Versos Spanish José Heriberto García de Quevedo Canto V

Spanish poem

Canto V

by (1819–1871)

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Desde el alcázar lóbrego de luto revestido que es de la muerte cárdena terrífica mansión, de truenos y relámpagos sangrientos circuído, muy más que el viento rápido feroz sale Abdalón.

Plegadas lleva al cuerpo las alas voladoras que velan, mas no ocultan el rojo resplandor del fuego, que en mil ráfagas, de muerte precursoras, brota el mirar fulmíneo del Exterminador.

Espíritu fremente, que el alba diamantina del éter sempiterno conturba a su pasar; ejecutor que al mundo la cólera divina envía sus ofensas terribles a vengar:

desvíanse a su paso los rubios querubines, los ángeles y arcángeles se apartan con temor: la vista bajan trémulos los altos serafines, ante el ministro lúgubre de la ira del Señor.

Y Tronos, Potestades, Dominios y Virtudes, los que en la lid perínclitos vencieron a Luzbel, ora se ven con tímidas postradas actitudes, ante el poder satánico de aquel fatal poder.

Un ángel sólo atrévese del fúnebre emisario la marcha rapidísima un soplo a detener; un ángel que cerníase de Dios sobre el santuario, espíritu hermosísimo con rostro de mujer.

Un ángel que a los míseros en este mar del mundo, cuando en sus olas túrbidas la negra tempestad de engaños y dolores el ábrego iracundo agita, de sus alas al bronco revolar,

les hace que confíen de paz y de bonanza en días más serenos allá en lo porvenir; el ángel de los huérfanos, la luz de la esperanza que cabe al débil hombre camina hasta morir.

Más leve y perfumada que la expirante brisa que plega por la tarde las alas de la mar, se acerca el ángel cándido con virginal sonrisa a aquél con quien las lágrimas van siempre y el pesar.

Las manos enlazadas en la actitud del ruego, aboga por Pentápolis con argentina voz; mas Abdalón respóndele de enojo y de ira ciego: «¡Aparta, blando espíritu: el Sumo lo ordenó!»

Y con torvo mirar, la forma pura lanza lejos de sí su mano airada, la cual tornó a cernerse en el altura, la tierna faz en lágrimas bañada: un inmenso gemido de amargura turbó en redor la celestial morada, mientra el ministro del furor divino prosigue hacia la tierra su camino.

Y atraviesa más rápido que el viento las bóvedas do están los inferiores celestiales espíritus sin cuento; do en himnos, que a los blandos ruiseñores dieran envidia, en perennal concento cantan a Jehová sumos loores: pero su canto puro apena alcanza allí donde se cierne la esperanza.

Y prosiguiendo el ángel su carrera por las inmensas salas diamantinas, en breve pasa la vecina esfera en donde sobre nubes zafirinas debe vivir la santidad primera; separada por diáfanas neblinas de los seres purísimos, alados, que del cielo a la par fueron creados.

Atravesó por fin la jerarquía postrera, do en millones de millones viven ahora en paz y en alegría los vivientes de mil generaciones: aquela inmensa bóveda vacía, entonces, de habitantes y canciones, pasa el torvo Abdalón en un instante y sigue por el cielo hacia adelante.

Un arcángel de luz resplandeciente guarda del cielo la eternal salida, el cual viendo a Abdalón, huye tremente y su deber y gloria a un tiempo olvida: sin obstáculos sale el inclemente ministro, y disponiendo su partida, desplega al fin las pavorosas alas atrás dejando las eternas salas.

Cual águila voraz, que desde el cielo donde del sol se cierne cara a cara, alcanza a ver en el herboso suelo la grata presa, por que tanto ansiara; y en su iracundo ardor de un solo vuelo salva la inmensidad que le separa del objeto infeliz, y en un segundo las garras ceba en él y pico inmundo:

tal, en saña implacable el pecho ardiendo el Exterminador se precipita, las negras alas sin cesar batiendo, la dura a ejecutar sentencia escrita: de su pecho se escapa un grito horrendo del odio crudo que su ser agita, y en vuelo más veloz que la paloma cruza Abdalón el aura hacia Sodoma.

Como el rayo, atraviesa aquella zona do en sus ejes eternos suspendidos giran orbes sin fin, que son corona a los astros del hombre conocidos: jamás la humana ciencia, aunque blasona de penetrar misterios escondidos, ni ojos mortales, ni terrestres vientos, llegaron hasta aquellos firmamentos.

En aquellas balsámicas regiones nunca se acaba ni comienza el día; no hay mudanzas allí, no hay estaciones, tarde, mañana, aurora o medio día: jamás los furibundos aquilones allí movieron tempestad bravía, ni jamás hondos truenos rebramantes oyeron sus felices habitantes.

Allí siempre la atmósfera es serena, suave la luz, el céfiro apacible; corren los ríos en dorada arena y en un mar se confunden bonancible; el aire es puro, la campiña amena, y cuanto a las miradas es visible ya cerca, ya en remota lontananza, todo respira paz y bienandanza.

Nunca ronco tronó clarín de guerra en aquellas riberas afortunadas, ni taló la discordia aquella tierra, ni hubo malas pasiones desbandadas: ni el hambre, ni la sed que al hombre aterra, ni cobardes traiciones, ni emboscadas: ni hubo males, ni pestes, ni quebrantos, ni gemidos, ni súplicas, ni llantos.

Que viven sus sencillos moradores en tierna unión y dicha inexplicable; puros son y constantes sus amores, y su amistad tiernísima y durable: allí no existen siervos ni señores como en nuestro destierro miserable, y aquella tierra ante su Dios perfecta es del bien la comarca predilecta.

Por eso, atravesando sus confines volvió Abdalón los fulminantes ojos; que en vez de aquellos plácidos jardines, sangre anhela, y estragos y despojos; y como Jehová, por altos fines, le nombró ejecutor de sus enojos, sonríe de esperanza, y hacia el mundo acelera su vuelo furibundo.

Ya llega al sol y entre los orbes gira que forman el sistema planetario; ya la tierra descubre ardiendo en ira, y su furor redobla sanguinario: el postrer día moribundo expira de Pentápolis: rojo, funerario, resplandor, en las cimas de los montes brilla y en lo cercanos horizontes.

Del Líbano en la cúspide altanera posa en fin Abdalón el pie cansado, que ya toca al final de la carrera que en su justicia Dios le impuso airado: con mirar en que el rayo reverbera sólo aguarda que la hora haya llegado de Sodoma, y que caiga en su dominio un campo más de incendio y de exterminio.