Spanish poem
Era La Edad Lisonjera
by Gertrudis Gómez de Avellaneda
Era la edad lisonjera En que es un sueño la vida: Era la aurora hechicera De mi juventud florida, En su sonrisa primera. Cuando contenta vagaba Por el campo silenciosa, Y en escuchar me gozaba La tórtola que entonaba Su querella lastimosa. Melancólico fulgor Blanca luna repartía, Y el aura leve mecía Con soplo murmurador La tierna flor que se abría. ¡Y yo gozaba! El rocío, Nocturno llanto del cielo, El bosque espeso y umbrío, La dulce quietud del suelo, El manso correr del río. Y de la luna el albor, Y el aura que murmuraba Acariciando a la flor, Y el pájaro que cantaba... ¡Todo me hablaba de amor! Y trémula, palpitante, En mi delirio extasiada, Miré una visión brillante, Como el aire perfumada, Como las nubes flotante. Ante mí resplandecía Como un astro brillador Y mi loca fantasía Al fantasma seductor Tributaba idolatría. Escuchar pensé su acento En el canto de las aves: Eran las auras su aliento Cargadas de aromas suaves, Y su estancia el firmamento. ¿Qué ser divino era aquél? ¿Era un Ángel o era un hombre? ¿Era un Dios o era Luzbel...? ¿Mi visión no tiene nombre? ¡Ah! nombre tiene... ¡Era Él!
El alma guardaba tu imagen divina Y en ella reinabas ignoto señor, Que instinto secreto tal vez ilumina La vida futura que espera el amor. Al Sol que en el cielo de Cuba destella, Del trópico ardiente brillante fanal, Tus ojos eclipsan, tu frente descuella Cual se alza en la selva la palma real. Del genio la aureola, radiante, sublime, Ciñendo contemplo tu pálida sien, Y al verte , mi pecho palpita , y se oprime, Dudando si formas mi mal o mi bien. Que tú eres no hay duda mi sueño adorado, El ser que vagando mi mente buscó, Mas ¡ay! que mil veces el hombre, arrastrado Por fuerza enemiga, su mal anheló.
Así vi a la mariposa Inocente, fascinada, En torno a la luz amada Revolotear con placer. Insensata se aproxima Y le acaricia insensata, Hasta que la luz ingrata Devora su frágil ser.
Y es fama que allá en los bosques Que adornan mi patria ardiente, Nace y crece una serpiente De prodigioso poder. Que exhala en torno su aliento Y la ardilla palpitante, Fascinada, delirante, ¡Corre!... ¡y corre a perecer!
¿Hay una mano de bronce, Fuerza, poder, o destino. Que nos impele al camino Que a nuestra tumba trazó?... ¿Dónde van, dónde, esas nubes Por el viento compelidas?... ¿Dónde esas hojas perdidas Que del árbol arrancó?... ¡Vuelan, vuelan resignadas, Y no saben donde van! Pero siguen el camino Que les traza el huracán. Vuelan, vuelan en sus alas Nubes y hojas a la par, Ya a los cielos las levante Ya las sumerja en el mar. ¡Pobres nubes! ¡pobres hojas Que no saben donde van!... Pero siguen el camino Que les traza el huracán.