Versos Spanish José Zorrilla Libro Sexto — III (Sobre el muro que el…)

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Libro Sexto — III (Sobre el muro que el…)

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Sobre el muro que el recinto De la Alhambra real circunda, Si en fortaleza segunda Primera en esplendidez, Hay una torre morisca Frontera al Generalife, Que sobre angosto arrecife Abre un dorado ajimez.

Este arrecife tortuoso, Que extiende sus líneas combas Entre yedras y gayombas, Madreselvas y jazmín, Solitario, áspero, umbrío, Parece el lecho de un río Que dividió en otro tiempo El alcázar del jardín.

Fresco, umbroso en el verano, Abrigado en el invierno, Gozando el verdor eterno De la yedra y el laurel, Es este oculto arrecife, Lleno de sombra y misterio, Huella oriental del imperio De la raza de Ismael.

Á un lado, Generalife De sus floridos verjeles Le entolda con los laureles, Le impregna de aromas mil; Al otro, la Alhambra espléndida Le fía por sus ventanas De cautivas y sultanas Toda su historia gentil.

De una parte le armonizan, Por el lado de las flores, Los canoros ruiseñores Que anidan en el verjel: De otra, por el del alcázar, Opuesto al de los jardines, Las zambras y los festines Que se celebran en él.

Por un lado le engalana La rica naturaleza, Por otro le dan grandeza Las cien torres de Alhamar; Por allí muestra patente Dios su creadora mano, Por aquí del soberano Se hace el poder acatar.

Tal vez en noche de estío, Al són de un arpa morisca, Desde el muro una odalisca Entona amante canción, Y algún colorín celoso, Desde la verde floresta, Con trino amante contesta Del arpa amorosa al són.

En la ciudad empezando Y abriendo paso á la sierra, ¿Quién sabe cuántos encierra Secretos de honra y amor Este encantado camino, Bajo flores encubierto Y sobre peñas abierto De un palacio en derredor?

¡Cuánta hermosa enamorada Intentó el arduo descenso Del vacío espacio extenso Que hay desde él á su balcón! ¡Y cuánto noble Africano Cayó en su arenosa loma, Muerto por oculta mano Y por oculta razón!

No hay un pie de este camino Que una tradición no hechice, Que un nombre no poetice, Ó dé un recuerdo valor. La torre allí de los Picos Se eleva, cuyos cimientos Defienden encantamientos De un sabio conjurador.

Allá la de la Cautiva, Donde entre són de cadenas Viene á lamentar sus penas El alma de una mujer: Allá la puerta de Hierro, Por do su vida salvaron Los Reyes á quien lanzaron Sus vasallos del poder.

Y allí, en fin, el pie cercado De adelfa y silvestres plantas, La torre de las Infantas Se alza con regia altivez, Abriendo en su grueso muro, Frontero á Generalife, Encima del arrecife Un misterioso ajimez.

Una graciosa ventana De arabescos y labores Orlada, cuyos colores Minió maestro pincel: Una ventana morisca Que, en dibujos de oro envuelto, Parte un pilarcillo esbelto De mármol de Macaël:

Un mirador delicioso, Cuyo arco filigranado Está en redor festonado Con leyendas del Korán; Cuyos dos graciosos huecos Ornados de medallones, Hojas, nichos y agallones, Contento á los ojos dan.

Mas ¿quién mora en esa torre Donde jamás se percibe Ni el rostro de quien la vive, Ni ruido de humana voz? Jamás de aquella ventana Se abre al sol la celosía, Ni de un cantar la armonía Da nunca al aura veloz.

Muestra, empero, que se habita Allá en las nocturnas horas La luz de las tembladoras Lámparas de su interior, Que á pesar de su cerrada Celosía y su vidriera De colores, lanza fuera Su trémulo resplandor.

Y á veces apunta el alba Ya, y tras esta celosía Se percibe todavía De la lámpara el fulgor, Y una sombra que va y viene Por dentro del aposento, Da ó quita á cada momento Luz ó sombra al mirador.

Su movimiento incesante, Sus paradas repentinas, Recogiendo las cortinas Para ver ó para oir, Demuestran que el desvelado De aquel ajimez espera Algo que dél por afuera Debe sin duda venir.

