Spanish poem
El mediodía
by Julio Zaldumbide Gangotena (1833–1887)
I
En la amena floresta de un bosquecillo, se alza la espesura, do el ardor de la siesta se templa, do murmura una de humilde vena fuente pura.
Allí, cuando subido el sol a la mitad del alto cielo, cuando más encendido su ancho disco sin velo el aire enciende y abochorna el suelo.
Del césped en la alfombra suelo sentarme de frescor sediento; un árbol me da sombra, blanda música el viento e ilusiones el vago pensamiento.
Allí, el sauce, agitando su ramaje de plácida verdura recrease mirando su halagüeña hermosura en el espejo de la fuente pura.
Copa el cedro elevada esparce en la región do el viento mora: parece levantada mano abierta que implora dulce rocío a la celeste aurora.
Y allí el de los amores favorito gentil la frente umbrosa levanta, y en las flores derrama la amorosa sombra que plugo a la más bella diosa.
Y en dulce compañía otros árboles crecen allí unidos; y allí la melodía de mil vagos ruidos el ánimo suspende y los sentidos.
II
¡Oh, cuán dulce es oír los rumores de las hojas, del céfiro lira! ¡Oh, cuán dulce aspirar de las flores la fragancia que el éxtasis inspira!
¡Oh, qué grato escuchar de la fuente el suspiro que apenas murmura! ¡Oh, que dulce sentir su frescura! ¡Oh, que dulce sentir su frescura!
¡Y qué dulce y qué grato y qué hermoso, entre aromas y paz y armonías, no sentir el volar fatigoso, no sentir el valor de los días!
¡Y dejar deslizarse serena esta amarga, esta mísera vida, como huye esa fuente en la arena, en un sueño de paz adormida!
¡Y vivir sin que llegue al oído a turbar el silencio profundo de los hombres el vano ruido, de ese mar que llamamos el mundo!...
¡Oh!, ¡si aquí, bella Cintia estuvieras, si al aroma del aura tu aliento, y tu voz amorosa añadieras al murmullo del agua y del viento!
¡Si al matiz de estas flores juntaras de tu labio el color purpurino; si este bello jardín hermosearas con tu rostro apacible y divino!...
¿Sacrificas la paz de tu alma a esa vida de tristes pesares? ¿No apeteces del cuerpo la calma? ¿Te es tan grato el bullir de esos mares?...
Aquí todo es amor, todo amores: Ama el árbol, el ave y la fuente; aquí amar aconsejan las flores, y lo enseña la tórtola ardiente.
Aquí habita el placer en las rosas, do quier vaga un deleite sin nombre, dice el céfiro aquí tales cosas, que no dice la lengua del hombre...
III
¡Ven, Cintia, ven! A mi amoroso lado. Aquí, solos los dos, sin más testigos que las aves, los árboles y el prado, silenciosos amigos de secretos amores, me amarás con más fe, con mayor fuego. Huye el aliento de ese mundo impuro que cuanto toca lo corrompe luego: aquí tu corazón será tan puro como este cielo es puro y son las flores...
Y tú, dejando aparte esos adornos que inventara el arte de necia vanidad, y engalanada con la sencilla flor que la luz cría del alba nacarada, más hermosa serás que nunca fuiste. El fastidio, el dolor, la duda triste: eso el mundo te da; Naturaleza te ofrece aquí la paz y la alegría junto con la inocencia y la belleza...
IV
Mas, ¿a dónde me llevas en tu blanda corriente, oh desvarío?... ¡No! tus alas no muevas, oh, pensamiento mío, a do has de hallar el desengaño impío.
Vuelve, vuelve a los senos de este ameno recinto; libre gira por ellos, que a lo menos aquí nunca se mira oculta la traición y la mentira.
Ve al prado, al cielo puro, al solitario monte, al bosque umbroso y volarás seguro; mas nunca al borrascoso mar de los hombres vayas ambicioso.
Porque allá el viento insano de las pasiones mueve el desconcierto; y buscarás en vano allá tranquilo puerto: aquí lo tienes más seguro y cierto.