Versos Spanish José Zorrilla Favor de Rey

Spanish poem

Favor de Rey

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En medio de un aposento que el rey Enrique eligió para secreto teatro de sus comedias de amor, él y Beltrán de la Cueva, a quien con prisa llamó, están; don Beltrán en pie, y él tendido en su sillón. Decora del gabinete el magnífico interior, cuanto de rico y espléndido monarca jamás juntó. Cuelga una lámpara de oro del cincelado artesón; forrados en terciopelo los muros en derredor; el pavimento, de alfombras exquisitas se vistió, y sobre el Rey pende inquieto, de plumas un pabellón. Delante tiene, a una fiesta preparado un velador, cual le anhelaran cubierto la codicia y la ambición, copas y cubiertos de oro, vajilla que cinceló diestro artista, a quien por ella dieron riquezas y honor; y a su lado, entre perfumes, en pródiga ostentación, doble y superior servicio sobre un ancho aparador. Siguiendo el Rey y el privado su rota conversación, el vasallo respondía, preguntándolo el señor. —¿Conque lloraba? —Doliente, en mis brazos se arrojó diciendo: «¿Es él quien lo manda?» —Y ¿qué respondisteis vos? —Que en ello vuestros mandatos no admitían dilación. —Muy bien dicho. Y a esa orden, ella, ¿qué dijo? —Señor… —Sin escrúpulo decid, Beltrán, que en esta ocasión, si alguien debiera tenerlos, vos, cabalmente, no sois. Mas os juro por mi vida, que no me acosa el menor; por el bien de mis vasallos tengo en esto obligación. Conque ¿qué dijo? —En injurias su lengua se desató. —¡Hola, hola! —Lamentando vuestra inconstancia en amor. —No fue mucho, don Beltrán; pero ya, gracias a Dios, tenemos algo de mundo y ha tiempo uso de razón. Y ¿qué más? —Roja de rabia, mal caballero os llamó, indigno de vuestra estirpe, hipócrita y seductor —Ése ya es otro cantar, buen Beltrán; mas tengo yo para mí, que el injuriarme era pedirme perdón. —A vuestro Real pensamiento sin oponer la menor contradicción, yo os dijera que me asiste otra opinión. —¿Cómo? Decid. —Doña Inés, por ultrajada se dio, y serenándose al punto, «Bien, caballero. ¿Sois vos (me dijo con voz resuelta) mi guarda, o mi conductor?» —¿Y vos? —Señora, la dije, otro el Rey os preparó. —¿Y ella? —Añadió: «Pues decidles de mi parte a ambos a dos, que apresuren nuestro viaje, que estoy pronta y noble soy; y al Rey, en particular, que excuse toda ocasión de sincerarse; que siento tal desprecio por su amor; que si al paso se me pone, ni aun he de mirarle yo. —Bravamente lo ha pensado; no lo hiciera yo mejor. ¡Pobre muchacha! En las redes que la he tendido, cayó.— Callaron por un instante el privado y el señor, en consulta cada cual con su propia reflexión. En esto, confusamente, del muro en el interior, con misteriosa cautela llamada o seña sonó. —¿Han llamado? —Sí por cierto. —Ellos serán. — Sí, señor. y en mis conjeturas ayúdeme el vino y Dios.— Con un oculto resorte don Beltrán la puerta abrió, y entraron por ella un paje y el flamenco vencedor. Tendió el flamenco la vista sin señal de turbación, por todo cuanto le alumbran las luces en derredor. Y sereno, altivo, inmóvil, en la misma posición, con la visera calada callando se conservó. —Venid, le dijo dejando el Monarca su sillón, venid al igual conmigo, ilustre batallador. Aliviaos de esos hierros, ocupad ese sillón, y tendedme vuestras manos, que a fe que me harán honor. Beltrán, que sirvan la cena; y en tan dichosa ocasión, Chipre, el Vesubio y Falerno nos presten gozo y valor. ¿No os sentáis?— El desconocido, sin moverse respondió: —Yo soy un aventurero que por mis desgracias voy cumpliendo una penitencia que me han impuesto, señor. No puedo mostrar mi rostro, mi nombre, ni mi blasón, sino al hombre que me venza, en las armas superior; y entonces será pidiéndole en nombre del sumo Dios, que me pase compasivo con la daga el corazón. —Caballero, pues que todo me convence que lo sois, díjole el Rey, ¿no pudieran alzar ese voto en vos la voluntad de los reyes, ni aun por haceros honor? Porque en verdad que me aflige al daros por galardón mi amistad y mi palacio, no saber a quién los doy, —Por respeto a mi rey solo, voy sin ventura, señor; ved si estimo vuestras dádivas como de quien ellas son. Miró al caballero el Rey con ojo escudriñador, y comprimiendo los labios, a don Beltrán los volvió diciendo:—¡Cómo ha de ser! La voluntad es de Dios; mas ya, señor caballero, que la suerte me privó del placer que me esperaba, pediros quiero un favor. —Será mandato, y cumplirlo, en mí será obligación. —Jurad que lo cumpliréis. —Jamás he jurado yo; que tengo en más mi palabra que el juramento mejor. —Dispensad, que anduve torpe; concededme por perdón un brindis. —Eso más bien, con mil amores, señor— Llenó don Beltrán las copas, una cada cual tomó, y alzándose la visera el flamenco lidiador, encubiertas las mejillas con un antifaz mostró. —Engañásteis mi esperanza, díjole el Rey. —¡Ah, señor, para encubrir mi desdicha es doble mi precaución! —Y ¿quién tanta penitencia a imponeros alcanzó? —Mi vergüenza. —Y ¿por qué trazas… —De una mujer se valió. —Basta y brindad, caballero; el que buscaba sois vos.— Bebieron ambos: la mano el Monarca le tendió, —Y ahora, le dijo, escuchadme, si os place, con atención. ¿Queréis llevar en secreto una dama de alto honor a Portugal? —¡A la misma Constantinopla, señor! centellándole los ojos el hidalgo respondió. —Está bien. Beltrán—, mis órdenes llevad a esa dama vos; que al punto partan. —Tomad; en ese pliego que os doy encontraréis, caballero, mi voluntad superior. En pasando la frontera le abriréis, y en tanto no; ni vos ni nadie a la dama mantenga conversación. Ved que en ello os va la vida, pues gentes os daré yo que os velen y os acompañen por mi reino. —Eso, señor, más es castigo que premio. —Negocios de corte son, en que a par necesitamos, yo prudencia, y vos valor. De vuestros treinta jinetes, hasta diez irán con vos; los demás a la frontera los enviaré luego yo. ¿Comprendisteis? —Comprendí. —¿Prometéis? —Delante a Dios os aseguro que nunca mi ventura fue mayor. —¡Ah! Mirad; se me olvidaba: este pequeño cajón llevaréis a su destino. —Decidme su dueño. —Vos. Es un presente que os hago, que os probará, salvo error, que es mi memoria tan larga cuanto la vida en los dos. Conque si os cumple, brindemos a vuestra vuelta. —Señor, nadie cuenta con su suerte. —No me la aseguro yo; mas si a mi España volvéis, tal vez halléis lidiador que os arranque vuestro nombre sin ver vuestro corazón. A vuestra salud, hidalgo, y a que nos ayude Dios. El Rey apuró su copa, y apartando el pabellón, por una puerta secreta del gabinete salió.

