Spanish poem
Los baños de la Padilla
by Vicente Barrantes (1829–1898)
A los moriscos jardines, que don Pedro de Castilla sembró en rosas y jazmines, bajaba al anochecer doña María Padilla, regia Venus del placer.
Fue aquel tigre carnicero, que en sangre empapó sus huellas, sólo en el amar sincero; y ella a fe lo merecía, que era bella entre las bellas, la bella doña María.
Templo en el jardín umbroso alzaron los dos amantes al placer voluptuoso: arabesco gineceo, donde licores fragantes entibiaban su deseo.
Hoy a la puesta del sol, cuando el celeste confín se colora de arrebol, dos esqueletos estraños fugitivos del jardín se refugian en los baños.
Y zumban por las arcadas húmedas, tristes y frías, histéricas carcajadas, lúgubres y helados besos, caricias de amor sombrías como el crugir de los huesos.
Al ronco son de las gotas del cristalino raudal que salta entre piedras rotas del arabesco cimiento, aquel amor sepulcral parece un remordimiento.
Con su mano cadavérica revolviendo el musgo frío, y en voz gutural, histérica murmura una sombra así: -«aquí en tus brazos, bien mío, »¡cuántos sueños yo dormí!»
En la pared carcomida una celda mal tapiada y del tiempo denegrida, hace a otra sombra esclamar: -«aquí la reina encerrada »nos vio mil veces bañar.»
Y nuevas risas sonaron destempladas, estridentes, y de la celda apartaron ambas su faz mustia y seca, chocando de horror sus dientes que el eco espantoso ahueca.
-«¿Acuérdaste, prenda mía, (murmura la más osada) »de lo que nos dijo un día?» -«¡Yo no lo olvido jamás!» (Y estremecieron la arcada dos suspiros a compás;
Y murmuraron las dos con acento sobrehumano): -«Don Pedro, permita Dios »que el cielo te lo demande, »y que te mate tu hermano »que es la desdicha más grande.
»Tú a la reina de Castilla »haces, infame, testigo »del baño de la Padilla... »¡ojalá en sangre te bañes, »y para mayor castigo »al infierno la acompañes!»
Un silencio sepulcral reina en el triste recinto, y el cristalino raudal que corre por las arcadas en sangre parece tinto a las sombras aterradas.
Al fin la más valerosa poniendo al silencio dique, dijo con voz dolorosa: -»¡Ay! me salpicó la frente »la sangre de don Fadrique »cuando le mató Juan Diente.
»Y en sangre para mi daño »desde el augurio cruel »a todas horas me baño; »y bajo el puñal impío »en la noche de Montiel »caí... de un hermano mío.»
-Juntas también nuestras dos »almas, se vieron un día »en la presencia de Dios...» -«Amarte fue mi delito... »¡Maldita seas, María! »¡Maldito, Pedro, maldito!
Y tornan las carcajadas a retumbar sordas, lentas, por las moriscas arcadas; y en el vecino jardín avecillas soñolientas cantan un himno sin fin.
De verlos desparecer a punto la aurora brilla; hasta que otro anochecer los traiga desde el infierno al baño de la Padilla, que es su purgatorio eterno.