Versos Spanish Manuel Bretón de los Herreros Ancho Y Caudaloso Río

Spanish poem

Ancho Y Caudaloso Río

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Ancho y caudaloso río Que el híspalo muro lames, Dame que tranquilo duerma Sobre tu florida margen, Cual tú bajo el peso duermes De tanta velera nave, Y ni avenidas te turban Ni te agitan huracanes. Yo precio un humilde césped A la sombra de tus sauces Más que las plumas desiertas Do a Morfeo llamo en balde. El murmurio de tus aguas Tan regalado y suave, El aura que tú perfumas Con mil rosas y azahares, Bálsamo sean, ¡oh Betis! Que mi fiera angustia calme, Si bálsamo puede haber Para llagas incurables. ¡Ay! no solo yo entre tantos. Enamorados zagales Que con su lloro te acrecen Y te invocan con sus ayes; Ya llorando la perfidia De un corazón inconstante, Ora desvíos crueles; Ora celosos afanes; No solo yo sin consuelo De tu orilla me separe Do tregua a la pena busco Que me devora incesante. Mas aunque dulce beleño Mis tristes párpados bañe, Ni un solo instante me alejes De Silvia hermosa la imagen. Y a mis sentidos renueva En ensueños agradables Sus lisonjeras palabras Y sus caricias amantes. Ausencia, cruel ausencia, ¡Cuál mi destino cambiaste! Caí desde la alta cumbre Hasta el abismo insondable. Horas, a mi amor inmenso Algún día tan fugaces, ¡Cuál hoy al triste Salicio Parecéis eternidades! ¡Quién durmiera, Silvia mía, Hasta que torne a mirarte, Y tus brazos de marfil Amor a mi cuello enlace! Mas tú desoyes mis ruegos, Oh Betis inexorable, Quizá porque no han sonado En tu gloria mis cantares. Digno objeto de mi lira Fueras tú, que a tanto vate Menos mísero que yo Sublime canto inspiraste. ¡Ah! si en mi llagado pecho, Que sólo por Silvia late, De la pálida tristeza La garra no se cebase, Yo te cantara también Soberano de los valles Desde tu sierra nativa Hasta las playas de Atlante. Cantara yo acompañando Al gorjeo de las aves La perene primavera De tus orillas feraces; Y a las béticas zagalas, Cuya gracia el mundo aplaude, No fuera muda mi lira Ni mi pecho de diamante. Mas donde Silvia no mora. No hay belleza que me halague, Ni pensil que me embelese, Ni placer que no me canse. Adiós, opulento río. Ya me enojan tus cristales. ¡Ah, cuál sería tu orgullo Si mi Silvia te mirase! Otro río más dichoso, Aunque menos arrogante, Vio crecer para mi amor Sus encantos celestiales. Adiós; y pues sólo sirves De redoblar mis pesares, La lira que templa Erato No esperes que te consagre. Si me robas el tributo De este llanto inconsolable; No mi tierno corazón, Que es todo del Manzanares.