Mas pasa una noche y otra, Y la luz del sol se traga Su luz, y con ella apaga El que allí esperando está Su esperanza, hasta otra noche Que vuelve á arder la bujía, Y él vuelve á la celosía Y tras ella viene y va.

Es alta noche: en el sueño Yace el mundo sumergido: El aire se ha recogido Bajo del césped feraz: Tiéndense inmobles las ramas De los troncos, no se mueve Ni la ráfaga más leve, Ni el murmullo más fugaz.

¡Silencio!—He aquí que, en medio Del universal reposo, El mirador misterioso Se abre por primera vez. La celosía dorada Se levanta: la cortina Se descorre, y se ilumina Por adentro el ajimez.

Y al pilar que en dos divide El arco de su ventana Llega una figura humana Lentamente: una mujer, Sultana, esclava, cautiva, Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos Á altura tan excesiva La podrán reconocer?

Apartó de ante su rostro Su blanco y flotante velo: Una mirada del cielo Por la cavidad tendió, Y, vuelta hacia el Occidente Do ya tocando la luna Está, en la lengua moruna Y con voz triste exclamó:

«¡Un día más!—La menguante »Luna hacia la mar declina, »Y su lumbrera argentina »Toca al horizonte ya. »¡Casto fanal de la noche, »De los creyentes lumbrera, »Que tu brillante carrera »Guíe protector Aláh!

»Ve en paz ¡oh de las tinieblas »Sultana dominadora, »Pendón de la gente mora, »Lámpara de la oración! »¡Y plegue á Aláh que mañana, »Cuando vuelvas por Oriente, »Vuelva con tu luz naciente »La luz de mi corazón!

»Ve en paz: y si sobre Loja »Al verter tu lumbre pura, »Hallas vivos por ventura »Á mi buen padre Aly-Athár »Con el Príncipe mi esposo, »Que es la luz del alma mía, »Diles ¡ay! que noche y día »Les aguardo sin cesar.»

Dijo, y la frente apoyando En el pilar arabesco, Dentro el marco pintoresco Del morisco mirador Quedó, como una escultura Para su cuadro labrada La Mora desconsolada, Á solas con su dolor.

Resalta, á la luz de espalda, Su contorno destacado Sobre el fondo iluminado Del aposento oriental: Y parece desde lejos Al genio de la pureza, Que va á partir con tristeza De una cámara nupcial.

Mas aquel busto tan noble De suave y rubio cabello, Aquel nacarino cuello Pálido como el marfil, Aquel brazo modelado Por una ática escultura, Aquella frágil cintura, Y aquel todo tan gentil;

Asomado á tales horas Á una torre destinada Sólo á las Princesas moras, Al ojo menos sutil Delatan á la que ocupa Su misteriosa ventana, Por la infelice Sultana Esposa de Abú-Abdil.

Es ella, sí: allí apacenta El dolor que la acongoja Moraima, la flor de Loja, La azucena de Aly-Athár: La gacela de ojos garzos, Cuyas niñas de azul cielo Eran fuentes de consuelo Para el viejo militar.

Hoy son ya fuentes de lágrimas: Sus abrasadas pupilas No reflejan hoy tranquilas La pura luz del placer; Hoy la dulce paz del niño Su sonrisa no revela, Porque en sus labios la hiela El dolor de la mujer.

Moraima, sí, la más triste, La más pura de las Moras, Pasa allí sus largas horas En silencio y soledad. Moraima, que de su esposo Encadenada á la huella, Con él de su mala estrella Parte la fatalidad.

Triste es su historia. Su padre, La mejor lanza africana, La otorgó como Sultana Al sucesor de su Rey; Temiendo al viejo soldado En rebelión harto crítica, Con su torcida política Pensó en tal boda Muley.

El bravo Aly-Athár, más hombre De pelea que de Estado, Se dió en ello por honrado Y á Granada la llevó. La boda hizo el Rey al punto, Pero á sí mismo se dijo: «¡Imbécil! le doy el hijo, Pero la corona no.»

