Spanish poem
El Amante Desdeñado
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Desierta observo la feliz ventana Descanso de los brazos de mi esquiva; Ni su mágica voz se oye lejana, Ni suena su laúd, ni fugitiva Su sombra vaga en el opuesto muro, En cuyo lienzo con la noche obscuro Vierte la luz que arroja La estancia refulgente Su claridad amarillenta y roja, Mírola yo impaciente; Y haciéndome traición la fantasía Se me figura percibir abierta De un mundo de placer y de alegría La esplendorosa puerta; Y espera el corazón a cada instante Que del hermoso Edén que ve delante Mensajero aparezca de ventura Un ángel de bondad y de hermosura. ¡Ay del amante que suspira en vano, ¡Ay del que busca amor y halla desvío! Naufraga y a un bajel tiende la mano, Y se la hiere marinero impío; Y en ciego desvarío, Mientras vigor alcanza Sigue la senda cándida espumosa (Fiel símbolo de frágil esperanza) Que en la rizada superficie undosa Tras sí bullendo deja La quilla envuelta en cobre De la nave que rápida se aleja. Lucha el mísero y vence la pujanza Del piélago salobre, Que brama de que el hombre le resista; Lucha hasta que se esconden a su vista Sobre el hirviente azul la espuma blanca, Tras el hirviente azul la obscura punta Del mástil elevado. Exhala el nadador desesperado Un ay entonces que el dolor le arranca, Cierra los ojos y los brazos junta, Y entrega al mar con despechado arrojo Su cárdeno cadáver por despojo, Que se sepulta como piedra inerte; Porque la acción robándole a la muerte, Con la esperanza, en su veloz huída, De aquel hombre que fue salió la vida. Heme al pie de la reja sabedora Del congojoso afán del pecho mío, Que una sierpe abrigó que le devora. Heme aquí, donde pierdo Los ayes que en liviano desacuerdo Del triste corazón al aire envío. Sedientos de gozar mis ojos vagan Por la región fantástica risueña Donde ilusiones pérfidas me halagan, Donde feliz el ánima se sueña; Y la espalda entre tanto Vuelvo a la realidad, embebecido En el goce ideal del bien fingido: Porque es en este mar de acerbo llanto Privilegio el mayor de los mortales Poder entre el delirio y el olvido Soñar placeres padeciendo males. Y males son los que la noche anuncia Lóbrega y temerosa; Males la voz del huracán pronuncia Tronando estrepitosa; Y el rayo serpeando por la esfera, Escribe en letras de color sangriento La sentencia fatídica severa. Fuego despiden que requema el viento El macizo sillar y la ancha losa, Cual si volcán sepulto De Madrid bajo el sólido cimiento Tenaz abriese con empuje oculto Paso a la llama que su seno encierra, Taladrando las capas de la tierra. De la nube que vela el firmamento Desprendiéndose rara, el suelo azota Gruesa, pesada gota, Cuyo golpe levanta Del polvo humedecido Repugnante vapor, hálito ardiente; Con voz lúgubre canta El agorero pájaro en su nido; Del benéfico sueño abandonado, Con el cuchillo de la fiebre herido, Lanza infeliz doliente Sobre potro de pluma Penetrante gemido prolongado; Vil pesadilla abruma La mente de la púdica doncella, Germen fatal desenvolviendo en ella; Y de su labio, del coral envidia, Voz que huye, con afán articulada, Descubre las quimeras con que lidia, Y amedrenta a su madre desvelada. Gime cada morada, Que bajo cada techo Sufre en sueños fantástica tortura Quien no se agita en doloroso lecho: Y al gemir allegándose el zumbido Del aire que murmura, Y la voz del cuidoso centinela, De las nocturnas aves el graznido, Y al ronco trueno que la sangre hiela El son de religiosa campanilla Y el susurro de rezo misterioso, Que se oyen y se dobla la rodilla, Por sí temblando el corazón piadoso, Naturaleza en confusión tan fuerte Manda al hombre temer próximo daño; Y yo en delirio extraño, Provocando a la suerte A que con brazo de rigor me oprima, Quieto en la orilla estoy de la honda sima Que socava a mis pies el desengaño.
Sobrado conozco, bellísima ingrata, Que no hay en tu pecho amor para mí; Si empero piadosa te hallara mi pena, Tornárase gozo mi triste gemir. No aspiro a que empañe tus claros luceros De llanto amoroso rocío feliz, Ni pido a tu labio que trémulo se abra, Y lánguido diga dulcísimo sí. De insecto pequeño, que es átomo vivo, La estrecha pupila no alcanza a medir La curva gigante que ciñe los orbes, Y caben en ella mil mundos y mil. Tú numen de amores, tú sol de hermosura Si quiero a tu esfera la vista subir, Hundido en el polvo del suelo me miro, Y tú te me escondes detrás del cenit. Mas si es tu belleza de estirpe divina, ¿Por qué sus blasones desmientes así? Con rostro de cielo, con alma de fiera, Mirarte es amarte, y amarte sufrir. Al ídolo salta la sangre que arroja De víctima herida la humilde cerviz; Y al ídolo en vano su turbia mirada La res inocente levanta al morir. Así cada día con frente serena Los ayes escuchas, que vuelan a ti, De aquél que postrado te muestra la llaga Que hicieron tus ojos con dardo sutil. La queja del triste regala tu oído, Porque es de tu triunfo bastardo clarín: También el balido de inerme cordero Deleita a la tigre que asalta un redil. De lloro y suspiros al alma impusiste Acerbo tributo que ya te rendí: ¿No habrá una sonrisa, no habrá una mirada Que a tantos rigores dé plácido fin? ¡Ah, sí! yo confío; mi amor me asegura. Perdóname ¡oh bella! si no conocí Qué máscara adusta de fiero desvío Sagaz ocultaba legítimo ardid. Quisiste que en rudo crisol de desdenes, Mi fe sus quilates hiciera lucir: Vencida la prueba, la harás de tu seno Joyel con que adornes su puro marfil. Quizá de mi gloria ya toco el instante.— Su voz se ha escuchado, sus pasos oí. Balsámica el aura me avisa que llega, Y el alma a los ojos se quiere salir. ¡Oh! ven a esa reja; ven ya, mi señora, Y dulce tu labio de fino carmín, Vertiendo en mi pecho raudales de gozo, Le dé la esperanza de un plácido sí.
Cortó la voz al desdeñado amante Otra voz de suavísimo sonido, Lisonja sospechosa del oído, Caricia de enemigo mofador. Palabras de pasión brotando ardientes Oyó el tímido siervo a su tirana, Y creyó que al dintel de la ventana Llegar no la dejaba su rubor. «Tú eres mi único bien,» ella decía; «Tuyo es mi pecho que leal te adora; Cesa de darme nombre de señora, Que ya de tu querer esclava soy.» «Premio debido a la constancia firme, Sabré en halagos desquitar desdenes; Contigo ya mi pensamiento tienes, Y en esta mano el corazón te doy». Y viéronse dos sombras en el muro, Frente de la ventana luminosa; Y asido de la mano de su hermosa, Un doncel a la reja se asomó. Un amargo gemido a los amantes Pudo turbar en tan feliz momento; Mas le apagó con su zumbido el viento, Y la noche ocultaba al que gimió.