Versos Spanish José Zorrilla 04

Spanish poem

04

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Vidiago es una gárrula aldehuela donde un pueblo entre céltico e ibero, franco, trabajador, sobrio y sincero, suda en verano y en invierno vela, labrador, traficante y ganadero: y del sudor y afán del año entero los domingos alegre se consuela, bailando al son del árabe pandero y al compás de la etrusca castañuela.

Vidiago es el lugar donde tranquilo después de una existencia consumida en inquietud y afanes sin medida, que allende de la mar nos tuvo en vilo, con la vida en un tris, la alma en un hilo y la esperanza de volver perdida, un amigo leal del tiempo viejo volvió al paterno hogar en pos de asilo, paz, pan, lana caliente y vino añejo; cosas que ayudan a esperar sin pena al fin de vida mala muerte buena.

A este amigo leal, que como hermano me quiere y trata y como tal le tengo, se me antojó venir este verano a ver en la mansión de su abolengo: y como él es un hombre de buen juicio y yo un loco de atar desde ab initio, antes de que la tumba se nos abra vine a pedirle y darle, por si dejo antes que él de vivir, su buen consejo, mi último adiós y mi postrer palabra; pues habiendo los dos vivido tanto, ya al despedirnos suponer debemos que sus consejos él me da postremos y yo que alzo en su hogar mi último canto.

Su hogar, palacio señorial un día y hoy albergue por mí del dulce encanto de la amistad, la fe y la poesía, se eleva al par de gigantesca roca que ha socavado el mar; en cuyo hueco cien metros tierra adentro abre una boca, donde cuando pacífico le evoca, de su manso rumor despierta un eco.

Este eco, de su alcázar no lejano, de mi balcón los vidrios estremece cuando, al crecer de noche el oceano con la marea equinoccial, parece que se viene la mar sobre la tierra; el eco de su caverna se enfurece, y al viento contra el mar llamado a guerra, amedrenta la costa y la ensordece con bufidos de son tan pavoroso, que turban de los pueblos el reposo.

Mas cuando el mar azul en calma duerme y humilde el pie de los peñascos lame, el eco yace en la caverna inerme sin responder aunque la voz le llame. Eco que asorda la comarca entera, no del hombre a la voz sale al encuentro; sólo habla con el mar cuando se altera, ruge a impulso del mar de dentro a fuera, no responde jamás de fuera adentro. Yo le he ido a buscar: en el embudo de piedra en que la mar boca le cava, me asomé y le llamé: mas se hizo el mudo, porque era yo, no el mar quien le llamaba.

A este eco altivo y de desdén sultánico, para que en él a reposar se acoja después de su periódica pelea, el mar, que es como Dios, un gran mecánico labrar un grande alcázar se le antoja, y en él trabaja con afán titánico empleando el poder de su marea. Y aquel calcáreo gigantesco embudo que un día fué no más un agujero áspero, tosco, desigual y rudo, es calado marfil, es chal ligero, obra de aguja y de cincel agudo; blonda de piedra, berroqueño encaje tendido encima de peñón roquero, filigrana sutil, labor de pluma tejida por el mar con su oleaje, con su acre sal y disolvente espuma. Y el mar, que es además un grande químico, descompone la roca y la rebaja, la tornea, la ahueca y la trabaja como pudiera artífice muslímico, rumano, índico o godo; y la alicata la dentella, la comba, la maquea, la retuerce, la riza, la dilata, la acanala, la istría y losangea: sutil, cada partícula caliza con sus sales disuelve o pulveriza; y quitando y dejando donde importa ya lo esponjoso, lo arenisco y blando, ya lo duro y silíceo, y avanzando en su trabajo sin cesar, recorta, perfila, aguza, redondea, cuadra y carcome la piedra y la taladra; transforma, en fin, la roca, improvisando primores mil de talla en su haz salvaje, sin que la desmorone ni la raje el ímpetu del agua; ya que brote del cráter o del mar, ya suba o baje, mane, esculle o con ímpetu rebote.

El alma del mortal contempla absorta las maravillas que el capricho aborta del agua en su labor, sin que se agote la original y rica fantasía de su trabajo secular: y espanta ver cómo en él solícita adelanta, y a su antojo fantástico modela la peña, la abrillanta o la apomaza, la esmerila, la pica o la cincela; y en sus relieves incansable traza repisas, ornacinas, doseletes, nichos, estalagmitas, rosetones, miles de inverosímiles juguetes, miles de inconcebibles invenciones.

Y aquel como invertido y trabajado con labor tan sutil y complicada que comprender a quien la ve no es dado, que turba la razón y la mirada, que ni el loco mayor nunca ha soñado en su mayor delirio, es la portada del cóncavo palacio en cuyo hueco duerme alojado por el mar mi eco.

Y he aquí con aire y mar lo que sucede cuando el trabajo de ambos verse puede.