Dos niños eran entrambos, Rubios, alegres, gentiles: Apenas sus quince abriles Cumplido habrían los dos; Hermosos como inocentes, Les unieron y se amaron: Mas en su amor no contaron Con la voluntad de Dios.

Sosegados ya los pueblos, No fué Aly-Athár peligroso: Y en su aislamiento amoroso Afeminado Abdilá, Los hijos de la Zoraya, Merced al fatal destino De Abdilá, libre el camino Tendrían del trono ya.

Tal pensó el Rey; los dos niños, Sin cálculo y sin encono, De sus derechos á un trono Ni aun se acordaron tal vez: Pero otro sér mas activo Á quien amor no adormía, En lugar de ellos abría Sus ojos con avidez.

Aixa, la altiva Sultana, Celosa de su derecho, Fué una mañana á su lecho Como un ensueño fatal. Abrieron sobresaltados Los dos Príncipes los ojos, Y ella, respirando enojos, Dijo con voz sepulcral:

«Aquel á quien Dios destina »Á ceñir una corona, »Sus derechos no abandona »Sino por orden de Dios. »Hijo de Reyes, despierta: »Rompe tus amantes lazos »Y tiende el alma y los brazos »De tu real corona en pos.

»Y á ti, flor silvestre y pálida »De los peñascos de Loja, »¿Por ventura te se antoja »Que no hay más ley que el placer? »¿Crees que tus ojos de cielo, »Tu alma y tu tez de nieve, »El dote son que traer debe »Á un Príncipe una mujer?

»Pues te engañas: la que espera »Dominar como Sultana, »Necesita un alma entera, »Con más altivez que amor. »Despertad pues; los lobeznos »De la torpe renegada »Giran con planta callada »De vuestro trono en redor.»

Abú-Abdilá, de su madre Hecho á la exacta obediencia, Tras ella sin resistencia Del aposento salió: Moraima, sobrecogida Por la plática severa De aquella Reina altanera, Quedóse sola y lloró.

«¿Qué me importan á mí, dijo, »Su poder y su corona? »Lo que mi amor ambiciona »Es no más su corazón; »Y si éste me lo arrebatan »Por el gobierno y la guerra, »¿Qué me dejan en la tierra »Á mí, sin regia ambición?»

¡Pobre niña! el joven Príncipe Empezó desde aquel día Á dejar su compañía Y su cámara á dejar: Venía por él su madre Apenas el sol rayaba, Y hasta que el sol se ocultaba No le veía tornar.

Entonces, aunque volvía Alegre y enamorado, Volvía tan fatigado, Tan hambriento y sin vigor, Que en la mesa devoraba Y se dormía en el lecho, Cual si no hubiera en su pecho Ni corazón ni calor.

Moraima, en su seno amante Colocando su cabeza, Contemplaba con tristeza Su rostro franco y leal, Que empezaba en el reposo De su fatigado sueño Á adquirir un torvo ceño Que no le era natural.

«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía »La pobre niña) ¿Qué afanes »Más propios para gañanes »Me le cansarán así? »Si tanto cuesta á los Príncipes »Guardar su trono, ¡pluguiera »Á Aláh que pastor naciera, »Sin esperar más que en mí!»

Y una mañana, Moraima, Un sueño tenaz fingiendo, Fué desde lejos siguiendo Á la Reina y á Abdilá, Y vió que, cruzando apriesa De los muros el espacio, Se salieron del palacio Al bosque que al río da.

Corrió al oratorio regio Que domina su enramada, Y vióles á una esplanada Tras una loma llegar. Allí esperaban tres hombres Hasta los dientes armados, Con caballos ensillados Y en guisa de pelear.

Ciñóse una jacerina, Embrazó una recia adarga, Asió de una lanza larga Y cabalgó Abú-Abdil. Salió el caballo botando: Moraima tembló de gozo Y miedo al verle tan mozo, Tan armado y tan gentil.

Cabalgaron uno á uno Los otros tres: apartóse La Sultana, y preparóse La escaramuza. Abdilá, En medio de la esplanada Y de los tres circundado, Á la suerte preparado Inmóvil y atento está.

