Versos Spanish Manuel Bretón de los Herreros El Anónimo

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El Anónimo

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Aborto infame de la negra envidia, Yo te maldigo, Anónimo cobarde, Pérfido aun a ti mismo en tu perfidia; Que nunca de tu triunfo harás alarde, O dejas de existir si el hondo arcano Ve a tu pesar la luz temprano o tarde. ¡Y Dios permite que felón villano Con ingrata labor la pluma fuerce Contra el usado giro de la mano! Mas quien péñola y mano así refuerce Harto muestra el atroz remordimiento Con que su industria tenebrosa ejerce. ¡Triste el placer que nace en el tormento! ¡Miserable el artífice que duda Si le herirá rebelde el instrumento! Con estéril afán trasnocha y suda; Y en calma yace el indefenso blanco, ¡Y él tiembla al disparar flecha sañuda! Si la cara mostrase al aire franco Pudiera ser que, en pago del insulto, Del brazo aleve se quedase manco. Bien hace si no fía en el indulto; Mas ni en el mal que avieso premedita Deleitarse podrá guardando el bulto; Luego es tradición inútil y gratuita La suya, y revolcándose en el cieno El reptil de más noble se acredita; Que cuando muerde descuidado seno Suya es la lengua al fin con que iracundo Filtra en la humana sangre su veneno; Y tras de un picotazo da el segundo, Y en buena lid la indignación arrostra De quien puede aplastar su cuerpo inmundo. ¡Hombre que hoy se empareda cual la ostra Para herir a mansalva a un individuo, Mañana ante sus pies la frente postra; ¡Y torpe histrión y adulador asiduo Mientras aguza el ponzoñoso dardo Mendiga de sus platos el residuo! Por dicha ya el Anónimo bastardo Tanto su filo embota con el uso Que semeja a la espada de Bernardo. Si uno al leerlo se acongoja iluso, Arrojándolo al sucio basurero Ciento se mofan del libelo intruso. No en dar con un papel tósigo fiero El ocio engaña, no, quien fuerza y brío Tiene para asestar golpe certero. Mas tal a quien no da calor ni frío De enemigo tan cauto en su ojeriza El necio y jactancioso desafío; Tal a quien no acobarda una paliza Mientras sólo en torcidos caracteres Su adversario traidor la simboliza, Si indigno soplo amarga sus placeres, Tiembla y en cada informe garrapato Le punzan mil agudos alfileres. ¿Quién duerme en paz si en suculento plato Teme que seducido el cocinero Le aderece un funesto asesinato? ¿Quién si le obliga el delator artero A confundir misántropo y adusto Al amigo falaz con el sincero? Poetas que inventáis a vuestro gusto De las Danaides el botijo roto, Y el potro, que no lecho, de Procusto; Los que movido habéis tanto alboroto Con el buitre que saja a Prometeo En presencia de Láquesis y Cloto; Decidme si no es digno del Leteo El horrible suplicio de que os hablo..., Amén del real que cuesta en el correo. ¡Y Dante te olvidó siendo del diablo Obra maestra, Anónimo precito! Vale todo un infierno este vocablo. ¡Y no hay ley que prevenga tal delito! ¡Y no hay para el bribón que lo perpetra Un asno, una coroza, un sambenito! Portador de un embuste en cada letra, Más daño hace tal vez que guerra o fuego En la casa infeliz donde penetra. «Podré ahuyentar su dicha y su sosiego», Diría un embozado libelista, Si osara hablar; «mas ¿con embustes? Niego. »Larga es de los Anónimos la lista En que se miente a roso y a velloso; Mas yo de la verdad sigo la pista. »Decirla es sin embargo peligroso, Y al débil, si el Anónimo condenas, Entregas a merced del poderoso». ¡Error! Ni aquí, ni en Roma, ni en Atenas, Ni ayer, ni hoy, ni jamás el oprimido Ha roto con pasquines sus cadenas; Que, o no llegan del déspota