Versos Spanish José Zorrilla 9 (Un día, al mediar el sol)

Spanish poem

9 (Un día, al mediar el sol)

by

Listen in the reader

Un día, al mediar el sol, penetrando en la montaña por el lado que da a España del Pirineo español,

a través de las malezas se abría a hachazos sendero un robusto caballero armado de todas piezas,

y a juzgar por el afán que en enmarañarse tiene, o huyendo de un riesgo viene o a los alcances le van.

Dejado crecer acaso para que se cierre a expreso, no hay en el breñal espeso rotura, brecha ni paso,

y se ve que en muchos años no han buscado en él caminos pastores ni peregrinos, bandoleros ni ermitaños.

El caballero que explora tal montaña, y que acomete tal paso, en el que se mete práctico tal vez no ignora.

Su vigoroso caballo, que en secundarle no duda, el bosque a romper le ayuda con el bien herrado callo;

y de pechero y frontal fiando en planchas y puntas, con todas sus fuerzas juntas trabaja el noble animal.

Con hacha, brazos y pecho el jinete, y el caballo con frontal, pechero y callo, se abren paso y ganan trecho;

hasta que, entre la hojarasca sumidos, sólo el rumor muestra que ni su labor cesa, ni su pie se atasca.

Y ya porque él no ignorase el fin de la zona espesa, o porque, loca, en su empresa la fortuna le ayudase,

tras larga y penosa brega consiguió salir a dar al linde de un encinar que acota un borde y que riega

un arroyo, el cual parece que le circunda y le zanja: coto de heredad o granja a que el bosque pertenece.

Saltó el arroyo, y metiéndose resuelto por la arboleda, topó con una vereda que poco a poco fué haciéndose

calle de árboles umbría que, aunque inculta y enhierbada, paseo llano o calzada muestra que ha sido algún día.

Hoy corta su césped fresco senda que sobre él se pinta, como una greca de cinta que parte un tapiz chinesco.

Por ella echando, y al brillo de los últimos reflejos del sol, alcanzó a lo lejos por sobre el bosque un castillo;

y avanzando por la calle de árboles hacia él de frente, desembocó de repente en un pintoresco valle.

El caballero podría la espesura conocer, mas de seguro, a mi ver, el valle no conocía;

pues púsose a contemplar con arrobamiento vago de valle, castillo y lago el panorama sin par.

Verdeguean por las lomas las mieses y las legumbres; se vuelven desde las cumbres al palomar las palomas;

recogen por los oteros sus rebaños los pastores, y tornan los labradores cargados con sus aperos.

Allá viñedos ocupan lo que ayer broncos breñales; aquí en huertos los frutales ya florecidos se agrupan.

Allá donde el alma arredra el abismo de un barranco, con solo un ojo, de un tranco le salta un puente de piedra.

Por bajo de él con estruendo se precipita un torrente que le está continuamente, aunque en vano, sacudiendo;

y su honda barranca estrecha bordea un ancho camino que baja el trigo a un molino que sus aguas aprovecha.

Todo acusa movimiento, labor, cuidado, abundancia: la montesina fragancia perfuma el salubre viento,

y el lago undoso le entibia del estío en los calores, y con sus frescos vapores el pulmón cansado alivia.

El caballero creyó que allí moraba alguna hada que, del edén desterrada, allí un edén se labró;

y estuvo espacio no corto contemplando en su belleza valle, lago y fortaleza, embebecido y absorto.

Y no pudo comprender quién, cómo y para qué quiso tan risueño paraíso en tal desierto esconder.

«¿Quién será la hada dichosa, se dijo, que este edén more? ¡Dichoso quien la enamore, si es como su edén, hermosa!

Yo la veré.» Cual si un mago realizara complaciente su anhelo, vió de repente salir del bosque, y del lago

avanzar por la ribera, una dama coronada, sobre una yegua montada como una corza ligera.

Traía encapirotado en su diestra un alcotán, y el cuerpo en aire galán en la silla colocado;

y traía en pos, en traje de caza, un viejo sombrío, dos mancebos de buen brío, dos halconeros y un paje.

Quedó un punto el caballero encantado contemplándola, la agria subida mirándola emprender por un sendero,

y como que era entendió la dueña de aquel castillo, otra senda, que al rastrillo vió que guiaba, tomó.

Y de él la dama subía sin apercibirse acaso, mientras de intento su paso él por los suyos medía:

de manera que al pisar la plataforma ella y él, del postigo ante el cancel se vinieron a encontrar.

Contemplóle ella gran pieza silenciosa, mas no esquiva, y los de su comitiva con acusada extrañeza.

Él a su vez contemplóla con admiración tan franca, que ella tornó su piel blanca de azucena en amapola.

Mas como la situación comenzase a ser violenta, él de sí dándola cuenta trabó así conversación:

–«Dama hermosa, perdonad si un desconocido errante, de vuestra puerta delante os pide hospitalidad.»

La dama permaneció aún un momento indecisa; y luego, como con prisa de excusarse, respondió:

–«Servíos vos de excusar el silencio en que vacilo, porque hospedaje ni asilo no estoy hecha en ella a dar.»

Y aquí el caballero fué quien a su vez vaciló, de la razón que ella dió no comprendiendo el porqué;

y siendo él quien es, y en sí derecho habiendo sobrado para ser bien hospedado, el diálogo anudó así:

–«Creed que aunque solo vengo y asendereado, tal soy que a par con príncipes voy, pendón alzo y hueste tengo;

mas no os enoje ni asombre que mi nombre aquí no os diga, porque en público me obliga un voto a callar mi nombre.

–Calladle: que aunque no entiendo cómo habéis llegado aquí, lo que ignoráis vos de mí saber de vos no pretendo.

–Hasta vos para llegar bregué el bosque hasta romper; mas por llegaros a ver volvería a comenzar.

Y desde el punto en que he visto vuestra beldad soberana, de vos, noble castellana, quién soy en velar no insisto.

Dar puedo mi nombre a quien me dé un nombre al mío igual. –Entrad: yo os daré uno tal que esté junto al vuestro bien.

Y aunque es la primera vez que mi nombre doy a un hombre, dársele puedo a quien nombre me pueda dar de igual prez.

–Si es mi demanda, señora, importuna o temeraria, la retiro. –Solitaria he vivido aquí hasta ahora,

y como hospitalidad nadie a pedir vino aquí, el primero que de mí la obtenga seréis: entrad.»

Picó, esto dicho, su yegua que ya escarbaba impaciente, y cruzó a galope el puente poniendo al coloquio tregua.

Picó a su vez su corcel el caballero tras ella, y su séquito, tras él picando, sobre su huella marchó en sonoro tropel.

Tras ellos cayó el rastrillo y alzóse crujiendo el puente; y el crepúsculo amarillo sumió en sombra lentamente valle, laguna y castillo.

Y unos por otros después de mis personajes tres, la dama y el caballero y otro a quien nombrar no quiero, pensaban al par: «¿Quién es?»

¿Quién es la que nunca dió a nadie hospitalidad? ¿Quién es quien se la pidió? ¿Quién el viejo que guardó tan muda severidad?

Mientras sueña el caballero en su lecho con la dama, y ella en el audaz viajero inquieta piensa en su cama, vamos al viejo severo.