Spanish poem
Las siete canciones del mes de mayo
by Vicente Barrantes (1829–1898)
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores, tras de tus huellas el corazón arrastras de las doncellas. Y teñida de púrpura la casta frente, tañendo el dulce crótalo de ritmo ardiente con voz pulida te cantan en el prado la bien venida.
I CANCIÓN DE LAS DONCELLAS ¡Ya llega! ¡ya llega! lo anuncia la brisa, lo anuncia al Oriente la nube ayer negra, mas hoy sonrosada; la brisa es tan solo su dulce sonrisa; la nube es sus ojos de ardiente mirada, que el alma presiente que bebe estasiada. Vendrán las mañanas de plácido gozo; a orillas del río vendrán las meriendas, los dulces festejos, y luego brindando galán alborozo las noches de estío, las noches de luna que duermen los viejos...
Vendrán las serenatas, y las fogatas, y las danzas pulidas sobre el musgo del prado tejidas.
Y las romerías del señor San Juan también vendrán, también vendrán.
Para nuestros cabellos tendremos flores, que ellos con ellas están más bellos, y ellas no saben vivir sin ellos, como la niña sin sus amores.
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores, ¡con qué divinas canciones te reciben las golondrinas!
II CANCIÓN DE LAS GOLONDRINAS ¡Chis! ¡chis! nosotras venimos de donde mayo reposa: ¡chis! ¡chis! nosotras le vimos tender sus alas cual mariposa para cruzar el aire y el cielo, la tierra y el mar.
Detrás de nosotras vino, más que nunca gozoso y divino; y como viene dicha anunciando nos envía delante cantando.
Aves hermanas de arrullo tierno, que habéis vivido todo el invierno sin amor, sin placeres, sin nido; soltad el reclamo de vuestro gorgeo, que ya entre las ramas oiréis -«te amo»- envuelto en murmullo de casto aleteo. Empezad a arrancaros las plumas que al hermoso polluelo dormido den lecho blando en la copa del árbol erguido, cuando esté por las brisas mecido, como entre espumas el barco se mece subiendo y bajando.
Los insectos voladores que al rayo del sol con sus alas de colores cascadas fingen de tornasol, ya zumban todo el día en rededor de los árboles que el mayo en hojas adorna rico: Dios que los cría harto bien sabe que los envía para el pico amoroso del ave, que a sus hijos los lleva en el pico.
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores, ¡con qué sublimes canciones te saludan las almas tristes!
III CANCIÓN DE LOS TRISTES Cuando del negro corazón la calma siquiera alumbre de la dicha un rayo ¿a quién lo debe agradecer el alma? a ti, mes de las flores, dulce mayo.
¡Ay! ¡qué triste es pasar horas tras horas, esclavos del dolor ojos y mente, y en el cielo ver nubes tronadoras, y nubes en el alma juntamente!
Ver del cierzo los árboles heridos sembrar por tierra su esplendor deshecho, y de la dicha ver los carcomidos restos sembrando el lastimoso pecho.
Ronco el torrente que a lo lejos brama, estrellando en las rocas su corriente, la eternidad parece, que nos llama a hundirnos en su lóbrego torrente.
Cuando en el prado las marchitas hojas al hollarlas el pie, voz da a su duelo, gimen dentro del alma las congojas, como gimen las hojas en el suelo.
Si son los tristes en la tierra hermanos, cuando tu manto de dolor te vistes, naturaleza plácida ¿qué manos enjugarán el llanto de los tristes?
¡Oh! sí, ven, mayo, ven con tus sonrisas del cielo, del ambiente, de las flores; ven con tus brisas, con tus frescas brisas, que aduermen y aletargan los dolores.
El arco iris que te finge el alma para corona en la celeste altura, présago sea de inefable calma, ya que no puede serlo de ventura.
Y cuando el triste sin descanso llora, no acreciente natura sus dolores; que solo llore perlas el aurora, y néctar sólo el cáliz de las flores.
Sí: ya alma mía, que en letal desmayo llores, llora a tus solas, alma mía, y al soplo dulce del risueño mayo cielo, pájaros, flores... todo ría.
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores. Aun por los suelos te saludan cantando los arroyuelos.
IV CANCIÓN DE LOS ARROYOS Murmuremos, murmuremos, acompañando gozosos los cánticos amorosos que vagan del viento en pos, y conviertan nuestras voces este campo solitario en sublime santüario donde todo hable de Dios.
