Versos Spanish José Zorrilla II (Irse al tren, mudo y absorto)

Spanish poem

II (Irse al tren, mudo y absorto)

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Irse al tren, mudo y absorto miraba yo de hito en hito, cuando me dijo Juanito: —Vámonos, que el día es corto:

Tomamos en la central una cesta con dos jacos, que aunque un tantico bellacos, trotaban largo e igual:

y ¡hala!, por un buen camino, que va por una hondonada y por la orilla arbolada de un río muy cristalino,

y ¡hala!, ¡hala! y trota y trota, y atrás se queda una casa y otra, y un puente se pasa con miedo a su cimbra rota,

y un pueblo, y un caserío, y otro, y otro, y una loma, y otra y otra; hasta que toma, dejándose atrás al río,

el camino una alta cuesta; tras la cual, con luz ya escasa, llegué a Zarauz y a tu casa con Juanito en una cesta.

No hay para qué aquí te incluya la impresión que me hizo a mí tu casa cuando la vi, pues tu casa es como tuya.

El orden, la pulcritud, el buen gusto, el real decoro: todo es digno, todo es de oro de tu influjo por virtud.

Nada choca, ni resalta por salas y corredores: poco ruido, muchas flores: nada estorba, nada falta;

y en todo se echa de ver que allí a la par siempre han ido la dignidad del marido con la prez de la mujer.

Decir que donde tú estás todo lo caracterizas con tu chic, y lo amenizas con tu ingenio, está de más.

Marcelino y tu marido me abrazaron: apartamos toda etiqueta y cenamos con gran charla y tanto ruido,

como si tu padre y yo hoy del colegio acabáramos de salir, y aun nos halláramos en la edad que ya pasó.

Abreviamos la velada: dejásteisme en mi aposento; quedé solo… ¡y muy contento!, mi cuarto era una monada.

Lavabo, espejos, armario, paje, escritorio, y en él cartera, sellos, papel, con todo lo necesario

como en él en cada mueble: y todo sin una hilacha, ni una maca, ni una tacha: nada usado, nada endeble.

Todo allí a mi gusto era: y entre mil gratos objetos, acuarelas y bocetos de nuestro buen Carderera;

y del conjunto gentil de todo, santo remate, de ébano un escaparate con un Cristo de marfil.

¡Que si estaba yo contento allí! La cosa es muy obvia: como que eran mi aposento y lecho los de una novia.

Dormí bien: me desperté ya algo tarde: hervir sentí al mar: la ventana abrí, y con el mar me encontré.

Yo adoro al mar, ¡me ha acunado su lomo azul tantas veces! y allende el mar, ¡cuántas preces, cuántos muertos he dejado!

¡Cuántas lágrimas a solas allende el mar he vertido! ¡Salve, oh mar, que me has traído a mis playas españolas!

¡Qué diablo de tiempo viejo! ¡siempre me vuelvo a lo mismo! ¡Maldito romanticismo, buho infausto…, ¡aquí te dejo!

Quité los ojos del mar, y de un florido jardín empecé por el confín la vista a desparramar.

Kiosco, capilla, invernáculo, un risco-isla con puente en un tanque transparente, de agua dulce receptáculo:

de plantas grasas macizos, un belvedere con gruta, groselleros aun con fruta, cañacoros y carrizos

con plumeros de espumilla; filarias de triples hojas, euphorbias de flores rojas, espírea azul y amarilla;

un emparrado aun con uva sombreado de tamarindos; y en macetas, los más lindos cactus de Australia y de Cuba;

y por doquiera begonias, grandifloras jeringuillas, cassias, fucsias, campanillas, bojes, yedras y bignonias.

Ante este edén me sentí de admiración casi frío, diciendo entre mí: —¡Dios mío, a esto llaman campo aquí!

Mi nombre y la campanilla resonaban de manera, que me arrojé a la escalera gritando: —¡Allá va Zorrilla!

Era que más dilatar no podías ya el placer de echar conmigo a correr y hacerme ver el lugar, y las montañas y el mar, y la iglesia y los conventos, y los enorme fragmentos de señoriales mansiones, tras tantas generaciones aún firmes en sus cimientos.

Porque tú sabías bien que yo ignoraba que había de grandeza y poesía tal tesoro en ese edén; creías que por desdén no había hasta entonces ido, y tu amor propio ofendido no sosegaba hasta ver al castellano caer de asombro a tus pies rendido.

Sin que fuera un madrugón, se acordó hacer un esfuerzo para ir antes del almuerzo a una alegre expedición; tú, haciendo de previsión y de aprestos un derroche, preveniste por la noche a tus expedicionarios que acudieran, y entre varios, me aguardabas ya en el coche.

Creí que ya estabais solas tú y la de El Real: que era un pozo Zarauz, y que aun con el mozo de a pie andabais en artolas.

Creía que, la estación del veraneo pasada, no había nadie ni nada que ver en tal lugarón;

mas me encontré, con asombro, con que hay telégrafo y coches, y alumbrado por las noches; y que no hay tierra ni escombro que en las calles cuajen barros; que hay serenos, policía, inspección y orden de carros, guardas y gendarmería; y además, que todavía habitan hoy los de Narros sus torres hereditarias, y a vuestra casa cercanos viven los de Castellanos, Via-Manuel y Villadarias.

Plúgome, en fin, grandemente, el ver que tan impaciente como tú, allí me esperaba y alegre me saludaba la sin par en gallardía Pilar, y la primorosa pequeñísima María, con una banda ruidosa de alegre muchachería.

—¡En route! Y arrancó el carruaje, desencajando el encaje del empedrado algo bronco las herraduras del tronco y las llantas del rodaje.