Versos Spanish Juan Eugenio Hartzenbusch En La Inauguración Del Instituto Español

Spanish poem

En La Inauguración Del Instituto Español

by (1806–1880)

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Cual es la criatura De tantas como encierra La doble inmensidad de mar y tierra; Cuál es el triste ser a quien natura Los dones de su amor de suerte tasa, Que de madrastra rigurosa y dura Con él parece codiciar el nombre?— Pródiga para todos, sólo escasa, Sólo injusta y cruel es para EL HOMBRE. Le negó la firmísima pupila Del ave que a su antojo, Cerniéndose en la atmósfera tranquila, Examina del sol el disco rojo: No le armó con la planta Del fugitivo ciervo Que al viento se adelanta; No con la garra del león, ni diole Del coloso selvático la mole: De nombre rey, por su impotencia siervo, De riesgos donde quiera Y enemigos sin número cercado; Al verle de pujanza desarmado Con que su ruina el infeliz estorbe, Mejor imaginársele pudiera Nacido más para manjar de fiera Que para dueño y árbitro del orbe. Él es, empero, su señor. Su mano, Si tan débil por sí, tan desvalida, Con otra y otra y ciento y mil unida Se reviste de impulso soberano, Y desata el indómito torrente De fuerza a cuyo empuje, Redoblado y creciente, Junta la creación resiste en vano. Por el hombre vencido, el tigre ruge, Y dócil a la rienda y acicate Se mueve el alazán; el hombre abate Y ahonda el recio pino, Y tremolando en él tirantes lonas, Sobre el inquieto campo cristalino Lanza flotante puente Que une entre sí las apartadas zonas: El trueno aterrador copia a la nube, Y a la tierra el volcán; en sus entrañas Negro polvo escondiendo, Lo incendia; estalla, y con bramido horrendo Desquicia la explosión y al cielo sube, Cual brizna leve de menudas cañas, Deshechas en ceniza las montañas. Con la preciosa herencia De la anterior generación uniendo Su caudal todas de poder y ciencia, Veloz el hombre sin cesar camina Por ardua senda que su mano allana, Sediento de arribar al alto punto Límite del saber y dicha humana, Barrera entre el Eterno y su trasunto, Solio que al del empíreo se avecina; Y aquel mísero ser a quien mezquina Dotar nos pareció naturaleza, Formándole de intento Símbolo derisorio de flaqueza; Ese mismo, tan débil cuando SOLO, Erguida la cabeza, Domina EN SOCIEDAD de polo a polo; Y alza su omnipotente pensamiento Ya tan audaz el vuelo de sus alas, Que osa en el aire suspender escalas, Y amenaza asaltar el firmamento. Así los rayos fúlgidos de Apolo, Que en la diáfana bóveda perdidos Esparcen solamente Blando calor, aliento del viviente, En el foco oprimidos Del espejo de Arquímedes ardiente, Se truecan en centella destructora, Que árboles, piedras y metal devora. Ved cuál de Siracusa Se agolpa en las almenas Muchedumbre que al mar mira confusa. Tiembla el guerrero, su consorte llora. « Los bajeles,» exclaman «son aquéllos De Roma, de la bárbara invasora: Suspendidas se ven de sus entenas, Y prontas a cebarse en nuestros cuellos La vara, y la segur, y las cadenas.»— Un hombre el rayo de la ciencia vibra, Y de tiranos a su patria libra. Ved cómo el brazo tiende Con el escudo fulminante armado, Cuya llama voraz el aire enciende. Paradas en su vuelo arrebatado Caen en polvo las marinas aves; Las olas hierven; las soberbias naves Nadante hoguera son. Hórrida grita Por entre el humo suena, Y en temerosos ecos se difunde. Si el romano en el mar se precipita, Síguele el fuego allí: la escuadra se hunde; Siracusa la frente alza serena Y adora al hombre que su ruina evita, Y en recia voz que el júbilo levanta, Su libertad y su victoria canta. Pero triunfos sangrientos y crueles No son de ambicionar. Sendas de gloria Varias el hombre ante los ojos mira: Ramos en sus vergeles La madre de las Musas, la Memoria, Ramos guarda de plácidos laureles Para el compás, y la paleta, y lira. Adoradores fieles Somos del genio que el saber inspira, Y a coronas pacíficas aspira Nuestro común afán. También recata La sociedad en su agitado seno Monstruos que al respirar vierten veneno, Que contamina y mata. Crimen, error y tedio forman liga Contra el ínclito ser que siente y piensa: Torre aquí se levante de defensa Donde su diente vil no nos persiga. Aquí sus luces el saber derrame, Su asilo mire aquí la desventura, Despliegue sus encantos la hermosura, El ingenio se inflame, Y ardiendo de virtud en llama pura, Palpite el corazón, admire y ame. ¡Grande empresa en verdad! A darle cima No será nuestra fuerza poderosa; Pero español aliento nos anima, Y el mágico mirar de tanta hermosa. ¿Quién en ignoble ociosidad reposa; Quién al saber no da vigilia inmensa, Por lograr de unos labios hechiceros, Escondida entre aplausos lisonjeros, Una tierna sonrisa en recompensa? Obra final del Hacedor divino, Culto de numen la mujer merece: Por ella nuestra vida se embellece, Y enseñarnos tal vez es su destino. Al lanzarnos nosotros por la vía Que allá a la cumbre guía Donde bañado en resplandor descuella De HUMANIDAD Y CIENCIA el doble templo Ya en él la planta sella, Coronada la sien, AUGUSTA BELLA, Que con la voz nos llama y el ejemplo. De virtudes y genios reverente Cerco la ciñe en torno, Que cien guirnaldas a la regia frente Solícitos ofrecen por adorno, Colocando a sus plantas en trofeo Las insignias de Apeles y de Orfeo. Constante bienhechora De la grande nación que en ella adora, También del INSTITUTO es esperanza, Cuando al nacer alcanza Que le tienda su mano protectora. Crezca, pues, a su sombra guarecida, Esta que planta débil abre el suelo, Y riéguela el sudor de nuestro celo; Que día llegará que se alce erguida, Y en tronco agigantado convertida, Superior a las nubes se remonte, Embarazando con su verde pompa El ámbito del cóncavo horizonte. Brío mayor a la constancia nuestra Los obstáculos den; no haya fatiga De arredrarnos capaz, hasta que rompa Las auras con los ecos de su trompa Justa la fama, y diga Que la labor de nuestra firme diestra Rinde a la sociedad precioso fruto, Y es digno de su nombre el INSTITUTO.