CONCLUSIÓN

Es una tarde nublada que espléndido el sol no alumbra, volado entre las neblinas que el cielo cóncavo enlutan. Recio y norte sopla el viento, e interceptada y confusa, la vista a distancia corta los objetos no columbra. Es un estrecho camino do entre la arena menuda brota a pedazos un césped que la marcha dificulta, y por entrambos sus lindes mecen sus ásperas puntas zarzas que guardan con ellas frutos que nunca maduran. Por él a rápidos pasos, temiendo la noche obscura, las fronteras españolas en triste silencio cruzan una dama en su litera a la merced de dos mulas, un caballero que el rostro bajo el capacete oculta, y hasta cuarenta jinetes que les custodian la ruta. Apenas en Portugal fijaron planta segura, oyóse del caballero la pujante voz robusta. «Alto, dijo; nadie pase. Cada cual consigo cumpla: los españoles a España, y mis gentes aquí juntas.» A este mandato obedientes, como cosa en que no hay duda, los de España, saludando, tornan a su España grupas, y a la espalda los flamencos, de su capitán se agrupan. Éste, entonces, con la risa en sus labios insegura, exclamó: «Ya está en mis manos su secreto y su fortuna. Enrique, si en esta dama, que en verdad lo será tuya, a aclararme tu vergüenza no sirve cuanto discurra. me libro de mi palabra, pues mi razón me disculpa, y a recibir te prepara por tus injurias, injurias.» Y rasgando el sello Real que el pergamino le oculta, leyó estas negras palabras, escritas de la Real pluma:

«Mi valiente aventurero, don Rui Pero Sandoval, pues según me son testigos las justas de don Beltrán, tanto os place los corceles de nuestras damas guiar, ahí lleváis a doña Inés, a quien, en Dios y en verdad, podéis adonde os contente desde este punto llevar. Y porque memoria mía no os falte desde hoy jamás, el regalo que me hicisteis en ese cajón lleváis. Mas os prevengo que cauto no entréis en Castilla más, que en ella os espera una horca más alta que la de Amán,»

Los ojos desencajados, la lengua en la boca muda, contemplando el pergamino, que entre las manos estruja, quedó el duque don Rui Pero sin intención que le acuda. Volviendo al fin en su acuerdo, víctima de interna lucha, con que lo acosan a un tiempo los recuerdos y las dudas, a la litera lanzóse, y asiendo las vestiduras de la dama, a viva fuerza sacándola, la pregunta. «¿Quién sois? ¡Por Cristo bendito, que lo diga y se descubra¡»

Ella, de dolor transida; a tales voces se turba, y el Duque la arranca el velo, cogiéndole de las puntas. Blasfemó el Duque; y asiendo con mano audaz e iracunda el cajón que lo dió el Rey, le estrella en la tierra dura. Rodó por el campo estéril una cabeza insepulta. Desmayóse doña Inés, corrió una lágrima turbia por los párpados del Duque, más amarga que cicuta; y en el solemne silencio de aquella tragedia muda, de entre un pabellón de nubes pálida asomó la luna.