.
Allí la favorita con Ben-Egas Le aguardaba á caballo: á marchar prestos, Sus guardias negros como estatuas ciegas Por él se hallaban á morir dispuestos. —«Vamos, dijo Muley.—Á tiempo llegas, Repuso Abú-l'Kasín: Aixa mis puestos Descubrió ya, y á su merced estamos. —¡Maldita sea! dijo el Rey: huyamos.»
Y entrando por las lóbregas laderas De la sierra fragosa y escarpada, Aprovecharon cautos las postreras Sombras para alejarse de Granada: Y del alba siguiente á las primeras Luces, el que fué Rey ya no era nada: El reino se le huyó de entre los brazos Y su cetro al caer se hizo pedazos.
¡Clemente Aláh, que como aristas secas Las más robustas fábricas quebrantas, Los pueblos hundes, y las razas truecas Bajo el polvo que en pos dejan tus plantas! Del hombre vil las vanidades huecas ¿Cómo han de interrumpir tus leyes santas? De Hasán tocó tu soplo en la corona, Y fué... ¡Dios bueno, lo que fué perdona!
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