Dió la señal la Sultana, Y empezaron los guerreros En torno de Abdil mañeros En círculo á galopar, Á cada vuelta estrechándole; Mas, como un chacal atento, Espiando él un momento Su línea para salvar.

Sereno sobre su silla, Con mirada centelleante Espía un propicio instante En liza tan desigual, En tanto que en torno suyo Van los tres caracoleando, Á cada vuelta cerrando La peligrosa espiral.

Giraba él en ellos puesta La vista: por todas partes Hallaba un arma funesta Dirigida contra él. Vió al fin que un potro rebelde Se mostraba, y contra él hizo Un amago: espantadizo Encabritóse el corcel.

Hirió y arrancó, del círculo Dentro, á escape jineteando, Y á alguno siempre amagando Con incierta rapidez; Desigualó las distancias Ciando, hiriendo y salvándose, Y fué el círculo ensanchándose Más y más de cada vez.

Ya sobre un lado fingía Caer y sobre otro daba: Ya al escape se tendía: Ya diestro en firme paraba: Ya de todos tres huía, Y á todos tres amagaba Y á salvo doquier hería Con certera agilidad:

Hasta que romper logrando La línea que manteniendo Iban los tres, trabajando Sobre el círculo y abriendo Más sus distancias, girando De repente, salió huyendo, Un breve espacio ganando Con extraña habilidad.

Cubierto entonces, tendido Sobre su silla de pechos, Comenzó á alargar los trechos De unos á otros, y fué Cargándoles uno á uno: Con lo cual, hecha la suerte De aquel combate moruno, Echaron á tierra pie.

Moraima, que de lo alto Miraba la escaramuza, Á cada embestida y salto Temblando por Abdilá, Solamente sostenida Por su ansiedad, en el mármol Se sentó desvanecida Al verla acabada ya.

Volvióse luego á su cámara. ¡Ay! todo lo comprendía: Abdilá pasaba el día Lección de armas en tomar. Al fin lograba la madre Hacer de su hijo un guerrero, Tornándole áspero y fiero, De su cariño á pesar.

Dos lunas después, por fruto De este acendrado cariño Dió Moraima á luz un niño Que el porvenir la doró: Y el Rey, un año más tarde, Al prender á la briosa Aixa, de Abdilá la esposa En su torre encarceló.

Tal es su historia. Moraima, La más triste de las moras, Pasa allí sus largas horas En silencio y soledad. Moraima, que de su esposo Encadenada á la huella, Con él de su mala estrella Parte la fatalidad.

La hermosa Sultana, pálida De tez, mas de alma encendida, Es la que está distraída En su ajimez oriental. Sabe que Abdilá está en salvo, Mas pronto que vuelva espera Á buscar la compañera De su destino fatal.

Y vendrá: también lo sabe Cuando al ajimez se asoma; Lo sabe, sí: una paloma, Mensajero fiel de amor, Por mano desconocida Enviada hasta su ventana, Trajo un día á la Sultana Un papel consolador.

Un Africano, jinete Sobre mi corcel del desierto, Llegó al camino encubierto Sobre el que la torre da Con temeraria osadía, Y atada á un cordón de seda La alzó hasta la celosía Diciendo: «Abrid á Abdilá.»

Al ruido que en ella hicieron Las alas de la paloma, Abre Moraima y se asoma, Y, asiéndola con placer, Mira al audaz que esto osara: Mas él huyendo, por única Despedida, en voz muy clara, Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»

Su pronta vuelta anunciaba Del Príncipe la misiva: Desde entonces la cautiva Cada noche le aguardó: Y aislada en aquella torre Y sin amigos por fuera, Á Aly-Athár y á Abdil espera Como el papel prometió.

El modo, el día... lo ignora: Espera que se los traiga La fortuna protectora, Y espéralos con afán. Mas no está sola Moraima En su torre: hay otros seres Que distracción y placeres Y pruebas de amor la dan.

Consigo (sin los que aguarda) Tiene entera su fortuna: Su hijo que duerme en la cuna, Su nodriza, esclava fiel, Y un negrito enano y mudo, Que inteligencia destella, Distracción única de ella Y ocupación sólo de él.

