Spanish poem
Canto IV
by José Heriberto García de Quevedo (1819–1871)
Vivía en aquellos tiempos en la opulenta Sodoma un varón prudente y justo con dos hijas y su esposa.
Lot le llamaban sus gentes, y el extranjero las otras de la ciudad; que nacido era en comarcas remotas
En Ur, tierra de caldeos, brilló su primera aurora, y cuando a fijarse vino en la ciudad populosa,
era ya de edad provecta y trajo hacienda no poca; y en toda aquella comarca que las amarillas olas
del Jordán, plácidas riegan, y fertilizan y abonan, jamás se vieron manadas tan bellas y numerosas
cual las de aquel extranjero, que de regiones ignotas llegó a avecindarse un día en las tierras de Sodoma.
Las lanas de sus ovejas, que por llanuras y lomas triscaban, eran más puras que la cándida corona
de nieves, que el sol de mayo con mil cambiantes colora, del Líbano en la alta frente que con las nubes se toca.
Las mieles de sus colmenas más que de Hiblea sabrosas, excedían en fragancia a los más ricos aromas.
Y, en fin, de sus heredades los zagales y pastoras y damas, unos esclavos y egipcias siervas, remonta
a número tal, que cuando caminaba hacia Sodoma, y al caer la tibia tarde plantaba sus tiendas todas,
en las riberas que bañan del Jordán las mansas olas, a esperar de un nuevo día la resplandeciente aurora,
más que simple caravana de estirpe o familia sola, plantado aduar parecía de una tribu numerosa.
Por eso los habitantes de las ciudades famosas que por ser cinco llamáronse en la lengua más sonora
Pentápolis, con respeto, si bien con no candorosa intención al buen anciano cercaban a todas horas.
Él su amistad recibía de los bosques a la sombra, o bien en calles o plazas; pues mirando por su honra,
jamás permitió a ninguno de los hombres de Sodoma, penetrar en el secreto do vivían sus matronas.
Empero, estaban sus hijas en edad de ser esposas; y Lot, entre los mancebos de la ciudad, eligiólas
los dos que entre ellos hallara de más apuestas personas, de fortunas más crecidas y costumbres más virtuosas.
Mas sucedió que una tarde de calor, salióse fuera Lot de su casa, y sentóse de Sodoma ante las puertas.
Era una tarde de estío, cuando la hora postrimera del sol lucía, y lazando de sus entrañas la tierra
el fuego que todo el día la abrasara y consumiera, subía de sus vapores una sofocante niebla.
Ya el rubio sol del ocaso tocaba a las anchas puertas, y apenas se descubría su fúlgida cabellera;
cuando Lot vió aproximarse por una vecina senda, dos mancebos peregrinos de altiva y noble presencia.
Nada ostentan sus personas que a vista vulgar parezca exceder de los humanos la común naturaleza;
pero Lot, que ante el temido Rey de la creación entera, por su prudencia y virtudes favor no pequeño encuentra,
vislumbra en los caminantes, al través de su modesta actitud, claros indicios de una raza más perfecta.
Dos ángeles son, que envía de Dios la mano severa de los vicios de Sodoma a tentar la última prueba;
los custodios son que un día a aquellas comarcas diera, dos purísimas sustancias que viendo la ruina cierta
de aquellas cinco ciudades que a entrambos tan caras fueran, tristes y lentos caminan por la tortuosa senda.
Púsose en pie presuroso Lot, y tomando carrera llegó de los paraninfos a la divina presencia:
y en reverente postura, el rostro contra la tierra: «Ruégoos, divinos señores, les dijo, que a la derecha
torzáis, y de vuestro esclavo en la mísera vivienda, lavéis el polvo que cubre vuestras plantas sempiternas;
que apenas la madrugada raye en el cielo, serena, seguiréis con más descanso la empezada marcha vuestra.
—No podemos el convite aceptar de tu largueza: pasar debemos la noche sin salvar de humanas puertas
el umbral.» Lot no desmaya, y con humildad extrema a que acepten su agasajo los estrecha en gran manera.
Ceden, al fin, los custodios, y torciendo a la derecha, Lot delante, al fin entraron de Sodoma por las puertas.
En una sala espaciosa de la patriarcal morada, están los dos peregrinos que con Lot antes entraran.