al oído, O entre el fausto y la crápula insolente Los sentencia al desprecio y al olvido. Pregunta a aquel esguízaro valiente Que de Gesler el gorro escarneciendo El yugo sacudió de Austria potente; Pregunta al siciliano que tremendo Al resonar el consabido salmo Hízole coro con marcial estruendo; Y a aquel que, convertido por ensalmo De idiota en héroe, al violador Tarquino No dejó del imperio un solo palmo; Pregúntales si Anónimo mezquino El arma ignoble fue con que su diestra Abrió a la libertad ancho camino. Cuando a la luz del hielo no se muestra, La verdad, hija suya, se denigra. O calla, o sal osado a la palestra. No la ama, no, quien vergonzante y pigra La arrastra por vereda tortuosa Pensando en si peligra o no peligra. La verdad verdadera es animosa, Manteos de murciélago rehúsa Y a la escuela no va de la raposa. ¡Pícaro siglo que de todo abusa! Su faz ostenta la procaz mentira, ¿Y la santa verdad irá a la inclusa? «Pero el amor del bien tal vez inspira Esa cautela que tan rudo acento Hoy arranca a las cuerdas de tu lira. »Tal vez una verdad dicha con tiento Excusa al hombre honrado una desgracia Y consigue de un tuno el escarmiento. »¿Culparás que mi anónima eficacia De un contador voraz liberte al fisco Por él robado con impune audacia? »¿No quitaré la máscara a Francisco, Que siendo un malhechor de tomo y lomo Ve alzar a su virtud un obelisco? »¿He de sufrir que el cándido Jeromo Tanto alabe a su púdica consorte, Si sé que se la pega y cuándo y cómo?» ¡Oh! ¿Y sabes si denuncias en la corte Las rapiñas de lobo financiero A quien un tanto cobra del importe? Si el pueblo a algún malvado trapacero Estatuas funde y monumentos labra Cual Roma un día a Tito y a Severo, Calla y déjalo estar, hijo de cabra; Que hoy a un ídolo humilla el incensario..., Y mañana con él le descalabra; Y, pues que tenga alguno es necesario, Quizá, en el cambio pierda más que gane Si Juan releva a Pedro en el santuario. Y ¿qué te importa a ti, cabeza inane, Que, aunque la suya acuse a don Sempronio, Con su ventura conyugal se ufane? Pues ¿no ves, amanuense del demonio, Que o da golpe cruel o golpe en vago Quien se mete a infernar un matrimonio? Sabe o no un marido que el halago De su mujer le usurpa un mozalbete Mientras él hace viajes a Buitrago; Si lo sabe (y de diez lo saben siete), Pierdes papel y tiempo; si lo ignora, Le asesina tu anónimo billete. ¡Al abrir él los ojos en mal hora Caerá de su beato Paraíso..., Y no se enmendará la pecadora! Que rete a su rival será preciso; No sin pena tal vez, porque es amable Si los hay en el mundo el don Narciso. Y como barco sin timón ni cable En mar bravío, sin defensa, ¡oh grima! Su busto entrega al enemigo sable; Que él lego, y el galán docto en la esgrima, Bien puede ser que, amén del cornificio, Horrendo chirlo en la nariz le imprima. Y enredado en los trámites de un juicio Él sufrirá la pública chacota Antes que ella la pena de su vicio. Y en vano, en vano su indeleble nota Pretenderá borrar el desdichado Con autos de la Audiencia o de la Rota. «Días ha con el dedo señalado A jovial cuchicheo daba asunto En teatro y café, tertulia y Prado». ¿Y qué? La misma mella que a un difunto Le hacía, venturoso en su ignorancia, Servir de mofa al universo junto. Tal vez con inocente petulancia, Satirizando él mismo a sus cofrades, Convertía las pullas en sustancia. Cuando de error tan dulce le disuades, A pretexto de hacerle un beneficio Cometes la mayor de las maldades. ¡Ay! ¿No es triste merced, flaco servicio, Excitarle a dudar si el predilecto Benjamín es auténtico o ficticio? Le oyes clamar