Versos Spanish José Zorrilla II (Volvamos a la mañana)

Spanish poem

II (Volvamos a la mañana)

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Volvamos a la mañana de abril, el mes de las flores, en la cual de sus olores impregnada el aura sana,

esparcía sus aromas de Arlanza por las riberas, perfumando sus praderas, valles, oteros y lomas.

Burgos, corte de Castilla, pobre aún de caserío, se contemplaba en el río del cual se tiende a la orilla,

como moza labradora que de despertarse acaba, y en el arrovo se lava ante la casa en que mora.

Burgos, aunque reina no era de toda España Castilla, de un rey en ella la silla veía por vez primera;

porque bajando de Asturias van ya los reyes cristianos cuenta a pedir en los llanos al moro de sus injurias;

y aunque por las viejas leyes de sus jueces aún se rige, Burgos ya jueces no elige, ni condes: corona reyes.

Ciudad guardada por muros y con puentes defendida, Burgos, al crecer, olvida sus orígenes oscuros:

y aquella humilde aldeana que se cunó en una choza, aunque aún no rica y aún moza, ya aspira a ser soberana.

Torres son ya sus zarcillos, y fosos sus ceñidores ; ya no se toca con flores sino con recios castillos.

En torno suyo, en lugar de campesinos hogares, se levantan ya solares de porvenir secular.

Y entre los cien lugarejos que salpican sus campiñas, como sus jóvenes viñas agazapados conejos,

Arlanza por ambos lados de su cultivada vega, lame, espeja, arrulla y riega cien castillos blasonados.

Y en aquellos torreones y solares de Castilla, germinaba la semilla de los bravos infanzones

que debían engendrar la nobleza castellana, que llevó la cruz cristiana triunfante de mar a mar.

Nobles de Asturias, Galicia, de Navarra y de León, alzan ya en ellos pendón y sustentan ya milicia.

Y Burgos, la albergadora de labradores sencillos, del reino de los castillos comienza a ser la señora.

En uno de ellos, sentado en la cúspide de un cerro, de puntas de piedra y hierro como un jabalí erizado,

vive un asturiano conde que con el rey mucho priva; con cuya prez positiva su orgullo audaz corresponde.

Rico en valor, pobre en vicios y sobrado de riquezas, al rey con grandes proezas tiene hechos grandes servicios.

Robusto y sano, aunque viejo, al rey Fernando acompaña, tan bizarro en la campaña cuan útil en el consejo.

Mucho el rey en él se fía y él mucho en verdad merece: mas toda su prez empece su insufrible altanería.

Ni cree que puede a él igual estar hombre a su nivel, ni que haya quien, par con él, sea en nada su rival.

Sirve al rey como a Señor; mas no piensa que del rey le puede alcanzar la ley, no siendo el rey que él mejor.

Tiene al rey por el primero; mas del rey como segundo no cree que va por el mundo, sino como compañero;

y aunque fiel a su señor le asiste y le satisface, cree que es él quien al rey hace con sus servicios favor.

Tal es el conde asturiano que en aquel castillo habita, y a quien la crónica escrita titula el conde Lozano.

Si Gómez, Gormaz u Orgaz antes de éste usó o se puso, no sé; por Lozano es uso tomarle: séalo en paz.

De averiguaciones largas sobre nombres no me ocupo; bien éste nunca se supo; conque averígüelo Vargas.

Lozano o no, el en cuestión, conde o no conde, en mi escrito lo es, y ni pongo ni quito: me atengo a la tradición.

Del cerro, en que su castillo está sentado, la falda cubre un tapiz de esmeralda hecho de trébol, tomillo,

césped y musgo muy grueso, que se pierde en la llanura bajo la ondosa espesura de un robledal muy espeso.

Desde la verde colina que aquel castillo corona, de tierra una extensa zona defiende en torno y domina;

siendo aquella posesión un productivo solar, y un buen puesto militar de muy fuerte posición.

Del castillo dependiente y por él bien protegido, de palomas como nido, de abundancia como fuente,

comenzábase a formar un caserío de exótico aspecto, entre árabe y gótico, que empieza a pueblo a aspirar.

Hoy no es más que una alquería; y entre el bosque que la esconde, rompe extensa y labra el conde tierra no ha mucho baldía.

Cuida esta granja un colono, y labriegos y soldados la dan con lanza y arados labor, y tal vez abono

también con su sangre misma; pues no ha mucho que hizo osada por su coto una algarada la ribereña morisma.

Mas desde entonces acá tanto Castilla creció, que a lo que entonces osó jamás a osar volverá.

