Versos Spanish José Zorrilla 04

Spanish poem

04

by

Listen in the reader

Una tarde, el sol de Mayo En las torres del castillo Quebrando el trémulo brillo De su postrimero rayo,

A su postrer resplandor Ganando el enhiesto risco, Del castillejo morisco Llamó á la puerta el doctor.

Ya no existe la de hierro Llantada: la de hoy en dia Es de roble, y del vigía El lugar ocupa un perro.

Su ladrido respondió A la recia aldabonada Con que el doctor su llegada A los de dentro anunció.

Sacó por una tronera Su semblante amojamado Un decrépito criado, El cual, haciendo visera

De la mano y hasta el hombro La cabeza adelantando, Conoció al doctor mostrando De verle no poco asombro.

Dejó al punto el ventanillo, Acalló al mastin, quitó Los pasadores, y entró El doctor en el castillo.

Adentro ya, emprendió el viaje Del laberinto que corre Desde la primera torre Hasta la del homenage:

Que el castillo aunque pequeño, Tiene aire de fortaleza, Cual conviene á la grandeza De su vanidoso dueño.

Dos patios, un corredor Y una desierta crugía Detras de su viejo guía Cruzó en silencio el doctor;

Luego un caracol torcido Pasó, cruzó un descubierto Y extenso adarve, que en huerto Ha poco que han convertido,

Y es uno de esos pensiles De la mora Andalucía, Donde al sol de medio dia Brotan las rosas á miles,

Y un postiguillo pequeño Abierto sobre el jardín Atravesando, dió en fin En la cámara del dueño.

Aquel (en su señorío Carlos primero) salióle A recibir y franqueóle Un salón alto y sombrío,

Cuyas proporciones grandes Llena mal el pobre adorno De diez sillas que hay en torno De unos tapices de Flandes.

Sobre un velador de encina, Tiene el barón un resúmen De heráldica y un volúmen De la Vulgata latina;

De lo que el doctor deduce Que es el barón buen católico, Puesto que el rito apostólico Sigue y el latin traduce.

Una enorme chimenea Llena el principal testero De aquel salón todo entero, Y en su inmenso hogar huméa

(Porque la humedad le impide Arder) un tronco de roble, Que por su tamaño doble Rebelde al fuego, despide

Por las heridas que hizo La hacha en él su savia y zumo, Cuyo humor ahoga en humo Su poco fulgor pajizo.

Con gravedad señorial Dio el barón silla al doctor, Quien con gravedad igual Se arrellanó en la mejor.

Calló el barón como aquel Que vá á entablar cuestión grave, Y el doctor como quien sabe Que escuchar le toca á él.

Al cabo, tras breve punto De precisa reflecsion, Trabó diálogo el barón Yendo derecho al asunto.

Siendo, empero, de los dos El carácter tan altivo, El diálogo fué tan vivo Que es difícil irle en pos. Puso á los dos en un potro La precisión de escucharse, Y lucharon por quitarse La palabra el uno al otro. Mas para que nos ahorremos El martilleo importuno De aquello de: "dijo el uno —" Y "añadid el otro,—" pondremos

A la márgen simplemente De los interlocutores Los nombres, y los lectores Nos leerán mas fácilmente.