Spanish poem
La eternidad de la vida
by Julio Zaldumbide Gangotena (1833–1887)
Versos dedicados a mi amigo Juan León Mera.
I
Cosas son muy ignoradas y de grande oscuridad aquellas cosas pasadas en la horrenda eternidad, por hondo arcano guardadas.
¿Quién pudo nunca romper de la muerte el denso velo? ¿Quién le pudo descorrer, y en verdad las cosas ver que pasan fuera del suelo?
Que por fallo irrevocable padecemos o gozamos los que a otro mundo pasamos, es cuanto de este insondable alto misterio alcanzamos.
Si medir nuestra razón procura, ¡oh eternidad!, tu ilimitada extensión, ¡qué flacas sus fuerzas son para con tu inmensidad!
Sube el águila a la altura del vasto, infinito cielo; medirle quiere de un vuelo; mas, toda su fuerza apura, y baja rendida al suelo.
Así el loco pensamiento se encumbra a medirte audaz; mas se apure su ardimiento, y abate el vuelo tenaz al valle del desaliento.
II
En verdad que da tormento este funesto pensar: ¿En qué vienen a parar esas vidas que sin cuento vemos a la tumba entrar?
En la tumba, de los seres precisa fin pavorosa, remate así de placeres como de los padeceres de esta vida trabajosa.
En la tumba, oscura puerta cuya misteriosa llave vuelve con la mano yerta la muerte; playa desierta de donde zarpa la nave,
de la vida a navegar con brújula y norte inciertos en no conocida mar, mar sin fondo, mar sin puertos, ni ribera a do abordar.
III
¿Qué es morir? ¿Qué es la muerte? «Oscura nada, triste aniquilación», dice el ateo. ¿Todo ser en la tumba se anonada? ¡Error, funesto error! Yo en ti no creo.
Si este que siento en mí soplo divino dentro la huesa en polvo se convierte; si la esperanza de inmortal destino se disipa en las sombras de la muerte;
fuera entonces de Dios dádiva inútil esta triste existencia de un momento, que se disipa como un sueño fútil, o como el humo vano en vano viento.
¿A qué este don de penas y quebranto? ¿A qué darnos la vida, conducirnos por un desierto de dolor y llanto, y para siempre al cabo destruirnos?
¡No puede ser! El hombre desdichado, de gusanillo que se vio en el suelo, en mariposa angélica trocado, de la lóbrega tumba vuela al cielo.
IV
Y ¿a dónde va quien deja nuestro mundo? ¿A dónde el que en tu sombra, muerte, escondes? ¡Jamás a esta pregunta, tú, profundo silencio de la tumba, me respondes!
¿Sus lazos terrenales se desatan? ¿Se acuerda del humano devaneo, o todos sus recuerdos arrebatan las soporosas ondas del Leteo?
¿Está por dicha con la eterna unida esta rápida vida que se acaba? ¿O allá el amigo la amistad olvida, y el amante también lo que adoraba?
El amor, la amistad ¿son vanos nombres que borra el soplo de la muerte helada? ¿Del alma, que no muere de los hombres, son ilusión no más, sombras de nada?
V
Oigo una voz que eleva el alma mía, voz de inmortal y de celeste acento: «¿Qué a mí, la muerte ni la tumba fría?», dice hablando secreta al pensamiento;
«¿Piensas que la segur que hace pedazos »las cadenas que al cuerpo sujetaron »mi esencia divinal, los demás lazos »rompe también, que al mundo me ligaron?
»¿Piensas que del amor, que fue mi vida »en la vida del mundo, me despojo »estando al otro mundo de partida, »cual de la arcilla que a la tumba arrojo?
»¡No! No es capricho de la carne impura »la amistad, o de amor la llama ardiente; »del espíritu si la efusión pura, »y el espíritu vive inmortalmente.
»Y así a la eternidad lleva consigo, »cuando abandona su terrestre estancia, »amor de amante, o amistad de amigo, »sujetos nunca más a la inconstancia».
VI
Sí, ¡dulce voz! Cuanto me anuncias creo; quien en ti cree espera y vive en calma, seas la voz mentida del deseo, o la voz del oráculo del alma.
Triste de aquel que los oídos cierra, y cierra el corazón a tu consuelo. ¿Qué tendrá el infeliz acá en la tierra, si la esperanza le faltó del cielo?
Noche será su triste pensamiento que el negro ocaso ve, mas no la aurora; en su pecho la muerte hará aposento, anticipada a la postrera hora.
Que será como sombra ver la vida, como sombra el placer que llega y pasa; ver la dicha en el mundo tan medida, ¡y no esperarla alguna vez sin tasa!...
Sí, ¡profética voz! tu acento tierno llega a mi corazón, consolatorio; tú en la muerte el placer pintas eterno, y el dolor en la vida transitorio.
Por ti el amor que aquí se desvanece cual tierna flor que se deshoja al viento, más allá de la muerte reflorece de las eternas auras al aliento.
Tú la dicha nos pintas duradera, y la gloria del cielo en lontananza, borrada del sepulcro la barrera, y trocada la muerte en esperanza...
¡Bella esperanza! cuando ya cercano me hallare yo a la tumba apetecida, mis ojos cerrará tu dulce mano, y olvidaré el tormento de la vida.