Versos Spanish José Zorrilla Libro Tercero — II (¡Tremenda noche! La lluvia)

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Libro Tercero — II (¡Tremenda noche! La lluvia)

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¡Tremenda noche! La lluvia, Desgajándose á torrentes Por las quebradas vertientes De la sierra, con fragor Á la hondura de sus valles Consigo arrastrando baja Los árboles que descuaja Del vendaval el furor.

¡Tremenda noche! Iracundos Los rebeldes elementos Amagan de sus cimientos Las montañas arrancar: Y, en la cresta de la roca Donde se halla suspendida, Con ímpetu sacudida Tiembla Zahara sin cesar.

Á una aspillera asomado De su antigua ciudadela, El buen Arias está en vela, Ocupado en escuchar Los rumores que á su oído En sus alas trae el viento, Y un fatal presentimiento No le deja sosegar.

Nada sus tenaces ojos Ven en noche tan cerrada: No percibe ni oye nada En la densa lobreguez, Más que el velo tenebroso Y la voz de la tormenta, Cuya furia se acrecienta Con horrible rapidez.

Á sus pies reposa Zahara: Sus tejados ve, á la lumbre Del relámpago, en la cumbre Donde el pueblo se fundó: Mas la roja llamarada Que el relámpago refleja Le deslumbra y no le deja Comprender lo que á ella vió.

Al resplandor instantáneo Con que el pueblo se ilumina, Cree tal vez ver la colina Con el pueblo vacilar: Y á veces, en el instante De iluminarse de lleno, Cree ver de Zahara en el seno Vagas visiones errar.

Blancos bultos, misteriosas Sombras, móviles reflejos Tras los muros á lo lejos Moverse y lucir cree ver; Cual si, haciendo de ellas vallas, Los espíritus del monte De sus torres y murallas Se quisieran guarecer.

¡Delirios vanos! ¡Quimeras De su débil fantasía! Pasa el pobre noche y día En continua agitación, Y, con fe supersticiosa Creyendo en su fatalismo, Recela hasta de sí mismo, Trastornando su razón.

¡Ilusiones! Arias sólo Oye el vendaval que brama Y el agua que se derrama Por los tejados rodar, Y en los muros del castillo El rumor acelerado De los pasos del soldado Que acaban de relevar.

Oye el sordo remolino Con que rueda la tormenta Haciendo girar violenta Las veletas de metal, Y zumbar estremecida La mal sujeta campana, Y temblar en la ventana El desprendido cristal.

Todos reposan en Zahara, La atalaya de Castilla: Sólo se oyen por la villa, En la densa obscuridad, El agua de las goteras Y el rumor del vago viento, Que ruge con el acento De la ronca tempestad.

Sólo en apartada torre Del mal guardado castillo, Con el fulgor amarillo De una lámpara al morir, Velan algunos soldados Y se siente desde fuera El rumor de una quimera Y jurar y maldecir.

Óyense sus carcajadas, Sus apodos insolentes: Pues en esto han tales gentes Contentamiento y placer; Se juntan en borracheras Para acabarlas riñendo, Y vuelven en concluyendo Desde reñir á beber.

Y al calor de las orgías Y al vapor de los licores, Disertan de sus amores En obsceno platicar; Pues su lengua irreligiosa, Sin respetos y sin vallas, Sólo de sangre y batallas Ó mujeres ha de hablar.

De éstas se miran algunas, Con los soldados más mozos En impúdicos retozos Y deshonesto ademán, Que, osadas y descompuestas, Ó blasfemando ó riñendo, Hasta embriagarse bebiendo Desatinadas están.

La trémula llamarada De una hoguera agonizante Presta á su rudo semblante Una expresión más feroz; Y, recibiendo la bóveda La algazara en su ancho hueco, Remeda con largo eco La desentonada voz.

Harto de vino y de amores, En dos bancos apoyado, Cantaba un viejo soldado Al són de un roto rabel, É hiriendo á compás la mesa Con plato, jarra ó cuchillo Aullaban el estribillo Ellos y ellas con él.