Ligero como una corza, Sagaz como una serpiente Y audaz como diligente, Todo lo escucha y lo ve. Leal como un falderillo, Pero con bríos de alano, Doquier se tiende el enano De su hermosa dueña al pie.

Mudo, jamás incomoda Con plática inoportuna, Pero no hay idea alguna Que no sepa él expresar. Los guardas le dejan libre Teniéndole por salvaje, Y no hay más astuto paje En el reino de Alhamar.

Ni su forma es repugnante Por sus defectos nativos, Ni sus gestos expresivos Mohines ingratos son: La gracia de su sonrisa De modo su rostro alegra, Que se lee tras su faz negra El placer del corazón.

Nada hay en él que amedrente, Nada en su exterior que extrañe; Nada en su interior que dañe; Ni expresa su negra faz La envidia, el pesar ó el odio Que otros seres imperfectos Abrigan con sus defectos En su alma uraña y falaz.

No al ver la ajena hermosura Su deformidad deplora; Ve la hermosura y la adora Con sincera admiración; Sér mezquino en proporciones Le formó naturaleza, Mas bajo negra corteza Le dió blanco el corazón.

Ve en Moraima el infortunio Y leal la compadece; Ve la hermosura, y se ofrece Del débil y hermoso sér En servicio: y admirando La beldad sin pesadumbre, Acepta su servidumbre Como justa y con placer.

Amigo, juglar y esclavo, Empléase en todo oficio Y abarca todo servicio De interior utilidad. Entretiene la tristeza Con sus juegos de destreza, Y penetra con su instinto La exterior seguridad.

Tal es la real servidumbre Que asiste á la hermosa Mora En la prisión en que llora, Corta y débil, pero fiel. Tal es el mejor amigo De Moraima, el Nubio enano Que de su amparo al abrigo Vive, y se llama Kaël.

Ahora, y mientras Moraima De tristes memorias presa En recuerdos se embelesa Asomada al mirador, Duerme el negrillo á la sombra Del lecho de la nodriza Sobre el paño que tapiza El alhamí en derredor.

Todo calla: permanece Inmoble al balcón Moraima: La noche se lobreguece, Ausente la luna ya. Ni una estrella en el espacio: Todo es silencio y tinieblas Dentro y fuera del palacio; Mudo el universo está.

He aquí que, como avisado Por algún sér misterioso, El negrillo desvelado La cabeza enderezó, Y con la boca entreabierta, Sin alentar, y clavados Los ojos sobre la puerta, Por un instante quedó.

Nada se oía: el instinto De su raza le advertía Un riesgo que todavía Se escapaba del poder De los sentidos: sólo era Voz de su presentimiento, No voz, rumor ni lamento Que oirse pudiera hacer.

Él, empero, á deslizarse Comenzó sobre la alfombra, Llegando como una sombra Hasta la puerta exterior: Mas al pegar al encaje De sus hojas el oído, Le hirió otro distinto ruido Que entró por el mirador.

Volvió un punto á su absoluta Inmovilidad, tendiendo La cabeza y conteniendo La respiración Kaël. Alumbró luego un relámpago Su mirada inteligente, Y al lejos confusamente Se oyó trotar un corcel.

Sacó de su arrobamiento Su rumor á la Sultana, Que intentó con ansia vana Las tinieblas penetrar. Kaël, por las colgaduras Trepando á la celosía, Se puso el són que traía El aire libre á escuchar.

Tal vez era algún viajero Que á ver venía á Granada, Tal vez algún mensajero, Acaso algún mercader Que, deseando temprano Ganar la alcaicería, Llegaba á la Alhambra ufano Aun antes de amanecer.

Todavía no pisaba El camino que circunda De la Alhambra la alcazaba Sombría, cuando Kaël, De la ventana saltando Con agilidad salvaje, Corrió á la puerta, aplicando El oído á su cancel.

Moraima, á sus pantomimas Y señas acostumbrada, Con impaciente mirada Explicación le pidió. Kaël, pasando una mano Alrededor de su frente É irguiéndose altivamente, Á Aixa por allí anunció.

