Spanish poem
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Hay razas que condenadas vienen a la tierra ya a ser tragadas por otra que de ellas marcha detrás; y por más que ellas caminen con rauda velocidad, la que camina tras ellas siempre avanza mucho más. Su fe, poder y constancia huella su fatalidad, y se pierden como el polvo al soplo del vendaval.
Hunaldo y Lupo, modelos de constancia y fe tenaz, atletas vencidos siempre, pero rendidos jamás, tornaron por la vez última la Europa a insurreccionar contra los francos, con fiera y heroica terquedad. Palanca de su venganza hacer supo perspicaz su astucia de cuanto puede las pasiones exaltar; y con firme pertinacia, con cauta sagacidad y diabólica doblez la lograron combinar. Tras largas noches de insomnios, tras largos días de afán, de azarosísimos viajes hechos de extraño disfraz a favor, de oscuras tramas próximas siempre a abortar, nudo a nudo aseguraron la espesa red de su plan. Poco con él importábales el porvenir arriesgar del cristianismo, encender la discordia universal y degollar sin escrúpulo de la Europa la mitad, con tal de vengar a Waifro y a los francos de humillar. No quedó príncipe, duque, ni conde, ni capitán que de los francos tuviera qué temer o qué vengar, cuya chispa de odio o miedo no supieran en volcán convertir Hunaldo y Lupo con su destreza infernal.
Una tarde en la espesura de una selva secular, a cuyo centro recóndito pinos resinosos dan toldo, rumores, aroma, secreto y seguridad, Hunaldo y Lupo juntaron diez jefes de sangre real, un pacto de odio y venganza en sus manos a jurar con que alcanzar de una vez sepultura o libertad. Solo acudió cada uno, por su senda cada cual, con sed de sangre en el alma, bajo atavíos de paz. Dejando cada uno oculta escasa escolta leal, entró en el bosque mostrando de su estirpe y dignidad las insignias francamente, como quien resuelto va a arriesgar todo por todo, prevenido a todo azar. Y fué una escena diabólica, en cuyo éxito quizá tomó parte por Hunaldo el poder de Satanás; porque Hunaldo conspiraba, con Francia por acabar, hasta en pro del paganismo y contra el poder papal. Y Hunaldo con la vehemencia, que solamente es capaz un odio a muerte en un alma cual la suya de inspirar, y Lupo con elocuencia doble, insidiosa y sagaz de su lengua de sirena y su intención de chacal, en la alma de sus aliados acertaron a infiltrar de su odio feroz de raza la acre ponzoña letal. La impresión de aquella escena romántica al calcular, contaron con la del vino generosa calidad; y de oro y licor vertieron tan generoso raudal, entre brindis y cantares de venganza y libertad, que al poner fin con la tarde a su regia bacanal pudieron Hunaldo y Lupo con ejércitos contar. A izar iban otra vez su bandera señorial: ya eran jefes; ya eran fuertes otra vez en tierra y mar.
Sobre su tordo fogoso, lanzando otra vez audaz su grito de guerra al viento de un himno báquico a par, Hunaldo, a la luz ya incierta del crepúsculo fugaz, de sus aliados al frente volvió el bosque a atravesar. Ellos, tras él arrastrados, repetían de él detrás sus pasos descompasados y sus cantos sin compás; y lanza en mano, en las crines asegurándose mal, y con carcajadas de ebrios y de ebrios con ademán, con el ruido de un pedrisco que lanza la tempestad, como remolino de hojas que arrebata el huracán, saltando matas y troncos, a la luz crepuscular van, torbellino de Hunaldo, larvas de su odio voraz, sin recordar lo pasado, su porvenir sin sondar, sin mirar adónde pisan, sin saber adónde van.
Y Hunaldo llegó con ellos a la Iglesia a amedrentar, y vaciló Carlomagno, pero un momento no más. En Germania, Italia, España, Francia, por tierra y por mar, de Hunaldo y Lupo sobre ellos cayó la fatalidad. Los que una muerte no osaron desesperada arrostrar, de Carlomagno cayeron bajo la planta imperial. Hunaldo, con la increíble y larga virilidad de su voluntad de bronce y sus fuerzas de titán, murió apedreado en Pavía por la furia popular, excomulgado y cargado con la maldición papal: y la raza carlovingia su trono al asegurar le acuñó con los pedazos de su corona ducal.
En el castillo de Waifro, Lupo, después de encerrar a su mujer y a una niña a quien ésta el pecho da, fué a tender a Carlomagno emboscada en un breñal, y le mató en Roncesvalles de sus doce el mejor Par. Carlomagno, despechado por la muerte de Roldán, entrampó a Lupo y le hizo cual lobo rabioso ahorcar.
Raza infeliz en quien rudo pesó el castigo de Adán y en quien se cebó implacable la injusta fatalidad: raza a quien hizo la historia por vencida criminal, aunque sucumbió en defensa de su tierra y libertad: raza a quien ni los romances quisieron patrocinar, pues otros nombres y origen a su casa y gentes dan, dejó tras sí una azucena cuyo aroma virginal quisiera que en estas hojas se pudiera respirar. Una doncella…, no, un ángel de amor que en cuerpo mortal vino al castillo de Waifro a amar, sufrir y expirar. Una hurí cuya poética leyenda tradicional los ECOS DE LAS MONTAÑAS me han venido a mí a contar. ¡Feliz yo si su relato de estas hojas por el haz lograra extender, por ellas haciéndole resbalar como un arroyuelo límpido, cuyo sonoro raudal lame la arena y el césped que lecho y sombra le dan!