Versos Spanish Julio Zaldumbide Gangotena La noche

Spanish poem

La noche

by (1833–1887)

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¡Oh noche! ¡Oh madre de la luz! Ahora tú reinas en los ámbitos del cielo; lejos huyó la luz deslumbradora, cayó el rumor que levantaba el día, y en tu regazo inmóvil duerme el mundo.

En el silencio general profundo, ni se ve ni se siente el sordo vuelo de tus calladas horas. Honda calma reina doquiera, y dentro de mi alma. Y ¡qué insólita calma! Noche pía, tú me la infundes por la vez primera, yo en otro tiempo al bullicioso día, perseguido de insomnios, le imploraba que te usurpase el mando de la esfera. Yo en su bullicio mi dolor ahogaba, y en su inquietud mis penas aturdía; mas en tu muda soledad me hallaba a solas con mi triste compañera, la fiel tristeza; y me donaba el sueño su deseado olvido y su beleño.

La paz ahora envías a mi seno, y mis insomnes penas adormeces; plácenme ya tus sombras, tu sereno imperio en el espacio de astros lleno. Ahora te bendigo, ¡noche augusta! Ya el tardo vuelo de tus graves horas no más maldecirá mi boca injusta; no iré a turbar tu plácido reposo, ni a lastimar tu adormitado oído, rompiendo tu silencio majestuoso por entregar pesares al olvido en bullente festín o impura orgía, de tu quietud profanación impía.

Más noble ocupación, más digno empleo daré a tus horas de silencio y calma. Los innúmeros astros que en ti veo, las bóvedas del cielo majestuosas, páginas son en que asombrado leo y aprendo ahora sobrehumanas cosas; en las alas del éxtasis mi alma arrebatada va de mundo en mundo: vuela, sube, desciende, vaga, gira y mide la magnífica estructura del universo; y reverente admira en concierto inmortal, maravilloso con que los astros rompen esa pura región del cielo en giro luminoso.

Esta quietud universal, profunda, el vago horror de las calladas sombras, la muchedumbre de astros infinita que del cielo los ámbitos inunda; dentro infunden del alma que medita dulce contemplación. El firmamento es un libro de arcanos do se aprende la ciencia de las ciencias, libro santo abierto sólo al noble pensamiento que a buscar la verdad su antorcha enciende, que a las regiones de la luz se lanza, y en pos de aquellos mundos vuela tanto que al más remoto en raudo vuelo alcanza.

¡Oh, qué bajo, mezquino y miserable noto este mundo lóbrego en que habito, cuando miro la suma innumerable, y en la grandeza y número medito de esos mundos de luz! ¡Cuánto disuena, este que el hombre mueve vano estruendo, en la música aérea y armonía con que del viento en la región serena giran los otros orbes, dividiendo en sempiterno revolver las horas entre la noche y el brillante día!

¡Cuántos soles allá con su luz pura los senos del espacio iluminando! ¡Ay, pero aquí... qué noche tan oscura! ¡Qué inmensidad y qué magnificencia miro allá desplegarse anonadando la oscura y vanidosa humana ciencia! ¡Qué pequeñez aquí; y a la par, cuánto de afán, tumulto, estruendo y turbulencia! Dos elementos sin cesar se agitan debajo las estrellas silenciosas: la humanidad y el océano; el mundo les viene estrecho; airados se impacientan, y traspasar sus límites intentan; al abismo sus ondas precipitan, hasta el cenit las alzan vanidosos; mas por rocas eternas quebrantadas en vana espuma sin cesar revientan. ¡Tanto tumulto en tan pequeño mundo! ¡Tanta soberbia en tan humilde estado! ¡Qué alzarse desde el suelo tan profundo! ¡Qué ambicionar desde tan bajo grado!... Hombre insensato, alza los ojos, mira al estrellado, augusto firmamento; cuenta sus astros, su extensión mensura, y dime si tu orgullo es más que viento; más que hinchazón soberbia tu arrogancia, tu impotente ambición más que locura, y todo tu saber más que ignorancia. Pon el oído, a ese lenguaje atiende, mudo, pero elocuente de los cielos. En él la voz de la verdad desciende, y esa voz rompe los oscuros velos que ofuscan tu razón, la nube ahuyenta de tus pasiones, y a la luz radiante de esas celestes lámparas, que alumbran del espacio los senos más profundos, el universo entero se presenta a tus pasmados ojos, te deslumbra, se postra ante él tu orgullo confundido, y te miras un átomo, habitante del más oscuro mundo de los mundos, en la infinita inmensidad perdido...