¿Y el caballo? preguntóle La bella Mora temblando; Y al mirador señalando Y con los brazos Kaël De un ave imitando el vuelo Y leer ansiosamente Fingiendo, trajo á su mente La paloma y el papel.

Moraima, aún no asegurada De comprenderle, le hizo Su pregunta reiterada, Y él sus señas repitió. Lanzóse ella á la ventana, Mas detúvola él á punto Que á la misma puerta junto La voz de Aixa resonó.

—«Abre»—en su imperioso tono Dijo con alguno hablando: Y ante ella el portón girando, Pareció bajo el dintel. Ante su rostro severo Calló Moraima, inclinándose, Y fué á hacerla, prosternándose, Larga zalema Kaël.

Con una antorcha un esclavo Seguía de Aixa la huella; Cerró la puerta, y en ella Quedóse el esclavo en pie: Sin fijar la vista apenas En Moraima, la Africana En silencio á la ventana Con paso altanero fué.

Mas no bien á su antepecho Tocó, cuando al pie del muro, Sobre el arrecife obscuro Trotar al corcel se oyó. Asomóse Aixa: el caballo Paró en firme: cesó el ruido, Y un ruiseñor, sorprendido Tal vez al huir, silbó.

Sacando entonces del seno Aixa un torzal muy delgado Que tiene un plomillo atado Á una punta, dijo:—va,— Y por el balcón lanzóle Prestando el oído atento. Después de un breve momento, Dijeron abajo:—ya.

Recogió el torzal la Mora, Y de la bujía al brillo Fué á examinar un anillo Que volvía atado á él. Él es—dijo—y una llave En vez del anillo atando, Tornó á arrojarle, tornando Á oirse trotar el corcel.

Reinó un silencio completo Por un instante. Moraima, Con el corazón inquieto Miraba á Aixa, sin osar Interrumpirle: la esclava Con el infante dormía, Y el enanillo escuchaba, Como Aixa, sin respirar.

Quietos, atentos, callados, Parecían esculturas Ó seres que allí encantados Un Genio paralizó. Confuso luego y lejano Comenzó un rumor á oirse, Que cada vez más cercano Por grados se acrecentó.

Al principio fué un susurro Suave, como el soñoliento Rumor que produce el viento Entre las hojas: después Pareció que muchas voces Hablaban en el camino Por lo bajo, y al fin vino El són claro tal cual es.

Ruido de pasos unidos, Iguales y acompasados, Pasos de muchos soldados que avanzan con rapidez: Y Moraima, no pudiendo Contenerse, adelantóse Á par de Aixa y asomóse En silencio al ajimez.

Quitó la antorcha al esclavo Y, asiéndose al cortinaje, Al labrado barandaje Trepó con ella Kaël. Sacóla sobre el camino, Y su roja llamarada Reflejó en la gente armada Que descendía por él.

Como una inmensa serpiente Que se arrastra en la pradera, Así su movible hilera En torno ciñendo va Del regio alcázar el muro, Hasta sumirse en lo obscuro De la bóveda excusada Que sobre el camino da.

Subterráneos pasadizos Que en los cimientos macizos Labrar mandó de la Torre De los picos Alhamar, Dan á una puerta de hierro, Cuya boca honda y callada No se cansa aquella armada Muchedumbre de tragar.

Tal vez la traición ó el oro Franquean aquella puerta, Puesto que en silencio abierta Da paso al largo cordón De armados, que en ella se hunde Cual procesión de fantasmas Que unas en otras confunde Febril imaginación.

Con fiebre á su vez las veía Deslizarse una tras otra Moraima, y no se atrevía Á la Reina á interrogar, Quien con altanera calma Y semblante satisfecho, Desde el calado antepecho Las contemplaba pasar.

Como vagas creaciones De un sueño, en el subterráneo Jinetes tras de peones Se hundieron: volvió el cancel De la poterna á cerrarse, Y tras él, desde la altura, Del arrecife á la hondura Lanzó su antorcha Kaël.

Entonces Aixa, volviéndose Á Moraima, por la mano Asiéndola y con ufano Semblante detrás de sí Llevándola, el aposento Cruzó con ella callada Hasta ponerla á la entrada De su oriental alhamí.

