Spanish poem
La fuente milagrosa
by Vital Aza (1851–1912)
I
A Santa Cruz de Solano, –un pueblecito muy sano muy alegre y muy tranquilo– llegó a pasar el verano el señor marqués del Tilo. Le acompaña su hija Rita, que está anémica la pobre. La corte la debilita y piensan que allí recobre la salud que necesita.
Un mes iba transcurrido sin que hallara alivio alguno, y el marqués muy afligido mandó llamar a don Bruno, el médico del partido:
–Le he llamado a usted, Doctor, para que a esta niña vea; pues confieso, con dolor, que se encuentra en esta aldea como en Madrid, o peor. –No hay que apurarse, marqués. Tomaré con interés el caso, pues lo merece, y a la chica, me parece que la curo yo en un mes. –¿Es cierto? –No haya impaciencia. Aunque la anemia es un mal muy rebelde, no es dolencia tan grave para la cual no halle recursos la ciencia. Pues que el hierro que ha tomado en cantidad fabulosa ningún resultado ha dado, probaremos otra cosa de seguro resultado. –¡Ay, Dios lo quiera, Doctor! –Dios lo querrá, sí señor. Yo curo a esta señorita. ¿Qué tal duerme? –¡Es un horror! No duerme la pobrecita. –¿Y ejercicio corporal?... –Se pasa el día sentada. –¿Y de apetito, qué tal? –Pues de apetito muy mal. ¡Si no come casi nada! –Pues si hoy está inapetente ya tendrá un hambre horrorosa. Se cura, seguramente, con el agua de una fuente que yo llamo milagrosa. Sale el chorro limpio y puro entre helechos y zarzales, y es aquella agua, lo juro, de resultado seguro en esta clase de males. –¿Es tan eficaz? –¡Lo es! –¿Se curará? –¡Ya lo creo! Mañana mismo, marqués, iremos juntos los tres a la fuente, de paseo. –¿Está lejos? –Algo, sí. A media legua de aquí. –Pues mandaremos traer el agua –No puede ser. Tiene que beberla allí. –¿Se puede ir en coche? –¡Quiá! –¿Y a caballo? –¡Quite allá! –Pues yo no creo que Rita se atreva a ir... –Pues sí irá. –¿Cómo? –Que ¿cómo? ¡A patita! Muy temprano, el sol no abrasa. ¡Si es un paseo muy grato y a gusto el tiempo se pasa! Llegan; se descansa un rato; toma un vasito, y a casa. –Seguiré su plan fielmente. –Verá usted que esa agua es un gran tónico, excelente. ¡Lo más reconstituyente que he conocido, marqués!
II
Siguieron la prescripción que el médico les dictaba, y el marqués ¡oh admiración! vio al mes que la niña estaba en completa curación.
Comía perfectamente; se iban tiñendo de rosa labios, mejillas y frente... Todo, gracias a la fuente, a la fuente milagrosa.
III
Ante esa cura ejemplar don Vicente el boticario se empezó a preocupar, y se dijo: –Hay que estudiar este caso extraordinario.
Hizo ir al día siguiente al médico a la botica, y le dijo: –Francamente; diga usted: ¿cómo se explica el milagro de esa fuente? ¿Qué aguas son? He presentido que eran bicarbonatadas; pero esta mañana he ido a la fuente, y me he traído dos botellas bien lacradas. Y aquí está lo singular. Acabo de analizar el agua de una botella y yo no he encontrado en ella nada de particular.
Se echó don Bruno a reír... El boticario amoscado no sabía qué decir... –Yo soy un médico honrado y no me gusta mentir. No analice usted ya más, pues si analiza es probable que halle algo extraño quizás. Esa agua es... agua potable como todas las demás. No gaste otro reactivo, y tire la otra botella. –Pero esa agua...¡Por Dios vivo! ¿Cuál es entonces en ella el agente curativo? –Mi querido don Vicente. ¡No sea usted inocente y comprenda su ignorancia! Lo que cura es ¡la distancia que hay desde el pueblo a la fuente!