Mira a lo alto otra vez, observa el giro interminable, eterno, que los astros por caminos celestes de zafiro hacen dejando luminosos rastros. Allá la eternidad pasma tu mente. Vuelve ahora los ojos a este suelo, y abate humilde la orgullosa frente, mira la corta senda oscura y triste que te aparta la tumba de la cuna, y observa con qué raudo y presto vuelo, y a costa de qué penas, de la una a la otra vas... Aquí tus ojos hiere la fatal brevedad de lo que existe en tu vida y con ella fugaz muere. ¡Oh, qué contraste doloroso al alma salta ahora a mis ojos, imprevisto! ¡Estrellas inmutables, silenciosas, gloria inmortal y luz del firmamento, cuántos desde el principio de las cosas, pueblos, generaciones habéis visto nacer, crecer, morir y sucederse como las olas de la mar, sin cuento! La tierra con sus pasos agitaron, su hirviente muchedumbre llenó el mundo; y en el tiempo veloz se disiparon, cual leve polvo al impetuoso viento...

Todas, todas han ya desparecido, y otras y otras vendrán innumerables; vendrán, y se hundirán en el inmenso y silencioso abismo del olvido, que lo devora todo y no se colma. Y vosotros, en tanto, los profundos, los más remotos cielos inmutables seguís con igual luz iluminando, que en el día primero de los mundos. Extrañas a la muerte de los hombres, extrañas aun a su vivir y nombres, cual lámparas eternas y divinas el horrendo espectáculo alumbrando de tantas y tan míseras ruïnas.

¡Qué vanas son las cosas de la vida vistas así, a la luz de las estrellas, a la luz de lo estable y lo infinito! ¡Cuánto más vanos, ay, los hombres que ellas! ¡Placeres que del mundo sois las flores, cual las flores vivís un fugaz día! ¡Glorias que sois del mundo la grandeza, sueños sois del orgullo engañadores!... ¡Oh!, ved al hombre; ved a este orgulloso rey del vasto universo: juzga el mundo su trono; el encumbrado firmamento, de su trono el dosel esplendoroso. Son la gloria y la ciencia sus blasones, y los escudos son de su nobleza: Gloria y ciencia es el título que pone el regio cetro en su potente mano, la corona del mundo en su cabeza... ¿Y qué cosa es su ciencia, y qué su gloria? Su ciencia es débil luz que alumbra en vano oscuras sombras que a romper no alcanza, y muestra un caos de tinieblas lleno, de tinieblas más densas que no tuvo el ciego Erebo en su más hondo seno. Su gloria... ¿qué es la gloria de los hombres? Allá se lo pregunta a las estrellas, ellas te lo dirán: la fama en ellas con eterno buril graba los nombres de los mortales dignos de memoria...

Misterioso silencio es su respuesta... Mas ¿qué te importa a ti? ¿Qué mayor gloria que el ser para ti sólo hecha y compuesta esta asombrosa máquina de mundos? Tuya es la creación, rey soberano: la tierra es tu palacio; ignoras dónde de tu dominio el término se esconde; tuyo es el universo, alza la frente espacia tus miradas orgullosas por el vasto, encumbrado firmamento; las estrellas que ves esplendorosas, las que ver no te es dado, y las que en vano pretendiera alcanzar tu pensamiento, súbditos son de tu potente imperio, tu ley gobierna su ordenado giro, brillan para tu bien. El rayo ardiente que el cielo airado sobre ti fulmina, el mal granizo que tus campos daña, los vientos que en los mares te sepultan, el volcán que tus obras arruina, parece, sí, que tu poder insultan, mas son para tu bien; y su guadaña, ¡oh feliz colmo de felice suerte!, para tu mismo bien blande la muerte...