Versos Spanish José Zorrilla 04

Spanish poem

04

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Sinfonía, introducción o escena preparatoria de la árabe tradición, surge aquí la precisión de hacer un poco de historia.

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Horas a caso después de la en que vió de través dar a su infausto destino con su gloria el Damasquino Khalifato Cordobés,

vió Murcia que la invadía, viniendo por Almería, de moros una caterva, que como el agua y la yerba se aglomeraba y crecía.

De aquel árabe aluvión jamás la fecha y la historia supimos con precisión: guardan de él turbia memoria poesía y tradición.

Mas Murcia fué siempre tierra muy bien mirada por Dios, y el germen del bien que encierra la ha llevado en paz y en guerra siempre de su bien en pos.

Se habla de un Emir dichoso, un Abú-Bekhr-al-Kaisí, que es el tal vez fabuloso Aarum-ar-Raschil famoso de las leyendas de allí:

y debió este Emir, sin duda, nacer con muy buena estrella; pues catástrofe tan ruda de él solo vino en ayuda, y él solo ganó con ella.

La Omíade dinastía cordobesa cayó en brazos de otra raza más bravía, y a robarla sus pedazos se echó toda Andalucía.

Abú-al-Kaisí con destreza sagaz, con tenaz firmeza y con audacia oportuna, supo atar a la fortuna de su hueste a la cabeza:

y se dió tan buenas trazas, que de toda Andalucía taifas, tribus, huestes, razas, a su corte y a sus plazas y a su sueldo se atraía.

Su Emirato, por mezquino, despreció y dejó en su mano el rey moro granadino; y sobre Murcia no vino, mientras él reinó, el cristiano.

Con diplomacia sagaz y constancia pertinaz, de su fértil territorio fué haciendo un pequeño emporio de los bienes de la paz

Pronto acudieron terrenos a demandar al Emir cuantos labradores buenos y tratantes agarenos ansiaban en paz vivir;

y al vago, y al tornadizo, y al levantisco alistando en su pendón fronterizo, de su turbulento bando se aprovechó y se deshizo.

Poblóse Murcia de gente honrada e inteligente, útil, laboriosa y buena; y un alba de paz serena despuntó en un nuevo oriente:

De la paz santos baluartes, surgieron en todas partes molinos, agricultura, comercio, escuelas…, la holgura del tráfico y de las artes.

Al pie de la fortaleza se levantó la mezquita; y un trabajo sin pereza trajo a Murcia la riqueza con la paz por Dios bendita.

Al Gualentín y al Segura sangrando o poniendo presas, vertió al-Kaisí en la llanura raudales de su agua pura por huertos, prados y dehesas.

Los montes, hoy tan pelados y de árboles tan escuetos, eran bosques enramados, que albergue y pasto en sus setos daban a caza y ganados;

y este Emir, genio del bien, de Murcia amparo y sostén, logró de Murcia, por fin, hacer primero un jardín y por último un edén.

Y el monte aquél, tras del cual vamos por este papel buscando aquel oriental relato tradicional que dejó el árabe en él,

era entonces ramillete de árboles, yerbas y flores, que exhaló, como un pebete de un hada en un gabinete, en la aura un millón de olores;

que aún hoy las brisas aspiran y sobre Murcia los tiran, y en su huerta los derraman cuando sobre Murcia giran y en ella los desparraman.

Tenía, y tiene, una grieta el monte aquél, una veta del terreno el más fecundo, que a ningún azar sujeta de los azares del mundo:

es una extensa cañada, copia del edén perdido; de los vientos abrigada, de la escarcha resguardada y de oropéndolas nido.

Allí se dan, coetáneos y a miles, flores y frutos disímiles y espontáneos: con los más suaves geráneos los nísperos más hirsutos:

cuyo polen y semillas conducen allí en sus picos las errantes avecillas, el insecto en sus alillas y el aire en sus abanicos.

Y aquella fértil cañada, que es de Murcia la portada, de quien su huerta es alfombra, y a quien da el monte la sombra del toldo de su enramada,

es canastillo de rosas, foco de restauradores y vivíficos vapores, fanal de las mariposas y nidal de ruiseñores;

en donde jamás entrada ni el mal ni el duelo han tenido; do adverso no llegó nada, ni aura de peste infestada ni de terremotos ruido.

Tal era el edén murciano cuando Abú-Bekhr-al Kaisí de él era Emir soberano; y ahí va de él en castellano lo que en árabe leí.