Allí, del lecho que parte Con su nodriza el dormido Hijo de Abdilá, corrido Teniendo ante ella el tapiz, La dijo:—«Ahora, hija enteca »De un árabe, débil planta »De savia fría, levanta »Con orgullo la cerviz.

»El sol que tras de la sierra »Se elevará esta mañana, »Te saludará Sultana, »Pese el sangriento Muley. »Encrespa, pues, tu flotante »Melena rubia, leona »Real, porque tu tierno infante »Es desde hoy hijo de un Rey.»

Dijo, y comprendiólo todo Moraima en aquel momento: Mas aunque libre y contento Dentro su pecho saltó Su corazón, ante el vano Orgullo de soberano Ni aun el latido más leve En holocausto ofreció.

Abrazó, con sus caricias Despertándole, á su hijo: Mas únicamente dijo, Con inquietud juvenil, Volviéndose á la Africana: —«¿Pero supongo, Sultana, »Qué me ha traído esa gente »Á mi esposo Abú-Abdil?»

Miróla Aixa como un águila Mira, dejándola ir viva, Á una alondra fugitiva Que encuentra por su región, Con esa mirada propia De los seres colosales Que á los débiles mortales Sólo otorgan compasión.

Criaturas fuertes, y almas Todas vigor, que calculan Por el que ellas acumulan El vigor de las demás: Almas en quien arde virgen La luz de su fe divina, Mas para quien no ilumina Su luz la tierra jamás.

Seres dueños de los ímpetus De las terrenas pasiones, Que juzgan los corazones Del suyo por la virtud, Y que siguen inflexibles El carril de sus deberes, Creyendo á todos los seres Con su firme rectitud.

Seres que nacen en tiempos Indignos de ellos; de gente Que arrastra cobardemente Su existencia terrenal: Seres que bajo su siglo Se sepultan con fiereza, Sin humillar la cabeza Ante su siglo fatal.

Tal fué Aixa y tal la fría Mirada que echó á Moraima Que trémula la sentía Sobre su frente pesar: Tales estas dos mujeres Iguales sólo en fortuna: Débil cual las flores una, Otra fiera como el mar.

El silencio de un momento Que produjo esta mirada Kaël con un movimiento De alegría interrumpió. Corrió á la puerta, el oído Á sus hojas aplicando, Y ufano á los pies saltando De su señora volvió.

Pasos presurosos, rápidos Por los jardines se oían, Y luces se percibían De los vidrios á través: Aixa exclamó:—«Ahí le tienes: »Por suerte no es tan villano »Que como un perro cristiano »Venga á tenderse á tus pies.»

Dijo: mas ya no la oía Moraima, que entrelazados Sus bellos brazos tenía Al cuello de Abú-Abdil: Y el viejo Aly-Athár, que entraba Detrás del Rey, de su hija Embebido contemplaba El arrebato infantil.

Ella, soltando al esposo, Corrió á los brazos del padre, Que los abrió cariñoso, Y olvidando la ocasión En que se encontraba, en ellos La levantó como á un niño De su paternal cariño En la expansiva efusión.

Hasta los negros esclavos Que alumbraron tal escena Su emoción con harta pena Pudieron disimular. Aixa tan sólo inactiva Y silenciosa á sus brazos Con circunspección altiva Dejó á Abú-Abdil llegar.

Y le abrazó: más diciéndole: «Abdil, ya estás en el trono: »Tuyo es, y el cielo en tu abono »Contra la injusticia está: »Piensa, empero, que Aláh es justo »Y que con airada mano »Quita el trono al Rey villano »Lo mismo que se le da.

»No olvides que á la fortuna, »De los valientes amiga, »Sólo el valiente la obliga »Y huye del cobarde vil. »Como hombre, pues, sube al trono; »Mas si Aláh al fin te abandona, »No bajes de él sin corona, »Sino sin cabeza, Abdil.»

Diciendo así, la Africana Abandonó el aposento, Y ocupáronse al momento Los fuertes por Abdilá, En el silencio nocturno Sorprendiendo á los soldados Á quien los dejó fiados Muley, que hacia Alhama va.