Brindaban, y á cada brindis Insensatos blasfemaban, Y reían y danzaban Completando la embriaguez: Y sus sombras, en silencio, Gigantescas, agitadas, Cual fantasmas convidadas Erraban por la pared.

«¡Á ellos!» gritaron voces: Y entraron el aposento, Diez á diez y ciento á ciento, Los moros del Rey Hasán; Y apenas á las espadas Acudieron los cristianos, Les cercenaron las manos En donde tan mal están.

Lidiaron acaso algunos: Pero tantos les entraron, Que al fin les acuchillaron Con las hembras á la par. Á los gritos de los Moros Los Cristianos despertaban: ¡Pero los tristes se hallaban Cautivos al despertar!

La soñolienta pupila Prestaba crédito apenas Á las cuerdas y cadenas Con que atados dos á dos Por los Árabes se vieron, Á quienes con lengua y ojos Pedían piedad de hinojos En el nombre de su Dios.

Las lágrimas de las madres, De los niños los sollozos, Los esfuerzos de los mozos, El dolor de la vejez, Son inútil resistencia: Porque á todos los infieles, Atados como lebreles Les arrastran á la vez.

En vano lucha la virgen Desesperada con ellos, Que con sus propios cabellos Mordaza ó cordel la dan: En vano niños y enfermos Yacen sin fuerzas postrados; En tropel como ganados Todos á los hierros van

Fueron tristísimas horas Las de noche tan sangrienta. ¡Á quien de ella pidan cuenta, Malas cuentas ha de dar! Mas no Arias, á quien el mundo Con su fe abandona en Zahara, Porque Dios no desampara Á quien de Él se va á amparar.

Corazones como el suyo, Almas cual la que le anima, Dios tan sólo las estima En su pristino valor: Aniquilado bien pronto El cuerpo que les encierra, Vuelve su polvo á la tierra Y su esencia al Criador.

Creyó al fin Gonzalo Arias, Desde la torre en que vela, Sentir en la ciudadela Un verdadero rumor De voces y de pisadas, Y distinguir en la sombra Muchas gentes agolpadas Á la muralla exterior.

Iba el caracol de piedra Á tomar del muro, cuando Por él su escudero entrando Dijo: «¡Los moros, Señor!» Asió al punto Arias Saavedra Un hacha y un triple escudo Que halló á mano, y torvo y mudo Lanzóse hacia el corredor.

Por el caracol torcido Se hundió como una callada Sombra, y la puerta ferrada De las almenas abrió. Confuso tropel de moros Llenaba el adarve estrecho: Gonzalo Arias derecho Á los Moros se lanzó.

Tendió del primer hachazo Los dos que halló delanteros, Y al querer tirar del brazo La mano de otro segó. Á tan repentino ataque La morisma, acorralada, Abrió círculo espantada Y en el centro le dejó.

Mas Arias, que no veía De vergüenza y de ira ciego, Cerróse con ellos luego Con ímpetu asolador: Y, al ver el horrendo estrago Que en ellos su brazo hacía, Ninguno se le atrevía, Embargados de pavor.

Pero sobre ellos cargaba Gonzalo Arias con tal brío, Que adelante les llevaba Sin dejarles revolver; Y uno, que frente arrestado Le hizo, entre dos almenas Le derribó atravesado Y en el foso fué á caer.

Aquel hombre despechado, De mirada centelleante, De colérico semblante Y de fuerzas de Titán, Sin más que un broquel y un hacha, Pálido y medio desnudo, Peleando solo y mudo Con desesperado afán;

Aquel hombre aparecido De repente en medio de ellos, Erizados los cabellos, Cual de un vértigo infernal Poseído, hizo á los Moros Concebir honda pavura, Contemplando en su figura Algo sobrenatural.

Un instinto irresistible De temor supersticioso De aquel hombre misterioso En tropel les hizo huir, Cual si vieran, bajo el rostro De aquel hombre temerario, Un espíritu contrario De Mahoma combatir.

Abandonó, pues, el muro Todo el pelotón alarbe, Y dejó sobre el adarve Solo á aquel hombre fatal. Crispado, calenturiento, Á las almenas de piedra Asomóse Arias Saavedra Presa de angustia mortal.

