Versos Spanish José Heriberto García de Quevedo Canto VII

Spanish poem

Canto VII

by (1819–1871)

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La hora sonó. La omnipotente mano en cuya palma el universo gira, aquel de soberanos soberano en alto levantó: —muerte respira la amenaza mortal que de sus ojos en raudales fulmíneos se desprende; y la hueste inmortal puesta de hinojos las sumas iras en silencio atiende.

En sus quicios eternos quebrantados vacilan los celestes artesones, y el aliento detienen asombrados los genios de los roncos aquilones: yermo de luz, detiene su carrera de los astros el número infinito, y tiembla en fin la creación entera del cielo azul al lóbrego Cocito.

Para el mar las corrientes bramadoras que en su abismos cóncavos habitan, y las inmensas turbas nadadoras en los antros sin fin se precipitan: sécanse los copiosos manantiales de los ríos, que el sólito tributo no dan al mar, y ardientes arenales resbalan sólo entre su cauce enjuto.

Pierde la selva umbría su verdura, su puro azul el cielo encapotado, y se lanzan del bosque a la llanura confundidas las fieras y el ganado. Y unidos suenan al postrer lamento del orbe de la tierra estremecido, del tierno ruiseñor el blando acento y del león el lúgubre rugido.

Sodoma, Seboín, Gomorra, Adama, sacrílegas ciudades maldecidas, ¡ay de vosotras, que en la impura llama del deleite vivís endurecidas! ¡Ay de vosotras, ay, que del pecado os revolvéis entre el inmundo cieno! ¡Ay del pueblo que duerme aletargado del torpe vicio en el letal veneno!

Torpe generación de torpe gente, ¡ay tres veces de ti! Ya cruda brilla amagando caer sobre tu frente desnuda al aire la inmortal cuchilla. ¡Un ay de contrición, un ay tan sólo alzado en vuestra lúbrica demencia! ¡Ved que se cierne ya de polo a polo el torvo ejecutor de la sentencia!

En tanto de Sodoma en el recinto, como en Gomorra, Seboín y Adama, de voces un confuso laberinto sólo al deleite por su Dios aclama: redobla el aire espeso en sangre tinto el devorante ardor que los inflama, y se mezcla a los cantos de la orgía el hipo precursor de la agonía.

Un relámpago inmenso, ensangrentado, rasgó en dos la enlutada vestidura del cielo, hasta aquel punto encapotado, en luz tornando la tiniebla oscura; y un asordante trueno, disparado por la mano de Dios, desde la altura pobló en señal de la divina guerra los ámbitos del aire y de la tierra.

De aquel ruido al retumbar tremendo se lanzan en tropel los sodomitas, y por calles y plazas van huyendo aquellas turbas por su Dios malditas: repugnante espectáculo y horrendo, sus frentes son con el pavor marchitas, aquellos rostros del deleite ajados, ora con el temor desencajados.

Húyense unos a otros: no hay ternura ni blando suplicar, ni ruego amante, que baste a detener en tal pavura el uno junto al otro un breve instante: que en día de tan hórrida amargura no hay lazo fuerte, ni temor bastante a retener al mísero que espera salvarse acaso en la veloz carrera.

Aquí deja con planta presurosa el amigo a su amigo abandonado: mírase allá la moribunda esposa llorar la ingratitud de su adorado: más lejos, en la arena polvorosa, del hijo de su amor se ve arrojado el anciano infeliz. ¿Mas qué? ¡Si olvida la madre al tierno ser a quien dió vida!

Jamás con tan fatídicos colores, ni en acento tan hosco y tremebundo, del cielo los terríficos furores oyó anunciar el asombrado mundo: ni cuando en mil torrentes bramadores bajaron desde lo alto hasta el profundo, rotas las cataratas celestiales a anegar a los míseros mortales.

Ni cuando allá del Gólgota en la cumbre se vió expirar en posteriores días, por librarnos de eterna servidumbre sobre una cruz al salvador Mesías; que alto en el cielo el sol perdió su lumbre, y al mirar las supremas agonías, la tierra retembló, quedando abiertas las tumbas de cadáveres desiertas.

Ni entonces, ni después, ni antes se viera horror tan grande con humanos ojos; hierve del cielo en la anchurosa esfera un inflamado mar: torrentes rojos de la líquida hoguera chispeante en ondas gigantescas se desprenden, y en voz cual la del trueno rebramante cruzan las nubes y los aire hienden.

Corre, empero, la turba maldecida en torno sin cesar del alto muro, sin hallar a sus pies una salida de las tinieblas entre el manto oscuro. A tientas va la muchedumbre herida cual los otros de súbita ceguera; mas sobre sus cabezas suspendida sienten la abrasadora hirviente hoguera.

Y se oyen del temor a los gemidos mezclarse juramentos espantosos, y retos insensatos van unidos a quejas y suspiros lastimosos; jamás tan furibundos alaridos, lamentos de dolor tan angustiosos, ni ayes tan tristes, ni blasfemias tales oyeron las cavernas infernales.

En tanto Lot, con su familia entera, guiado por los ángeles camina del Jordán por la plácida ribera y hacia el cercano monte el paso inclina; mas cansado del susto y la carrera, llegando a descubrir ya muy vecina de Bala la ciudad, así postrado se dirige al Señor que le ha salvado:

«¡Señor, Señor! que tu poder mostraste y tu clemencia ya en tu indigno siervo; Tú que justo su causa separaste de la causa del torpe y del protervo: ve que al sumo temor que me enviaste y al camino a mis años tan acerbo, no me puedo salvar donde dijiste, porque ya el cuerpo débil no resiste.

Más acá de ese monte se levanta reducida cuidad; allí en sosiego, pues tu misericordia fué ya tanta, ¡déjame descansar! —Oí tu ruego, le respondió el Señor; con firme planta puedes en ella entrar, que yo del fuego la perdono, y de hoy más será llamada Segor, pues a tu ruego fué salvada.»

Mas ya la ira celeste descendía sobre la tierra en torbellinos rojos, y al terrible rumor, que estremecía de susto el corazón, atrás los ojos volvió la esposa del patriarca impía: y al contemplar los túrbidos enojos de Jehová, de horror petrificada en estatua de sal quedó trocada.