Versos Spanish José Zorrilla I (Carta o cuenta familiar)

Spanish poem

I (Carta o cuenta familiar)

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Carta o cuenta familiar que, en estilo algo ramplón da un poeta algo coscón a una condesa sin par.

Incomparable condesa, mi gentil hospedadora; allá va, ¡vaya en buen hora!, una carta con sorpresa.

Del mes que en Zarauz estuve quieres saber la impresión que hizo en mi imaginación lo que vi por donde anduve:

y en verso es como lo quieres y pronto; porque te crispas de impaciencia, y echas chispas cuando aguardas: que así eres:

Allá va mi relación a modo de las de ciego; y no sé si a tus pies llego con ella en buena ocasión.

Y digo: llegué a Zarauz… y antes de ir más adelante, mándame tú el consonante; aquí no los tengo en auz.

Ya lo ves: ¿no te convences de que no has de hallar poeta que en verso se comprometa a meter nombres vascuences?

¿Qué quieres que haga de Azcoitia de Aizarnazábal y Azpeitia, si ni me llamo Artabeitia, ni nací en Medinagoitia?

Mas tú eres una mujer que como tiras, aprietas; y si pides tijeretas, tijeretas han de ser.

He aquí, pues, mi narración: de ir a Zarauz algún día tiempo ha que aceptado había tu graciosa invitación.

Ya era algo tarde: pasaba ya de octubre el primer día, y vi que, si no corría, ya en Zarauz no te alcanzaba.

El tren de San Sebastián tomé, pues; y en su estación me encontré de sopetón en los brazos de don Juan.

Mas no vayas a creerte que con mi Tenorio sueño: don Juan es mi amigo y dueño el marqués de Villafuerte;

y pues que tiene contigo parentesco tan cercano, no te digo más, y es llano que a mí me honra en ser mi amigo.

Siempre me ha querido bien, lo que le agradezco yo con el alma: él me buscó, y él me sacó del andén.

Él, con el tren de las dos, partir a Madrid debía, y tiempo no más había para darnos un adiós:

de modo que con tal prisa almorzamos, que en la mesa me presentó a la marquesa y a sus hijas: mas la risa

nos retozaba al hacer así, tan de refilón, tan rara presentación a dama de tal valer.

Yo no sé lo que de mí pensarían la marquesa ni las chicas; por sorpresa pasó todo; y yo no vi

más que el porte señorial de la madre, la esbeltez de las niñas, cuya tez tiñe el rubor virginal

ante obsequios cortesanos, y que eran de ojos muy bellos, riquísimas de cabellos, y finas de pie y de manos.

Los muchachos, que después a saludarme vinieron… de cuadros me parecieron de Rubens o el Veronés.

Un mancebo de hechicera faz, vivo, franco y despierto, con ojos de cielo abierto y de ángel con cabellera.

Vino una rubia…, ¡un divino modelo de Rafael!, y otro, un diablejo; va en él encerrado un torbellino.

Todo esto pasó ante mí como un sueño indefinido, entre el desorden y el ruido con que se acababa allí

de encorrear las valijas para enviarlas por delante, y el bulle-bulle incesante del marqués y de sus hijas.

«¡Las tres!, ¡a escape! —al andén —los billetes…, el de ingreso para usted— ya del expreso se oye el pito —ahí está el tren. ¡Al coche! —No estamos bien en uno. —Tenemos dos. —¡Un abrazo! —¡Adiós! —¡Adiós!…» ¡y ahí va la locomotora! y así viajamos ahora de un descrismamiento en pos.