Allá abajo, en las tinieblas, Por las calles de la villa En la lengua de Castilla Invocar á Dios oyó. «¡Á Dios (dijo con desprecio) Á Dios invocáis ahora! ¡Miserables! Ya no es hora: Sucumbid, pues, como yo.»

Y á largos pasos tomando Del castillo la escalera, Fué á dar como una pantera En el patio principal. Un capitán de Granada Allí amarrados tenía Cuantos perdonado había La cimitarra fatal.

Arias, de un salto, se puso Delante del africano Y, asiendo con una mano Las bridas de su corcel, Le dió en el frontal de acero Tan descomunal hachazo, Que caballo y caballero Vinieron á tierra de él.

Los Árabes que más cerca Del capitán se encontraron, Sobre Gonzalo cargaron Con gritería infernal: Pero dieron con un hombre: Y el primero que imprudente Se llegó á Arias, en la frente Recibió el golpe mortal.

El capitán, desenvuelto De su caballo caído, Vino como tigre herido Sobre el alcaide á su vez: Recibió su corvo alfanje El castellano forzudo Dos veces en el escudo, Con serena intrepidez;

Y al verle ébrio de coraje Descargarle el tercer tajo, Metióle el hacha por bajo Y el brazo le cercenó. Saltó el pedazo partido Con la cimitarra al suelo, Y el Moro, con un aullido De dolor, se desmayó.

Saltó Arias de él por encima Y, del caballo tendido Quedándose guarecido, Volvió la lid á empezar. Acométenle los Moros: Mas ningún golpe le ofende Por delante, y se defiende La espalda con un pilar.

Entraba en esto en el patio El viejo Rey de Granada: Mas detúvose á la entrada Á admirar el varonil Aliento de aquel solo hombre Que, sin casco ni armadura, Tiene á raya la bravura De los hijos del Genil.

Estaba Gonzalo Arias De sangre y sudor cubierto Tras del caballo, que muerto Á sus plantas derribó, Anhelante de fatiga, Descolorido y rasgado, Como un espectro evocado Del panteón que le guardó.

Al ver con cuánta destreza De tantos se defendía, De tan alta bizarría Pagado el viejo Muley: «¡Teneos!» gritó á los Moros; Y, yéndose al Castellano, Le dijo afable: «Cristiano, Ríndete: yo soy el Rey.»

No pudo Arias de cansancio Contestar. «Quienquier que fueres (Añadió el Rey), valiente eres: Ríndete á mí y salvo irás.» Arias, ronco de fatiga, Pero con alma serena, Dijo: «Muerto, enhorabuena: Pero rendido, jamás.»

«Cristiano, repuso el Moro, Yo soy Muley y rendirte Á mí no será desdoro.» Y Arias dijo: «Y yo, Muley, Soy Gonzalo Arias Saavedra, Y mientras me quede aliento Y en Zahara quede una piedra, La mantendré por mi Rey.»

Ahogó la piedad del Moro Respuesta tan arrogante, Y, colérico, «¡Adelante, Saeteros!» exclamó. Atravesado de flechas Hincó Arias una rodilla Gritando «¡Cristo y Castilla Por los Arias!» Y espiró.

Cortáronle la cabeza, Y en el arzón delantero La ató un negro de Baeza Por trofeo de valor. Tal fué el fin desventurado Del bravo alcaide de Zahara: La suerte le negó avara Todo, menos el honor.

Cuando del día siguiente Comenzó á lucir la aurora, Daba á Granada la vuelta La morisma victoriosa. Marchaba Muley delante, Y, en el centro de su tropa, Dos mil cautivos atados Al carro de su victoria. Mandó el Rey que los Cristianos, Guardados por buena escolta, Fueran delante á Granada Por la vereda más corta; Pero prevenido habiéndole Que, por si las tierras próximas Se levantan, con presteza Caminar es lo que importa: «¿En qué está, dijo, el retraso? —En los cautivos que estorban. —Pues bien, dijo con desprecio, Obligadles á que corran, Y lleguen los que llegaren: Los mozos á las mazmorras, Las muchachas al harén Y los viejos á la horca.»