Dos siervos adolescentes, en cuyas morenas caras, del ígneo sol de la Nubia se ve la candente marca,
se ocupan, con el auxilio de yerbas y puras aguas, en lavar el rubio polvo que mancha de ambos las plantas.
No hay en el vasto triclinio lámparas de oro colgadas, ni orientales pebeteros ricos aromas exhalan;
ni alfombras cubren el suelo, ni candelabros de plata lo iluminan; ni en gran pompa, cual la soberbia romana
un día inventó, se miran ánforas de oro talladas llenas del hirviente zumo de la engañadora parra;
los vasos de roja arcilla zumos traidores no guardan. Henchidos se van los unos de las cristalinas aguas
que de lo montes vecinos en raudos torrentes bajan y en rojos búcaros cogen de Lot las negras esclavas.
Otros, purísima leche encierran en sus entrañas; y en otros, en fin, fermenta dulce el licor de las palmas,
aquel licor que algún día del mismo Dios en compaña, allá en el Edén florido bebiera el primer patriarca.
Teas de pino y de enebro alumbran la hospitalaria mansión, y adobadas pieles cuyas blanquísima lana
en suavidad y finura a la matutina escarcha excede, cubren el piso de aquella modesta estancia.
En tanto Lot del secreto recinto, donde con sabia costumbre, en aquellos días, padres y esposos guardaran
a sus mujeres, con rostro en que la paz de su alma se ve, y el gozo que siente del honor que hay en su casa,
sale: sus pasos precede con priesa a sus años rara su esposa, y detrás caminan, por las manos enlazadas,
dos bellísimas doncellas, que al ver las dos nuevas caras de los rubios peregrinos, con timidez se adelantan.
Las hijas son en quien funda su amor y dicha el patriarca; y a humanos ojos no fuera posible al considerarlas
cual ora se ven unidas, pensar que fuesen hermanas: tan distinta es su belleza, aunque en las dos extremada.
La que a diestra mano viene es la mayor; a ésta, Sara la llamó al nacer su padre, y es nombre que a su arrogancia
conviene: del lindo rostro es la tez algo atezada, y de azabache pulido la cabellera que esmalta
su semblante, y que en dos trenzas con esmero entrelazadas, cae meciéndose en el cuello sobre la mórbida espalda.
Sus labios son rubicundos como una abierta granada, y los dientes pequeñuelos que al entreabrirse declaran,
más que el diamante son duros y parecen a distancia hilos de nevadas perlas en campo de roja grana.
Turgente el virgíneo pecho, y la cintura gallarda tan breve, que puede un niño con las manos abarcarla.
Mano y pie son dos prodigios de pequeñez tan enana, que parece no crecieron desde el albor de la infancia.
Pero sus dos negros ojos so sus más temibles armas; que cuando mira con ellos las almas quedan esclavas.
La segunda, a quien por nombre, y el nombre también le cuadra, Melka su padre le puso por su índole tierna y blanda,
es de tez tan blanca y pura como las conchas de nácar que arroja el mar a la orilla en las costas de la Arabia;
caen los sedosos cabellos en ondas ensortijadas, más rubios que el sol de estío en las más puras mañanas;
cándido es su ebúrneo cuello como el del cisne, y la espalda y el redondo pecho, ofuscan a las perlas esmaltadas;
rojo coral son sus labios, nieve sus dientes, y grana sus ojos, como el zafiro que el mar en sus senos guarda.
Los pies, manos y cintura, breves son como en su hermana; y en algo más se parecen, que altas y esbeltas son ambas;
y al andar ambas se doblan como se mecen las cañas al soplo de blanda brisa al borde de las quebradas;
o como en las altas rocas se cimbran las verdes palmas cuando alienta furibundo el viento de las borrascas.
Al llegar Lot con sus hijas, los huéspedes se levantan, y alrededor de la mesa do se mira preparada
la cena, sin distinciones cual las que ora son usadas entre los hombres, se sientan, cabe a su esposo la anciana,
junto a Melka un peregrino, el otro al lado de Sara; y en plácida unión partieron entre sí las ricas viandas:
que en aquel tiempo dichoso hasta el mismo Dios bajaba al mundo y se divertía con las costumbres humanas.