Versos Spanish Manuel Bretón de los Herreros Aunque Ya El Peso No Leve

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Aunque Ya El Peso No Leve

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Aunque ya el peso no leve De sesenta y un octubres Poco ágil hace a mi diestra Para plectros y laúdes, Como carga concejil De que ninguno se excluye Pídeme el moderno Pindo Que a Quevedo cante y juzgue, Y que mi juicio y mi canto En un romance formule, Siendo el lecho de Procusto A tal joya tal estuche. No; para encomiar a un vate De tan superior cacumen, Poco es emplear un metro Sobrado pedestre y dúctil. Rimas de Taso o de Ariosto Pide el asunto, y un numen Émulo del que a Virgilio Inspiró su Arma virumque. Yo, amén de eso, que en un drama De cinco puentes no supe Revolverme con holgura, ¿Qué haré en tan estrecho buque? Si informe bosquejo apenas Hizo entonces mi chirumen De tan colosal figura Que se pierde entre las nubes, ¿Por qué, a riesgo de que un zoilo Me llame Petrus in cunctis, Lo que dialogué en domingo He de romancear en lunes? ¿Qué, será lo que mandada Hoy mi péñola ejecute, Sino de aquel espontáneo Embrión pálido resumen? Dejadme pues que en silencio Admire, ría y estudie Al que imitar no sabría, Y ¡ay del que a tal se aventure! Harto lo que calle yo Y lo que Tarsia no incluye Mi amigo Fernández Guerra, Veraz biógrafo, suple, Y harto en sus propios escritos, Con pincel digno de Rubens, El sabio autor se retrata Sin comentarios ni apuntes. Harto el Lipsio castellano, Mozo todavía impúber, A España asombró y al orbe, Doctor in utroque jure. Bien en rimas y discursos Su lectura inmensa luce Y de aquel estro viril El alcance y el empuje. Que era hombre de pelo en pecho, Si hay alguno que lo dude, A Pacheco el maestrón Y a otros guapos lo pregunte. O Trinacria lo dirá, Y Saboya, y los insubres, Y la embaidora Venecia, Nueva Cartago palustre. Ni cuando sueña despierto, ¡Con tanta sal!, o prorrumpe En jácaras y romances, Que cien prensas reproducen, Sólo el Juvenal hispano Dueñas fustiga y tahures, Escribanos y alguaciles, Alcahuetas y gandules. También a la residencia Llama de Plutón o Júpiter A los próceres que viven Y a los magnates que pudren; Y ni en claustro o sin clausura Las tocas y los capuces, Ni coronas y tiaras Son a su látigo inmunes; Que él sólo, o mejor que nadie, Mezclando lo agrio a lo dulce, De su corrompido siglo Osó pintar las costumbres. Y si, a fuerza de escarmientos Que hicieran mella en un yunque, Tal vez a extraños golpea Cuando a los de casa alude; Y con su cuenta y razón A Bruto o César contunde, Y Opas y Judas compendian A otros mil ejusdem furfuris; El más lerdo echa de ver Que a la estratagema acude De: «A ti te lo digo, Brígida; Entiéndelo tú, Gertrudis». Entre máximas sublimes, Que por donde quiera fluyen De aquella valiente pluma, Azote de los embustes, Suele cansar al lector Con el truque y el retruque De equívocos sempiternos Y de conceptillos fútiles. Mejor que el oro y las perlas Describe el lodo y la mugre Y goza más de lo justo En historiar podredumbres. Tal vez con torpes vocablos, Que guardar debió en su buche, Aun escarneciendo el vicio Su talento prostituye. Mas resabios fueron estos De lozanas juventudes, Que harto compensó en hazañas Y harto expió en pesadumbres. Ni porque a las cotarreras Tanto glose y tanto zurre Y en sus artes nos instruya Y las cuentas los ajuste; O de viejas Mesalinas La incontinencia vapule, Y los ridículos dengues Y