Nuestras ondas azuladas de color robado al cielo, en perlas borden el suelo con extática embriaguez. Pronto volverán, deshechas a nuestro seno querido, cual ave que vuelve al nido donde pasó su niñez.
Y a su plácida frescura el musgo verde aromoso con ímpetu lujurioso a la orilla brotará; y en la noche reposada la luciérnaga brillante con su fulgor vacilante nuestro curso alumbrará.
Cuando el sol a su fatiga quede en ocaso rendido, será nuestro manso ruido un reclamo tentador, que reúna a los zagales con las zagalas sencillas... de noche en nuestras orillas ¡es tan hermoso el amor!
Y cuando ría en Oriente a los vergeles la aurora, nuestra música sonora por encanto cesará. Será el único silencio que guarde nuestra alegría, que el silencio y la poesía están donde el alba está.
Y cuando zumbe la abeja en la férvida mañana, y nuestras ondas de grana empiece a teñir el sol, den a la doncella espejo, y si de altiva presume, a sus cabellos, perfume, y a su mejilla, arrebol.
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores, cuando te acercas se disipan cantando las nubes negras.
V CANCIÓN DE LAS NUBES Como del panal arrojan las abejas a los zánganos, -así nos echa del cielo el mes de mayo.
Como el amor a una niña roba el color sonrosado -así la color nos roba el mes de mayo.
Como el huracán se lleva el follaje de los campos, -así nos llevan las brisas del mes de mayo.
Viene mayo con sus flores; viene con sus brisas mayo; el cielo azul nos olvida... -¡vámonos! ¡vámonos!
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores, ¡cuántos cantares tu venida celebran en las ciudades!
VI CANCIÓN DE LAS CIUDADES Como crisálidas bellas que engendra el sol con su rayo, ya galanes y doncellas mi cielo pueblan de estrellas el tibio soplo de mayo.
Y en el morisco balcón, cuajado de hermosas flores, se asoman en confusión, como bandada de amores que asaltan a un corazón.
El pájaro su garganta ensaya al tender el vuelo que hasta las nubes levanta, pues el que en mayo no canta no tiene perdón del cielo.
Rápida como la abeja que acude a libar la flor, la niña su casa deja; que mayo amar le aconseja y el alma le pide amor.
Bajo el cutis trasparente se ven sus límpidas venas ardiendo, -que es mayo ardiente,- como el cristal de una fuente, entre abrasadas arenas.
Y apenas asienta el pie, tal que se ve y no se ve; y su cintura cimbrea, como una palmera que del campo se enseñorea.
Y su pupila velada, su boca sonrosada exhala blando murmullo, más blando que el del capullo que brota a la madrugada.
La seda de los vestidos la gasa de los prendidos, los pintorescos encajes, redes son de los sentidos, y de los ojos, celajes.
¡Pues y las damas sin par que en nubes de argentería del viento fingen brotar, como Venus brotó un día de las espumas del mar!
Así en el Zocodover y en el Prado y en el coso, y en la Vega, son de ver, tanta galana mujer, tanto galán amoroso.
Pero donde está Cristina y está la plaza de Mina, se nubla del sol el rayo, que es otro mayo aquel mayo de aquella tierra divina.
Allí la luz es mejor, y más ardientes las brisas, y más hermosa la flor, y el cielo, todo sonrisas, y la mujer, toda amor.
Divino mes de mayo, mes de las flores, que coronado vienes de resplandores, los que atesoran la fe en sus corazones, ¡cómo te adoran!
VII CANCIÓN DE LOS CREYENTES Yo te adoro, Señor cuando la cumbre baña el rayo de, sol de primavera, alzo mis ojos a la azul esfera, allí otro rayo encuentro de tu lumbre.
Tú, solo tú, con sola una sonrisa, su pompa vuelves al vergel desnudo, y do reinaba el huracán sañudo, un trono le levantas a la brisa.
Hermosa muestra de tu amor hiciste ¡oh fuente de consuelo y de ternura! redimiendo del mal a la natura, como en la cruz al hombre redimiste.
Por ti sacude el mundo su desmayo tú al cielo das tan plácida armonía;... cuando vele una nube el alma mía, dale, Señor, también su mes de mayo.