Spanish poem
La mañana
by Julio Zaldumbide Gangotena (1833–1887)
Leve cinta de luz brilla en Oriente, como la fimbria de oro del ropaje del sol resplandeciente; y éste es el nuncio de la luz del día. El pueblo de las aves que dormía en el regazo de callada noche rompe el silencio en armonioso coro, y un cántico levanta al que infalible su cotidiano sol al mundo envía.
Raya el alba; las sombras que esparcidas por los aires, tejían silenciosas el tenebroso velo en que yacía envuelto el ancho suelo, ciegas ante la luz y confundidas se rompen, al ocaso retroceden, y el espacio y el cetro al día ceden. Recoge el manto la vencida noche, y aparece triunfante entre aplausos y goces de victoria, en su inflamado coche, el Rey del Cielo espléndido y radiante.
Cunde al punto la luz de la mañana, se alegra el valle, el monte resplandece, la niebla que en la noche cubrió el suelo se rompe fugitiva y desvanece, o en ondeantes penachos sube al cielo. Bulle el viento en los árboles sonoro, brilla en las verdes hojas el rocío, murmura el arroyuelo entre las flores dulce, y más osado rumor levanta el impetuoso río; allá resuena la floresta umbría con el alegre, bullicioso coro de pájaros cantores.
Despiertan la cabaña y la alquería; del humo del hogar al cielo sube la doméstica nube, y la vista recrea el afanar del laborioso día: ya el labrador empuña el curvo arado, y alegre con la idea de la futura henchida troje, rompe el seno inculto del fecundo suelo, poniendo la esperanza y el cuidado en el labrado surco y en el cielo; se abre el redil y saltan las ovejas y vanse por el campo derramadas la tierna grama que mojó el rocío paciendo regaladas. Allá se agita, la afanosa siega y la dorada espiga al corvo diente de la hoz entrega el precioso tesoro, galardón del sudor y la fatiga.
¿En dónde estás ahora, oh noche, ciega noche engendradora de larvas espantosas? ¿Dónde llevaste ya tu triste luna, y tu corte de estrellas silenciosas? Éste es él sol, que el alto cielo dora. Éste es el sol, que viste la campiña de espléndidos colores: pintadas brillan a su luz las flores; a su luz resplandece la vívida esmeralda de los montes, y aspirando en su luz Naturaleza de inmortal vida el poderoso aliento, rejuvenece su inmortal belleza.
Éste es el sol, a cuya luz el mundo sacude el sueño que durmió profundo en tu regazo, oh noche, y resonante gira de nuevo en su eje de diamante, lleno de juventud, de vida lleno, como en aquel primero día, cuando el ciego Caos fecundó tu seno, y echaste dél afuera la creación entera que giró en los espacios rutilando.
¡Salve, oh tú esplendoroso Rey de los otros orbes, sol fecundo! Mi voz con la del mundo, salve, te dice, genitor glorioso de toda vida y todo ser que encierra, por cuanto abarcas en tu luz, la tierra.
¡Cuán de otra suerte, oh sol, te saludaba cuando yo, de los hombres en el común tropel iba mezclado, de la ciudad habitador hastiado! El corazón marchito, el alma fría, cegada ya la fuente del entusiasmo, y el estéril tedio consumiendo la flor de mi existencia, mi juventud amada.
Tal era yo aquel tiempo, y tal vivía; y entonces maldecía tu refulgente luz, tu luz sagrada porque ella no traía placer al alma, ni al dolor remedio.
¡Ya ese tiempo pasó!... Hora que el cielo, propicio en fin, mis votos ha cumplido, dándome horas de paz, serenos días; húndase en las tinieblas del olvido esta de gran dolor época fiera; no vengan sus recuerdos a acibarar mis dulces alegrías: regenerado estoy, y no quisiera la idea conservar de lo que he sido.
A ti, naturaleza, esta que siento inmensa vida rebosar en mi alma, a ti la debo sola; tú eres fuente de vida inagotable: el pecho triste que se marchita al abrasado aliento.
De mundanas pasiones, bañado en ti, renacerá al momento al perdido vigor y nuevamente encontrará perdidas emociones. El infelice que bebió del mundo el cáliz del dolor emponzoñado, el labio ponga en tu raudal fecundo y beberá el placer... Naturaleza, tal hice yo, y en mí nuevo infundiste gozo, desconocido a mi tristeza; por ti mi herido pecho desmayado vuelve a latir y en nuevo ardor se inflama, y por ti en fin mi espíritu cansado que aborreció la vida, ¡ya la ama!