jalbegues y menjurjes; Y de ver se desazone Que culto a Venus tribute Quien sólo ha quedado para Rosarios y via crucis; Ni, en fin, porque a pecadoras Con tal desenfado zumbe, Dejó de dar a las buenas Amparo, alabanza y lustre. Dígalo el que en San Martín Contra una dama de fuste Se desvergonzó villano, Pensando quedar impune, Y remolcado a la calle Desde el sacro balaústre, Quevedo con fiero estoque Le hizo bueno el quia pulvis. Envidiosas medianías Y negras ingratitudes En vano eclipsar pretenden De aquel sol la viva lumbre, Y Montalván y comparsa, Calumniando sus volúmenes, Vierten en ruines libelos El veneno que los nutre. Pretexto fueron las faltas En que fácilmente incurre Quien tiene el saber por junto Y el donaire por azumbres, Para acusarle de hereje Y jurar que huele a azufre Quien de español y cristiano Siempre rebosó el perfume. Y ¿quién como él supo honrar, ¡Oh Yago! tu cruz de gules Que en el manteo dibuja Y en el corazón esculpe? Pues aun este corto premio De servicios no comunes Ocasión fue para él. De mortales inquietudes; Que por sostener los fueros Del que a cántabros y astures Contra el sarraceno impío Defendió, armado querube, Guerra atroz le declaró La monacal muchedumbre, Dando por pendón al cisma De una santa las virtudes; De una santa cuya gloria, Para brillar en la cúspide No ha menester que con bandos La paz del reino se turbe. ¡Ay! las amargas verdades De que derramaste almudes Fueron, Quevedo, tus culpas, Y no las que te atribuyen. Los perdidos que robando Se convirtieron en Fúcares, Los necios que con lisonjas Ganaron sillas curules, No al madrileño Aristarco Perdonan que los denuncie Y que descubra la lepra Bajo el armiño y el múrice. Le improperan, le persiguen, Le saquean, los baúles, Y a morirse le condenan En calabozo insalubre. En tanto, mártir insigne, Tu constancia no sucumbe, Y tu merecida fama No cabe en el mapamundi. Y cuando menos lo piensa, Al soberbio Condeduque Llega la hora de todos, Y despriva, y cae de bruces. Y aún vives tú lo bastante Para que, él viviendo, triunfes Y la infamia de su nombre Haga el tuyo más ilustre. ¡Fiara el cuarto Filipo A tus superiores luces Y a tu ardiente patriotismo La nave en que otros le hunden, Y ni a Portugal perdiera, Ni Cataluña voluble, Rebelde al propio Monarca, Pidiera leyes al Lubre; Y (¡mengua al león de España Que estremecido no ruge Y a la degradada estirpe Del Cenobita de Yuste!) No el escándalo se viera De que a Nápoles sojuzgue Un grosero pescador De merluzas y de atunes; Y mientras inciensa el Rey A la diosa de Amatunte, Su juguete no le hicieran Monseñores y monsiures; Ni escala el vil lenocinio Para trepar a la cumbre Fuera, y blasón el cohecho, Y ejecutoria el matute; Ni para locos festines, Présagos de luto fúnebre, Mamara a Castilla el fisco Hasta secarle las ubres; Ni a la hartura de los zánganos Que el trono ibero circuyen Sirvieran sólo, y al lucro De negociantes ligures, Los ríos de plata y oro Que en América descubren, Colón a Hernando Cortés, Y a Pizarro, Vasco Núñez; Y en suma, no a tal oprobio Viniera y tal servidumbre La nación que el non plus ultra Desmintió con tantos pluses, Y pasmo de Europa un día Desde el Bósforo hasta Dubres, ¡Con las palmas de Lepanto Tejió los lauros de Túnez!

Arma virumque.

Petrus in cunctis,

in utroque jure.

sueña despierto,

ejusdem furfuris;

cotarreras

via crucis;

quia pulvis.

Fúcares,

morirse

hora de todos,

Monseñores monsiures

non plus ultra

pluses