don paternal afecto: «¡Qué mono! ¡Un serafín!... ¡He aquí mi obra! ¡Su rostro no desmiente al arquitecto!» ¿Y no te duele su mortal zozobra Si, por ti descubierta la maraña, Pierde esa fe que nunca se recobra? Es caridad, ¡por Cristo!, bien extraña Hacerle ver que le semeja el niño Cual se parece un huevo a una castaña. Ni a lastimarme del papá me ciño. ¿No consideras que el muchacho tiene, Si uno en el nombre, dos en el cariño? No un soplo que sus días envenene Saque por tu oficiosa tontería De su dichoso engaño al pobre nene. ¡Ay! de rubor su frente no cubría Amando al sandio padre putativo; Que su puro candor salvo le hacía. Pero ¡trocar por él, chivo o no chivo, Otro que, aunque en secreto lo declare, Por tal no consta en parroquial archivo!... Y, como el hombre al fin no es el que pare, Caviloso quizá no le prohíje Y en su triste orfandad le desampare. Con harta causa el mísero se aflige. Ayer, ¡oh peripecia! tanto mimo; Y hoy ¿a quién colgaremos este dije? Vuelvo al papá y el vástago suprimo. ¿No tiemblas al pensar que el sustituto Era también su tutelar arrimo? ¿Qué olivar ni qué viña dio más fruto Al sudor del colono que su boda? ¿Por qué llegó a intendente siendo un bruto? ¿Quién hizo de su casa una pagoda, Con tanta y tanta ofrenda enriquecida, Y a su mujer la reina de la moda? «¡Ay, dirá con conatos de suicida, Confunda Dios al temerario amigo Que rasguñó esta carta aborrecida! »¿Qué le hice yo para chocar conmigo? Abrevado de penas y sonrojos, De culpa ajena sufriré el castigo. »Si es tarde ya para poner cerrojos mi robado honor, ¿por qué la venda ¡Sólo para llorar! rompen mis ojos?» O bien, siguiendo la trillada senda, Al chisme y al chismoso hará una higa Por no perder tan cómoda prebenda. Así, menguado fruto de tu intriga Siempre habrás de sacar, pues es forzoso Que el lector te desprecie o te maldiga. ¡Quién te dijera que instrumento odioso Fuese, oh Cadmo, a un traidor de vil ralea El arte que inventaste prodigioso!... ¡Y aún quieres achacar acción tan fea A falso amor del bien! Mientes, canalla; No cabe en ti tan generosa idea. Cuando tu falsa indignación estalla Contra aquel aduanero que escamota Cien fardos de tabaco y de quincalla, Su vacante codicias, mal patriota, Y no el bien del Estado te propones Sino agotar la mina que él explota. Al poderoso injurian tus renglones Porque acaso anhelaste su privanza Y él te echó de su casa a puntillones. Bajo, vil y soez en tu venganza, Denuncias la flaqueza de Belisa Porque frustró tu lúbrica esperanza; Y osado fuera un hombre de tu guisa A vulnerar con falso testimonio Timbres de Porcia lauros de Artemisa. Otra vez y otras mil doite al demonio, Sierpe de tinta, anónimo libelo, Y quien no te abomine es un bolonio. Arte que no inventara Maquiavelo, Yo a las mayores plagas te comparo Que fulmina la cólera del Cielo. Impalpable, invisible, el gesto avaro Tu ruin adepto esconde; y ¿qué sibila Nos dirá si es Crisóstomo o Jenaro? Así hasta Gibraltar desde Manila Vuela en miasma sutil hórrida peste Que jóvenes y viejos aniquila; Así el Céfiro blando del Oeste Súbito cede al ímpetu del Noto Que a conjurar no basta el arcipreste; Y así, en fin, por sendero oscuro, ignoto, Mientras incauto el hombre se solaza, Lleva su sorda zapa el terremoto Que ciudades y montes despedaza.

Anónimo

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Dante

Anónimo

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Gesler

Anónimo

verdadera

inclusa?

anónima

virtud

púdica

lobo financiero

anónimo

papá

papá

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Maquiavelo