El moro está tan lejano, que puede ya sin recelo dejar sin guarda en el suelo su mies el conde Lozano.

Tiene una hija el conde aquél que entra en su quinceno abril, como una garza gentil, lozana como un clavel;

blanca como una azucena, casera como una hormiga y rubia como una espiga, la cual se llama Jimena.

Nunca en el suelo español desde el tiempo de Tubal belleza a la suya igual alumbró la luz del sol.

Sus cabellos son un rayo de luz en hebras partido: de su piel está el tejido hecho con nardos de mayo:

su sonrisa es una aurora que a su faz da un albor suave; su voz es cántico de ave que a quien le escucha enamora.

Su boca es una granada; sus ojos un cielo doble son: y la da su aire noble el de una reina o una hada.

Del viejo conde hija sola, único y postrer capullo de su raza, a quien su orgullo pospone todo y lo inmola,

tiene en su casa sin tasa la libertad y el poder, y es en forma de mujer el buen ángel de su casa.

De gracia y virtud tesoro, del débil amparadora, de casa gobernadora y sostén de su decoro,

cuantos en su casa moran o de su casa dependen, como a su honor la defienden, y como a su ángel la adoran.

Su nodriza, montañesa que desde que la dió el pecho, la ha aderezado su lecho y la ha servido a la mesa,

logró para su marido la guarda de la alquería, por vivir en compañía de la de quien madre ha sido:

pues muriendo la condesa al dar a Jimena aliento, vió desde su nacimiento su madre en la montañesa.

Así que una y otra ya como hija y madre se ven; y a que se avengan tan bien avenido el conde está.

La alquería y el castillo son, pues, morada igualmente de ambas, a estilo corriente en aquel tiempo sencillo,

en que el siervo y el señor solian a un tiempo dar, al calor de un mismo hogar, a su intimidad calor:

y ante el siervo y el colono en su castillo o su aldea, servía la chimenea al castellano de trono.

El viejo conde Lozano, cuyo genio altivo y fosco le hacía con todos hosco y a quien nadie iba a la mano,

mas que a Jimena quería como a la luz de sus ojos, y de la cual los antojos más mínimos prevenía,

con su nodriza no más era manso y halagüeño; y nunca la puso ceño, ni la contrarió jamás.

Y como creía que era el solo amor de la niña, que con ella se encariña como una hija verdadera;

y comprendiendo que al par ella a Jimena adoraba, a su capricho y sin traba, dejólas a ambas obrar.

Y hacía bien: la asturiana era de lealtad modelo o no la había en el suelo de la tierra castellana.

Bibiana (que este era el nombre de la asturiana nodriza) no descuidó olvidadiza nunca el honor del rico-hombre;

y cual madre verdadera de la hija de su señor, guardó en sus manos la flor de la honra de ambos entera.

Franca, empero, y complaciente la asturiana con Jimena, de tacto mujeril llena, de su genio la corriente

sabe llevar con tal tino que la muchacha no avanza, si en ella no se afianza, un paso de su camino.

Jamás Bibiana atajó su voluntad frente a frente, ni sola por la pendiente nunca expuesta la dejó.

Tenía, pues, en Bibiana la venturosa Jimena esclava de adhesión llena, amiga, madre y hermana:

y el viejo conde Lozano fiado en tan buen guardián no tuvo el menor afán de irlas jamás a la mano.

Él, tranquilo, a sus negocios del castillo se ausentaba, y ausente o no, no turbaba sus quehaceres ni sus ocios.

Iban y venían juntas de la alquería al castillo, y sentábanse en un trillo, y aguijonaban las yuntas,

y trepábanse en los carros, y trampas en las montañas iban a las alimañas a poner tras los chaparros;

y de nardos y amapolas coronadas, se las vía con infantil alegría correr tranquilas y solas

del castillo a la alquería, de la alquería al castillo; que en aquel tiempo sencillo tales costumbres había.

Así hoy y de esta mañana con la luz tibia y serena, entraba tras de Jimena en la alquería, Bibiana;

y mientras que su marido iba al campo con sus yuntas, en su hogar soplaban juntas el fuego mal encendido:

y cuando a solas quedaron, ido el marido, en su hogar. de este modo a platicar ambas a dos comenzaron.

Y aquí, para que marchemos bien de su diálogo en pos, a lo dicho por las dos su nombre al margen pondremos.

Dirá algún crítico acaso que esto es de comedia a modo, y que es barajarlo todo por salir mejor del paso:

pero esta es la gran ventaja que tienen nuestras leyendas; de modas son como tiendas, que todo en ellas se encaja.